Internacional
Entre el agotamiento y la resistencia en Cuba
Testimonios desde las sombras de un modelo agotado a través del relato de residentes en el país caribeño. La isla vive en un tiempo suspendido, como si cada amanecer fuese una repetición del anterior y cada noche trajera un cansancio más hondo.

Instituto Superior de Diseño Padre Valera, entre las calles Enrique Barnet y Maloja. Centro Habana | RODOLFO

El teléfono acaba de sonar. Es la tarde del 6 de febrero. Las maletas ya están listas para volar a Cuba. El viaje lo he organizado para asistir como ponente invitado al Congreso Internacional de Educación Superior que se celebra cada dos años auspiciado por el Ministerio de Educación Superior junto a las universidades cubanas. Además, debo escribir una crónica de encargo sobre la situación de Cuba después de la caída de Maduro en Venezuela. Finalmente, me propongo dirigir un proyecto fotográfico en La Habana sobre esta decadencia que está carcomiendo lo que aún queda de su olvidado esplendor. El objetivo es producir una exposición que deje testimonio de lo que sucede allá. Para ello, mi amigo el fotógrafo cubano Rodolfo (omito el apellido a petición suya) está estudiando emplazamientos, lugares, paisajes con figuras, sombras y luces que ofrezcan un recorrido visual de la ciudad que se ha convertido en un fantasma de sí misma.
De repente, esa llamada vespertina. Se trata de una comunicación de una fuente oficial para decirme que el Congreso ha sido suspendido y que desaconsejan mi viaje porque no se garantiza el repostaje del vuelo de regreso. Todavía no se ha publicado esta información y todavía las compañías no han diseñado el plan de contingencia para realizar escala técnica en la isla de Santo Domingo. En estas, y con cierto desconsuelo, decido anular mi viaje. Las maletas llenas de medicinas, alimentos y productos de higiene deberán viajar de otro modo. Hablo con Rodolfo y se ofrece a realizar el trabajo y decidimos que, a pesar de todo, la crónica debería hacerse y contar con algunos amigos cubanos a los que entrevistaré en la distancia.

Parque Curita. / RODOLFO
La memoria de La Habana
Como Habanas hay muchas, tantas como miradas, yo retengo en mi memoria la que conocí en la década de los noventa, a fines del Período Especial. Era 1999 y la ciudad tímidamente recuperaba algo de vida. Si algo aprendí de Cuba es que nada es como se recuerda o imagina. Aquella Habana para nada se parecía a esa otra que yo había descubierto en los libros de historia del siglo XIX, ni en las leyendas de memoria oral que me cuenta mi amigo Humberto, exiliado desde 1968 en Estados Unidos. Después, la he visto muchas otras veces, ya en este siglo, retomar el pulso y volver a caer, pero ahora me cuentan que el declive y su ocaso ya no tienen parangón.
Quien mejor ha contado la ciudad y el alma de sus habitantes en las últimas décadas ha sido Leonardo Padura. Ese punto de no retorno a La Habana soñada o idealizada o recreada él lo sitúa en 1990, año «que cambió para siempre a la sociedad cubana». La sociedad convulsionó en un proceso que agudizó la pérdida de sus valores tradicionales. «Las estrategias de supervivencia a las que se vieron obligadas a acudir las personas» desembocaron en la ruptura progresiva de los principios de urbanidad. Así como un cristal roto en la ventana de un edificio invita a romper otros, así como una bolsa de basura en una esquina invita a dejar otras, así «el aspecto físico de la gente refleja todos sus deterioros, sus estados de desesperación».

