La presión financiera ha tumbado en las últimas semanas a dos gobiernos europeos, y como la sed de los mercados es insaciable, numerosas voces advierten ya de los peligros de la "dictadura bursátil", que huele la sangre de otras víctimas. Se habla también de la pérdida por parte de los ciudadanos de la capacidad de decidir, puesto que ni en Italia ni en Grecia han sido consultados en unas elecciones, como suele hacerse en una democracia.

Puede que la conclusión no sea tan simple, ni tampoco tan tremendista. Pero, si nos vamos al otro extremo, puede también que esos llamados gobiernos tec- nócratas --formados por hombres y mujeres con currículo y experiencia-- que han salido al rescate de Italia y de Grecia no constituyan el milagro que esos dos países esperan para salvarse y, de paso, salvar al euro.

Puede que simplemente sean una salida natural al desgaste que está provocando en toda la clase política tradicional la profunda crisis económica global a la que no se consigue encontrar solución ni por la derecha ni por la izquierda. ¿O no constituyen también una salida al descrédito de la política movimientos como el del 15-M y Occupy Wall Street, e incluso el auge del extremista Frente Nacional en Francia?

No ha de ser forzosamente malo que esos gobiernos tecnó- cratas llenen el vacío ahora existente. Ellos son la cara de un cambio y quizá eso tranquilice y devuelva cierta confianza a los mercados. Pero quede dicho que también los ciudadanos estamos necesitados de unos líderes que nos den confianza y que, de paso, metan mano en los mercados.