Los periodistas deberíamos estar acostumbrados a lidiar con la mentira; es el hábitat natural del poder. La novedad con Donald Trump es de estilo, su forma grosera de mentir, sus modos tabernarios de avasallar al discrepante. Su objetivo es generar miedo, incitar a la autocensura, garantizarse cierto grado de impunidad. ¿Qué deben hacer los medios y los periodistas? ¿Cómo defenderse?

Los principales editores de The New Yorker, Slate, The Huffington Post y la cadena de televisión Univisión debatieron esta semana en Nueva York, moderados por Brian Stelter de la CNN, sobre este asunto. Que la CNN se haya convertido en el enemigo de referencia de la Casa Blanca no solo parece un sarcasmo, dados sus antecedentes, es, sobre todo, el barómetro que mide el deterioro.

Para estos editores es necesaria una coordinación sin precedentes entre medios y periodistas para hacer frente al desafío, que no es otro que un desafío a la esencia de la democracia: la libertad de pensar y expresarse. Esa colaboración pasa por acometer investigaciones conjuntas o plantarse en las ruedas de prensa.

La batalla no puede quedar en un asunto entre periodistas y Trump. Es esencial implicar al ciudadano en la resistencia civil. Sin él, la victoria será imposible. Trump sabe lo que hace, es listo: se dirige al ciudadano enfadado en su cruzada contra los medios, transforma a los periodistas en paniaguados de un poder difuso que roba y empobrece. Es sutil, tramposo y efectivo; por eso es tan peligroso.

Trump trata de convertir a los periodistas en el objeto del odio del ciudadano harto, aprovecharse del descrédito de la profesión agravada en estos años de crisis.

La guerra contra los medios y la verdad le ayudan a crear un ambiente tóxico que le podría proteger de informaciones peligrosas. Si estallara una bomba tipo Watergate estaría en disposición de ignorarla y resistir. Es la tesis del profesor Jay Rosen en la charla de los editores. Si desean leer a fondo sobre este evento, les recomiendo que lean el texto de Daniel Maurer, editor de Bedford + Bowery.

Los diarios The New York Times, The Washington Post, Los Angeles Times, además de las revistas The New Yorker y Vanity Fair, entre otros muchos medios de EEUU, han decidido ver el órdago y plantar cara al presidente. David Remnick, editor del The New Yorker, cree que en esta etapa es crucial el aguante, no entrar en cada trapo, no seguirle el juego. Mientras que nos hemos embrollado en la discusión bizantina de la asistencia de público a la inauguración presidencial, Trump impulsa su agenda ultranacionalista. Seguirle el artificio nos deja atascados en lo banal.

Batalla en las teles clásicas

El público que votó a Trump no lee estos medios, que considera liberales y elitistas. Son más de Fox News y de las radios ultraconservadoras que agitan el odio como una mercancía informativa. La batalla está en las cadenas de televisión clásicas, ABC, CBS y NBC, y sus distintas filiales locales, que llegan al gran púbico (urbano), y estará en la información, no solo en la opinión.

El Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación quiere profundizar en los negocios de Trump, someterle a un escrutinio similar al de los papeles de Panamá. Quizá ahí esté su talón de Aquiles.

Trump trata de imprimir un ritmo frenético. No es solo la necesidad patológica de presidir los ratings, es como si presintiera que no tiene tiempo. En esta velocidad de vértigo ha logrado en poco más de una semana insultar a los muertos de la CIA, a los medios, a los mexicanos y a los refugiados. Y a lo que entendemos por inteligencia.

Presionar al poder

El director del The New Yorker, David Remnick, sostiene que sería de bobos pensar que podemos seguir haciendo el trabajo como si nada hubiese pasado, y que al final la verdad terminará por resplandecer. Remnick recuerda que aunque no estamos ante una presidencia normal, la esencia del oficio es el mismo: presionar al poder.

En el acto de los editores, Lydia Polgreen, editora jefe de The Huffington Post, dijo que el periodismo debe descender a las causas del viraje pendular de Obama a Trump y entender los problemas que ha generado la globalización a millones de personas. Para luchar por la verdad frente a los hechos alternativos del trumpismo es urgente contar la vida real de personas reales, que se sientan escuchadas, que participen en el relato colectivo.

En Europa, y en España sobre todo, gran parte del periodismo político se basa en dar voz a las fuentes contaminadas, no a las personas que sufren. Tras vivir un brexit y un Trump deberíamos corregir con urgencia errores antes de tener que lamentarnos también por Francia.