Edificio de viviendas ubicado en las calles de Águila y Dragones. Centro Habana.
Quería acompañar a estas fotografías de Rodolfo, con el testimonio de quienes son las figuras de este paisaje que arranca lágrimas de impotencia a los que amamos Cuba y a los cubanos de toda época y lugar. «Más se perdió en Cuba», pero no queremos que Cuba se pierda. Para que no se pierda su memoria en el olvido, los testimonios ayudan a tratar de comprender. ¿Qué piensan los cubanos de su hoy y de su mañana? Logré que un oficial de cierto nivel orgánico mantuviese una entrevista en la distancia. En sus palabras uno ve que Cuba no es Venezuela, como me ha repetido varias veces un analista cubano. Hay firmeza y tenacidad, diría también que empecinamiento, y esto define bien al régimen. El discurso sigue siendo el mismo: el bloqueo es la razón de todos los males. Me dice que no hay factores estructurales, «que esta crisis viene de otras y es producto del aislamiento y de una campaña meditada contra la isla». «No se nos quiere dejar ser independientes a nuestra manera». Para él, las medidas adoptadas hay que aplicarlas «con mesura» y «la moral de la isla está intacta, no hay crisis que limite al servidor público de esta isla». Hay en sus palabras una retórica llena de esperanza que resume en una consigna: «Un escenario resiliente».
Cuba empieza a ser una sociedad de viejos, hay ya más de un 25% de la población con más de 60 años
Con un criterio menos «oficialista» un colega analista que vive en el barrio de Mantilla de La Habana, sí apunta que hay varios factores estructurales que definen la situación. Sin duda la coerción económica y la presión del gobierno estadounidense, pero también «el agotamiento y desgaste del modelo económico, político y social cubano». La capacidad de buscar soluciones efectivas y todas las medidas adoptadas en el marco del sistema, no han contribuido a revertir la situación iniciada con el fin de la dependencia soviética y solo paliada con la alianza con Venezuela. Otro importante factor es lo que él denomina la fractura de la cohesión interna dentro de la sociedad cubana en torno al proyecto socialista. Ello ha provocado que amplios sectores de la sociedad cubana duden de la viabilidad de este sistema, y se haya normalizado la frustración, el descontento y las críticas a la «dirigencia». Finalmente, el liderazgo de los Castro no ha sido reemplazado por otro similar. A estos, añade otros factores coyunturales que van desde el covid a la migración masiva, pasando por la agresividad del trumpismo y una economía planificada muy deficiente en su gestión.

Bar ubicado en Arsenal, esquina Esperanza. Habana Vieja, detrás de la Estación central de ferrocarriles de Cuba. / RODOLFO
Para concluir, me hace una comparativa muy interesante con Venezuela. La alta cohesión política y militar que existe en Cuba no la hay en Venezuela, donde el liderazgo se conforma por diversos grupos de poder. En Cuba hay demandas generalizadas por la insatisfacción de las necesidades básicas, pero no hay una oposición crítica organizada y, por tanto, no está generalizada la crítica política. El sentido de patriotismo cubano, la defensa de su independencia y soberanía y el rechazo al gobierno estadounidense no tienen parangón entre los venezolanos. No hay una resistencia política organizada ni dentro ni fuera de la isla y por ello no hay ningún líder opositor referente. Un escenario de transición forzada como el acontecido en Venezuela no es posible al menos en el corto o medio plazo, porque, además, no sería pacífico.
Una crisis humanitaria
También me apuntó que Estados Unidos debe medir bien una crisis humanitaria en Cuba desproporcionada, pues podría llevar a una migración masiva, a la expansión de epidemias o hambrunas que convertirían a la isla en un polvorín situado demasiado cerca de la Florida. En su opinión, ninguno de estos factores garantizaría un cambio de régimen en Cuba, pero sí podrían conllevar una situación de inestabilidad permanente que no mejoraría el actual estado de las cosas. Concluye su análisis señalando que a Marco Rubio no le conviene figurar como el causante de una crisis humanitaria, por lo que a su juicio seguirá la presión sobre las autoridades cubanas, pero muy medida para evitar el colapso total. Mientras escribo estas líneas se da la noticia de la llegada de un petrolero con 300.000 barriles que no ha sido interceptado por Estados Unidos, a pesar de que tiene capacidad sobrada para hacerlo.

Parque Curita de La Habana.
¿Y qué piensan los jóvenes? Cuba empieza a ser una sociedad de viejos, hay ya más de un 25% de la población con más de 60 años. Es la población más envejecida de América Latina por varios factores: la alta esperanza de vida favorecida por los años de un robusto sistema de salud; la baja natalidad y la altísima migración de jóvenes. Los que ya no están y los que no quieren estar son una mayoría. Adriano, un joven de 22 años me traslada su desesperanza por la situación y la falta de expectativas para su futuro. La carencia de alimentos, la carestía, la falta de transporte público para ir a la Universidad y la sustitución de la presencialidad por sistemas telemáticos que no funcionan sin energía eléctrica son el escenario en el que consume sus días. Para él, la solución es un cambio radical del gobierno «en todos los sentidos». Esto, me lo cuenta siempre que le mantenga las garantías de un absoluto anonimato, como el resto de los cubanos con los que he hablado. Por su parte un joven estudiante de ingeniería civil me dijo que lo peor de todo es formarse para no llegar a nada. La limitación de acceso a nuevas tecnologías relacionadas con su futura profesión y la imposibilidad de ampliar formación en el extranjero condiciona unos estudios que, a pesar de todo, le suponen un importante sacrificio en el que no ve esperanza, porque «las políticas actuales» no tienen en consideración esta realidad. Eludió referirse al gobierno y limitó la responsabilidad a ese sujeto indeterminado: «las políticas». Ambos quieren irse de la isla.

