Mira la televisión sin ver. Las imágenes del funeral de Estado, retransmitido en directo, se suceden deprisa pero el pensamiento de Benjamín León, de 37 años, herido el 11-M, va todavía más rápido y por otro camino, inmerso en necesidades mucho más perentorias.

Es mediodía en el Hospital Gregorio Marañón, en la tercera planta, donde, por lo menos, todavía hay una decena de heridos por los atentados. Acaba de empezar el funeral pero hay pocos televisores encendidos. En líneas generales, los que siguen la misa de La Almudena son los enfermos ordinarios mientras los afectados por la masacre la evitan deliberadamente.

En la habitación 3217, en la que se encuentra Benjamín, encendieron la televisión para distraerse mientras comían y se encontraron, sin buscarlo, con los coletazos del acto oficial. "Menos misa y más ayuda", dice Benjamín, acompañado en todo momento de Lucía, su pareja.

Desde que el pasado 11-M voló por los aires el tren en el que iba a trabajar a una obra de la Gran Vía de Madrid, este peruano es consciente de que tiene vida para contarlo. También cuenta el difícil panorama que se le presenta. Recuperado del gravísimo traumatismo en el tórax, ahora tiene una repentina parálisis facial, acompañada de sordera de un oído por la potencia de la explosión.

Mientras la familia real llora en la tele, él llora porque se ha quedado sin trabajo y, lo peor, es que no tiene fuerza para buscar otro. Casi no puede andar porque pierde el equilibrio por sus problemas de audición. Le tienen que acompañar hasta al servicio. Se desespera.

"Todo el mundo me dice que tenga paciencia para recuperarme pero cada día que pasa es un día menos sin trabajar y necesito vivir", lamenta con unos ojos anegados de lágrimas en medio de una cara algo desfigurada. Lucía, que hace ademán de una paciencia infinita, explica que Benjamín sufre muchas pesadillas por las noches y está muy agresivo. "Estas preocupaciones económicas no le ayudan en su recuperación", dice Lucía, mucho más optimista. De repente asoma por la puerta María Angeles, de cincuenta años, agarrada a un andador. Ha optado por pasear por el pasillo mientras la paciente de su derecha debatía con el de la izquierda si veían una película o el funeral.

"No quiero saber nada de la televisión, no puedo verla, todavía me duele y, sobre todo, un funeral", explica sin soltar su andador y con una sonrisa en la cara, recorrida de arriba a abajo por una larga cicatriz. Está contenta porque, con toda probabilidad, pasará el fin de semana ya en casa.

Es de Coslada y trabaja en un área de salud de Madrid. Cogió uno de los trenes afectados y, como consecuencia de la explosión, padeció, al igual que Benjamín, lesiones en el tórax.

Palabras incomprensibles

En el ala opuesta de la planta, en la habitación 3109, resuenan las palabras del arzobispo Antonio María Rouco Varela. Pero Marín Berbekano, un rumano que llevaba escasas semanas en Madrid, trabajando en la construcción, cuando una de las explosiones se le llevó una pierna por delante, no entiende nada. Como no sabe castellano, no dice nada.

No hace falta. Su cara de dolor lo dice todo.