Era una mujer menuda, desdentada, con un casco cubierto con un pañuelo de mariscadora de su Galicia natal y una voluntad de hierro. Durante 35 años estuvo acampada frente a la Casa Blanca para denunciar la proliferación nuclear y los horrores de la guerra, lo que convirtió su vigilia pacifista en la más longeva posiblemente de la historia de EEUU. Nevara o cayera un sol de plomo, Concepción Martín Picciotto contaba sus desvelos a los turistas dispuestos a escucharla, atraídos por su estrafalario tenderete que trufaba con imágenes de Nagasaki e Hiroshima, proclamas contra el sionismo o un cartel en el que acusaba a George Bush hijo de ser "el verdadero terrorista".

El lunes Picciotto murió en un hogar para mujeres indigentes. Recientemente sufrió una caída y su salud renqueaba desde que hace unos años fuera atropellada por un coche, aunque las causas de su muerte no han sido reveladas. "Tenemos que evitar la destrucción del mundo --dijo hace dos años a The Washington Post para explicar su activismo ascético contra las armas atómicas--. Tengo que estar aquí, esta es mi vida".

Conchita o Connie, como la llamaba esa riada de funcionarios encorbatados y místicos sin techo que cada día pulula por la plaza Lafayette (frente a la Casa Blanca), dormía muchas noches en su pequeño cobertizo arropado con un plástico. Cuando lo dejaba para ir al baño o darse una ducha en casa de algún amigo, alguien la reemplazaba. Las reglas del parque exigen que la protesta esté permanentemente ocupada para no ser desalojada.

De Vigo a Nueva York

Según la crónica de la prensa local, Picciotto nunca quiso hablar demasiado de su otra vida, la que empezó en Vigo en 1935. Al parecer se quedó huérfana de niña y la crió su abuela. En 1960 emigró a Nueva York y a finales de la década trabajó dos años de recepcionista en la oficina comercial española. En la boda de un amigo, conoció a un italiano del que adoptaría el apellido, un hombre moreno con el que se casó en 1969.

Los Picciotto querían tener hijos pero no pudieron, por lo que adoptaron una niña (Olga) nacida en Argentina en los años de la brutal Junta militar. Ese fue el inicio de uno de los períodos más turbulentos de su vida, el motivo que la llevó a Washington para acabar siendo vecina de cinco presidentes, desde Ronald Reagan a Barack Obama. "Son los mismos perros con distintos collares", aseguró en una entrevista a la agencia Efe en el 2001.

Picciotto le contó al Post que su marido le arrebató a la niña y trató de envenenarla. Con la ayuda de su abogado, lograron internarla temporalmente en una clínica psiquiátrica de Long Island. Dispuesta a recuperar a su hija, que aparece como un bebé en los panfletos que entregaba a los curiosos junto a la Casa Blanca, optó por viajar a Washington para buscar ayuda del Gobierno, pero una vez allí acabó convenciéndose de que el Estado la estaba "persiguiendo", una de las ideas conspiratorias que jalonan su biografía. De hecho, llevaba siempre el casco para protegerse de las ondas electromagnéticas con las que creía que el Gobierno quería hacerle daño.

Mientras perdía sus esperanzas de encontrar a su hija, conoció a William Thomas, el pacifista que inició la vigilia antinuclear frente a la Casa Blanca. "Como los dos buscábamos paz y justicia, decidimos formar un equipo", dijo. Era 1981. Conchita llegaba a la avenida Pennsilvania para quedarse hasta el fin de sus días.

Su sociedad con Thomas se complicó después de que Ellen Benjamin se uniera a la vigilia y los dos se casaran semanas después. Benjamin ha dicho alguna vez que Picciotto la "odiaba con todas sus fuerzas" pero los tres acabaron haciendo causa común hasta la muerte de Thomas en el 2009. Su éxito más notable fue en 1993, cuando los ciudadanos del Distrito de Columbia aprobaron una resolución iniciada por Picciotto y sus compañeros demandando el desarme nuclear.