Iglesia San Nicolas ubicada en la calle del mismo nombre. / RODOLFO
Claudia una joven divorciada y madre de dos hijos me comenta que la magnitud de la crisis limita cualquier posibilidad de gestión por el actual gobierno. Se queja de que la información llega muy limitada a la población. El oficial me dijo justo lo contrario: que la información era completa y que lo que circulaba era mucha intoxicación y noticias falsas. Para Claudia la supervivencia se basa en la actualidad en «las redes humanas que cada uno posea», la ayuda recíproca que se pueda dar y recibir. Define la situación con una palabra: tensión. Para ella el futuro de sus hijos está fuera de la isla y su esperanza está puesta en lograr salir pronto a construirles otro porvenir.
Por último, Sofía una colega de la Universidad de La Habana ya jubilada, con una pensión de 10 euros al mes, me cuenta que vive de las remesas que le mandan sus hijas que viven en Londres y Washington. Se confiesa con resignación, decepcionada con un régimen en el que depositó toda la ilusión de juventud. Para ella, ahora el futuro empieza y termina en cada día. Vencer a la vida antes que de que se ponga el sol y volver a empezar al siguiente amanecer.
Al escuchar a cada cubano, uno entiende que la isla vive en un punto de fractura que ya nadie puede disimular
No hay olvido
Su abatimiento inunda de recuerdos los mitos caídos de una juventud ya pasada. No, los eslóganes de las calles ya no brillan, ya no ilusionan: la revolución ya dio todo lo que pudo dar. Mantienen la dignidad hasta donde les es posible. Un país no se pierde por la dispersión, sino por el olvido y a Cuba nadie la olvida. Los españoles no la hemos olvidado desde 1898, los cubanos la viven en el interior y la recrean más allá de sus fronteras.
Al escuchar a cada cubano —al oficial que repite consignas, al analista que desmenuza un modelo agotado, al joven que solo piensa en huir— uno entiende que la isla vive en un punto de fractura que ya nadie puede disimular. Como en las novelas de Padura, las verdades ocultas asoman por las grietas: el país se sostiene más por la obstinación de su gente que por la solidez de su sistema. Y si algo queda claro en este viaje a la Cuba real, la que no se enseña en carteles ni discursos, es que ninguna nación resiste indefinidamente entre la escasez y el silencio. Cuba no se perderá por falta de amor, sino por exceso de desatención. Y ese es el aviso que ya nadie puede barrer debajo de la alfombra.

Piquera (parada) de almendrones (taxis). Parque Curita ubicado en calle Salud entre avenida Italia y Águila. Centro Habana. / RODOLFO
Cuba, vista desde la distancia que duele, parece hecha de los mismos materiales que los recuerdos: frágil, luminosa, irrepetible. Cada testimonio que llega desde sus calles apagadas —la madre que ya no encuentra futuro, el joven que camina sin destino, la anciana que sobrevive al día— compone un mural de melancolía que es reconocible con una mirada. Porque la isla vive en un tiempo suspendido, como si cada amanecer fuese una repetición del anterior y cada noche trajera un cansancio más hondo. Y aun así, incluso en este desvanecerse lento, Cuba conserva un resplandor antiguo, una dignidad que no se aprende: la de quienes resisten para no desaparecer del todo en el viento que los dispersa.
Escuchar a tantos cubanos —a los que se quedan, a los que sueñan con marcharse y a los que ya no pueden más— me deja la certeza de que, pese al desgaste, la isla sigue viva en una energía que no se rinde. Cuba es un país que cae, pero siempre encuentra cómo levantarse, aunque sea desde los márgenes, desde la memoria o desde la pura necesidad. En cada voz hay un gesto de resistencia, una chispa que rechaza apagarse. Tal vez por eso, aunque la realidad empuje hacia la sombra, algo en Cuba sigue buscando la luz. Y mientras esa búsqueda exista, la isla —herida, cansada, dispersa— no terminará de perderse nunca.
Los cubanos, dice Padura, luchan por no desvanecerse como polvo en el viento. Las páginas que quedan por escribir tienen renglones torcidos, pero ¿qué es la vida sino un desatino constante que va desde el viejo Malecón al café Versailles en Little Havana?
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