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A fondo

Colombia-Ecuador y la nueva «Drugroe»

Trump aprovecha la fragilidad de Latinoamérica para reactivar una estrategia de control bajo la coartada del narcotráfico.

El presidente de Colombia,  Gustavo Petro, y su homólogo de EEUU, Donald Trump, en la Casa Blanca, donde se reunieron el pasado 3 de febrero.

El presidente de Colombia, Gustavo Petro, y su homólogo de EEUU, Donald Trump, en la Casa Blanca, donde se reunieron el pasado 3 de febrero. / EFE

Manuel Torres Aguilar

Manuel Torres Aguilar

A lo largo del siglo XX y casi en todo lo que va del siglo XXI no ha habido enfrentamientos militares entre los países que conforman América Latina, excepto algunos muy puntuales: la guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay (1932-1935); la guerra del fútbol entre Honduras y El Salvador (1969) y la guerra del Cenepa entre Perú y Ecuador (1995). Cuestión distinta han sido las guerras civiles que, en algunos casos, además de sus terribles consecuencias en vidas y bienes, tienen una larga latencia como en el caso de Colombia (1964-actualidad), pero sin olvidar las de Guatemala (1960-1996) y El Salvador (1979-1992), o los conflictos internos en Nicaragua o Venezuela en el presente.

Sin embargo, en los últimos años las tensiones fronterizas han tenido varios escenarios conflictivos, como ha sido el caso de la frontera entre Venezuela y Colombia y, recientemente, el conflicto de Colombia y Ecuador a propósito del narcotráfico y sus derivadas. Hay que hacer un paréntesis para recordar aquí la crisis diplomática abierta entre Ecuador y México por el asalto a la embajada de este último país en Quito para la detención del exvicepresidente Jorge Glas, bajo la acusación de corrupción, lo que conllevó la ruptura de relaciones diplomáticas.

En realidad, el conflicto Colombia-Ecuador no es un conflicto armado formal, sino un conjunto de tensiones diplomáticas, militares, económicas y de seguridad que se han visto intensificadas en las últimas semanas por sospechas de bombardeos en la frontera, guerra comercial de aranceles, presencia de grupos armados y falta de coordinación y cooperación bilateral. Todos estos factores han generado una alerta temprana de una escalada del conflicto, que tiene riesgo de ir a más porque hay también una componente ideológica de más amplio espectro que se ve espoleada por la actual administración norteamericana.

La relación entre Colombia y Ecuador no ha estado exenta de tensiones y ambos países han atravesado ciclos recurrentes de tirantez diplomática, disputas fronterizas en las que no hubo una guerra declarada, pero que desde el inicio de la actual centuria han rozado el enfrentamiento armado. El bombardeo llevado a cabo por militares colombianos en 2008 de un campamento de las FARC situado en Angostura, dentro del Ecuador, forzó al entonces presidente de este país, Rafael Correa, a afirmar que ellos no podían ser víctimas de un conflicto que no era suyo. Ello provocó la ruptura de relaciones diplomáticas tras la muerte de 25 personas en dicho ataque. Con posterioridad, en 2018, un grupo disidente de las FARC asesinó a tres periodistas ecuatorianos cerca de la frontera de Esmeraldas (Ecuador) con Colombia. En julio de 2025, la deportación masiva de presos colombianos desde Ecuador a su país generó también una fuerte tensión entre ambos Estados que, en realidad, habían llevado una relación pacífica desde 1863, cuando, mediante un tratado de paz, pusieron fin a un ciclo de guerras territoriales e ideológicas que se habían desarrollado desde los años treinta del siglo XIX.

El pasado día 17 de marzo el gobierno colombiano anunció el hallazgo de una bomba sin explotar que supuestamente había sido lanzada por un avión ecuatoriano, lo que ha desatado una serie de acusaciones mutuas que han impulsado el aumento de la presencia militar en la frontera entre ambos países. En realidad, la tensión se ha incrementado desde enero cuando Ecuador impuso un arancel del 30% a los productos colombianos, alegando que la falta de control del narcotráfico por parte de Colombia está perjudicando a su país y contribuye a la inestabilidad y al aumento de la violencia en la región ecuatoriana. Colombia respondió con un incremento recíproco y con la suspensión del suministro eléctrico, lo que agrava la débil infraestructura energética del Ecuador. Casi 600 km de frontera son el marco en el que operan los disidentes de las FARC, narcotraficantes, minería ilegal, comercio ilegal de armas y personas y, en definitiva, son el espacio desde el que la desestabilización de la región facilita la actuación de aquellos grupos que están generando una situación de inseguridad absoluta en varias regiones del Ecuador. Este país ha confirmado que ha intensificado los bombardeos contra estos grupos criminales, pero siempre en su propio territorio.

No obstante, no puede perderse de vista que este conflicto es preciso verlo ampliando el angular. Trump ha decidido mover también el tablero de lo que despectivamente llama «su patio trasero» para aplicar la doctrina «Donroe», que creo sería más preciso llamarla «Drugroe», porque es la utilización de la excusa de la lucha contra el tráfico de drogas como instrumento de control de todo «su» hemisferio, mediante la desestabilización y el caos general. Ese es el marco en el que mejor parece mover sus nada erráticos y aparentes desatinos. Así, nos encontramos que, en Ecuador, Daniel Noboa es el aliado ideal que apoya todas las iniciativas norteamericanas y de paso inquieta al incómodo Gustavo Petro, al que Trump amenazó con realizarle una operación al estilo de Maduro, para más adelante invitarlo a la Casa Blanca y ahora investigarlo por vínculos con el narco. Por otro lado, el gran vecino al sur de Río Grande, México, vive bajo la permanente amenaza de intervención, lo que ha logrado una estrecha colaboración en algunas operaciones de desmantelamiento de importantes cárteles. Esto ha condicionado en buena medida parte de la política mexicana, que se mueve entre el temor a esa amenaza y el deseo de expresar su propia agenda nacional e internacional que se ve fuertemente limitada por el contrapeso de los EE.UU.; sin ir más lejos, su apoyo humanitario a Cuba ha tenido que abandonarlo por el momento.

No debemos olvidar que México es el mayor punto de tránsito de drogas a EE.UU., pero, a su vez, los norteamericanos son el mayor exportador de armas que llegan a las mafias del narco. También esta geopolítica trumpista de la lucha contra la droga está llena de hipocresía.

Siguiendo, pues, esta «Drugroe» de «América para los americanos» mediante la supuesta lucha contra el narcotráfico, Bolivia con su nuevo presidente Rodrigo Paz ha reactivado la presencia de los agentes de la DEA en su territorio y empieza a controlar la región cocalera que fue el mayor vivero de votos de Evo Morales. Mención aparte merece El Salvador, que se ha convertido en bastión de la política migratoria de Trump. Más al sur, el servilismo de Milei, dispuesto incluso a enviar barcos a Ormuz en un ofrecimiento más lleno de fantasía que de realidad, se manifiesta en la idea de permitir despliegues militares estadounidenses en su territorio con la idea de que se posicione en la región. Pero la estrategia más audaz de la política exterior norteamericana en la zona es su participación militar en la base naval que Argentina quiere establecer en Ushuaia, como puerta a la Antártida, el otro gran polo de la geopolítica actual.

Controlar desde Cuba a Ushuaia: así se cierra el marco -no solo Rubio- perfecto, por ello no era metáfora llamar Golfo de América al de México.

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