Fue una de las ermitas más queridas de Córdoba, desapareció y ahora vuelve a prestar consuelo a los vecinos gracias a este ingenioso proyecto
El proyecto se llevo a cabo a cargo del estudio del arquitecto Francisco Gómez de Tejada en Puente Genil en 2020

Reconstrucción del volumen de la desaparecida Ermita de Santa Catalina / Francisco Gómez de Tejada | Puente Genil (Córdoba) | 2020
Los espacios no son solo conglomerados de piedra, hormigón o ladrillo: detrás de cada casa, iglesia o plaza late la huella de las alegrías, las penas y las rutinas que hemos ido dejando a lo largo del tiempo. Se quedan ahí, adheridas, como una segunda piel que solo se revela cuando alguien mira con atención o cuando un barrio entero reclama aquello que solía formar parte de su vida.
Además de servir como vasijas que atesoran el bálsamo de los recuerdos, la arquitectura también conserva señales de nuestra historia colectiva, pistas de identidad que nos ayudan a no perder el hilo entre lo que fuimos y lo que aspiramos a ser. Y aun así, por las vueltas del destino y por decisiones que a veces hoy parecen incomprensibles, hay edificios que se han ido perdiendo con el paso de los años.
Ahí es donde entra en juego la musculatura incansable del ingenio humano y la capacidad de reconstruir lo desaparecido, aunque sea de otra manera, para que la memoria no se diluya del todo. Un ejemplo perfecto es el proyecto desarrollado por el estudio del arquitecto Francisco Gómez de Tejada en Puente Genil, donde se consiguió en 2020 que uno de los lugares más queridos del histórico barrio de las Cantarerías vuelva a ocupar su sitio sin levantar ni un metro de obra tradicional.
La ermita que lo fue todo en las épocas más duras
La Ermita de Santa Catalina, tal y como recogen los “Apuntes Históricos de la Villa de Puente Genil” de Antonio Aguilar y Cano y Agustín Pérez de Siles, fue una de las edificaciones más antiguas del municipio.
Se trataba de una ermita humilde, dependiente de la Parroquia matriz de la Purificación que cumplia un gigantesco papel para el barrio: en los momentos más difíciles, cuando la peste castigaba sin piedad, funcionó como iglesia, hospital y hasta cementerio.
No había muchas imágenes del edificio, apenas algunas fotos, pero sí abundaban los relatos. Según el estudio se trataba de un templo de una sola nave abovedada que remataba en una pequeña cúpula esférica bajo la cual se situaba el presbiterio y, frente a él, un altar mayor con retablo de madera.
Su datación exacta es desconocida y a lo largo de los siglos fue sufriendo reformas menores, nunca las necesarias para garantizar su conservación.
Lo que vino después lo explican el propio arquitecto y el historiador Javier Villafranca: durante las décadas centrales del siglo XX, la falta de sensibilidad hacia el patrimonio, unida a la necesidad de la Iglesia de desprenderse de inmuebles difíciles de mantener, condenó a la ermita al abandono. A principios de los años 70 fue demolida y con ella desapareció finalmente no solo un edificio, sino un símbolo del barrio y piezas artísticas que, con suerte, acabaron dispersas en otras parroquias.
Un vacío que ninguna plaza pudo llenar
Sobre el solar se terminó edificando una pequeña plaza, correcta, funcional pero incapaz de llenar el hueco emocional y urbano que dejó la ermita. La rotundidad del volumen, la armonía de su pequeña nave y aquella presencia casi maternal que tenía para el vecindario simplemente desaparecieron.
El proyecto que devolvió una sombra llena de sentido
Inspirándose en la intervención del Franklin Court de Filadelfia, diseñada por Denise Scott Brown y Robert Venturi, el equipo propuso algo tan sencillo como brillante: recuperar el volumen de la antigua ermita mediante una estructura metálica ligera. Una especie de dibujo tridimensional que “levanta” de nuevo las aristas, la altura y la silueta exacta del templo desaparecido.
Según explica el propio estudio la volumetría se obtuvo tras un minucioso trabajo histórico, combinando documentos, relatos del Cronista de la Villa, planimetrías antiguas y los recuerdos de quienes la conocieron. Con esa base, se levantó la estructura usando perfilería de tubo estructural de acero S275JR.
Esta idea no reconstruye el edificio, pero sí lo sitúa otra vez en su lugar, de manera que cualquiera puede entender su tamaño, su longitud y la disposición de la nave y la cúpula.
Un hito que vuelve para conectar generaciones
El historiador Javier Villafranca resume mejor que nadie lo que significa esta intervención para el barrio: gracias a ella, la plaza recupera su función original como punto de encuentro. La estructura permite que los mayores enseñen a los jóvenes cómo era la ermita, que el espacio se revitalice con actividades y que los visitantes entiendan, de un vistazo, la sensibilidad de Puente Genil hacia su patrimonio.
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