Calenda verde

El tiempo de las cerezas

La maduración de las cerezas es un referente temporal de la llegada del verano. En los alrededores de Trassierra encontramos ejemplares asilvestrados de ‘Prunus cerasifera’, cuyos frutos parecen cerezas.

Ejemplar asilvestrado de ciruelo cerezo o ciruelo de jardín, localizado en la vereda de Trassierra.

Ejemplar asilvestrado de ciruelo cerezo o ciruelo de jardín, localizado en la vereda de Trassierra. / J. Aumente

José Aumente Rubio

José Aumente Rubio

El escritor Marcel Proust, que vivió desde 1871 hasta 1922 en París, cuando aún era joven se topó con una idea del filósofo también francés Henri Bergson. Éste creía que existían dos clases de tiempo, que apenas tenían que ver entre sí: el tiempo de los relojes, estrictamente referido al movimiento de las agujas, y el tiempo de nuestra conciencia, tiempo verdadero que sólo podía percibirse intuitivamente y era objeto de nuestro propio mundo interior. Proust desarrolló aún más las ideas de Bergson, logrando trasladar a lo terrenal las especulaciones metafísicas del filósofo. Si para las personas el tiempo se compone de la materia de los recuerdos, reflexionó el escritor, entonces debería ser posible resucitar de nuevo los años transcurridos a lo largo de una vida, desenterrando los tesoros de la memoria. Lo probó consigo mismo y en 1912 emprendió la búsqueda del tiempo perdido. Así reza el título de su famosa novela en la que pasa revista a su vida y su época, y que constituye uno de los grandes experimentos de la literatura universal. En su opinión, no se trata tanto de las vivencias que salen de inmediato a la superficie cuando recordamos el pasado, sino de los innumerables pequeños acontecimientos que hemos percibido y a los que no hemos concedido significado, porque la mayoría de las veces el cerebro analiza estas señales de manera inadvertida para extraer de ellas una idea de un espacio temporal.

Pienso en estas ideas entresacadas del libro del físico y filósofo Stefan Klein titulado Tiempo, los secretos de nuestro bien más escaso, mientras muerdo una cereza carnosa y de color rojo intenso, un placer para el paladar que sabe a verano, y que suele asociarse a felices y bucólicos recuerdos de la infancia y la adolescencia: ¿Qué niño o niña no se ha colgado, cual pendientes de perlas rojas, dos cerezas entre las orejas?

Son muchos los artistas que asocian la primavera tardía o la llegada del verano con la maduración de este fruto, hablando directamente del «tiempo de las cerezas» y asociándolo generalmente a un momento de esperanza e ilusión. Así se titula una novela de la escritora Montserrat Roig, galardonada con el premio Sant Jordi de novela en el año 1976, cuyos personajes le intentan buscar un sentido a la vida en una Barcelona marcada por los últimos años del franquismo. El deseo de encontrar un paraíso perdido queda reflejado en el título de novela, inspirado en el poema Le temps des cerises de Jean-Baptiste Clément, poeta de la Comuna de París. Esta poesía se convirtió en una canción acogida popularmente durante aquel movimiento insurreccional que del 18 de marzo al 28 de mayo de 1871 gobernó brevemente la capital francesa, cuyo espíritu era el socialismo autogestionario. 

En 1989 el cantautor Víctor Manuel edita Tiempo de cerezas, un álbum recopilatorio de sus temas más conocidos sobre Asturias; y así titulan también su álbum de estudio Enrique Bunbury y Nacho Vegas, grabado en el Puerto de Santa María en el año 2006. La escritora Cristina de Jos’h publica en 2005 su novela Tiempo casi de cerezas, y, tal como ella misma explica en una entrevista, «las cerezas son un fruto de primavera y, con este título he querido metafóricamente referirme a que carece de importancia la estación de tu navegar cíclico cuando aparece un nuevo amor. Podemos estar en nuestra madurez y vivirlo con la misma pasión que en nuestra adolescencia».

Las cerezas, tan unidas como vemos al sentido del tiempo, maduran entre mayo y julio, y ahora, próximo el solsticio de verano, los mercados se proveen de cestas repletas de estos frutos. Todo el mundo ha oído hablar de los más de un millón de cerezos del Valle del Jerte, pero mucho más cerca tenemos los más modestos cultivos de Castillo de Locubín. En alguna ocasión, por estas fechas, he caminado, metido en agua hasta las rodillas, desde el nacimiento del río San Juan hasta la torre del Batán, rodeado de un dosel vegetal de cerezos que me ofrecían generosamente su delicioso fruto.

En algunas huertas de Córdoba, especialmente de la Subbética, podemos encontrar cerezos, cuyo nombre científico es Prunus avium, un árbol de la misma familia que otras frutas igualmente sabrosas como son el melocotón, el albaricoque y la ciruela. Hay otra especie del mismo género que también nos anuncia el cambio de estación, Prunus cerasifera, conocida como ciruelo mirobolano, ciruelo-cerezo o ciruelo de jardín; que es oriundo de Crimea, Península Balcánica y suroeste de Asia. El epíteto «cerasifera» deriva del verbo latino fero, llevar, y del sustantivo cereza, en referencia a sus redondeados frutos, utilizados para la fabricación de mermeladas. Cultivado principalmente como elemento ornamental del jardín por su precioso follaje púrpura y flores rosadas, se puede encontrar asilvestrado en el entorno de Santa María de Trassierra. Llegando a la aldea por la vereda se localizan varios ejemplares dispersos, algunos de gran porte se muestran por estos días cargados de esas drupas que parecen cerezas, evocación del retorno al verano en mi particular búsqueda del tiempo perdido.

Una nutria.

Una nutria. / CÓRDOBA

La nutria y los humanos

Son muy pocos los seres vivos que escapan a las repeticiones de un calendario bastante intocable. Casi todos los animales y las plantas acuden inexorablemente a citas que apenas cambian con el paso de los años. El 90% de los ciclos reproductores son primaverales. Sin embargo, algunos animales, como las nutrias, pueden reproducirse en cualquier momento del año; y en esto se parecen bastante a nuestra especie. Este tipo de sexualidad se convierte en uno de los pilares básicos de la sociabilidad dentro del proceso evolutivo. 

La gran abundancia de copulación en nuestra especie y la disponibilidad sexual de las hembras humanas durante todo el año, sin un período de celo concreto, se debe, evidentemente, no a la producción de retoños, sino al reforzamiento del lazo entre la pareja, gracias a los mutuos goces de los compañeros sexuales. Como bien nos explicó el zoólogo Desmond Morris en su famosa obra ‘El mono desnudo’, la carga de los cuidados paternales es más pesada para el homo sapiens que para cualquiera de otras especies actuales, por lo que se hace necesaria la colaboración del macho, y en estas circunstancias la sexualidad contribuye a fortalecer el vínculo entre la pareja y a mantener la unidad de la familia.

Llama la atención que, también al igual que en el ser humano -al que se ha llegado a llamar homo ludens- la nutria aúne esa amplia disponibilidad sexual con la necesidad de juego y diversión. El desarrollado psiquismo de las nutrias se refleja también en sus constantes jugueteos, que ya llamaron la atención de San Alberto Magno en el siglo XIII.

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