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Mayo festivo

La Feria de Córdoba 2026 se despide con calor, más autenticidad y la voluntad de bailar hasta la última canción

Cordobeses y visitantes comparten las últimas comidas este sábado en El Arenal mientras la ciudad aguarda para vivir la última gran noche de la fiesta

Sombrero, abanico y mucho sol para despedir la Feria

A. J. González

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Manuel Á. Larrea

Manuel Á. Larrea

Córdoba

Las caras, Juan, las caras. ¿Y las voces? Ay, cómo están las voces. Hay una hora en la Feria de Córdoba que no aparece en ningún programa oficial. Es esa en la que el recinto huele ya a despedida, en la que los trajes de gitana pesan un poco más que el primer día y los cuerpos reflejan lo que ha sido otro año la semana grande del Mayo Cordobés.

Basta mirar para entender. Esa hora llegó al mediodía de este sábado, cuando un sol ya de verano ha caído a plomo sobre el recinto de El Arenal.

Caras de sueño acumulado. Caras de quien llega desde León o desde Canarias y no se cree todavía lo que están viendo. Caras de hombres y mujeres con los zapatos ya sin brillo pero sin ninguna intención de irse a casa. Caras de abuelas y abuelos que cierran los ojos un momento, copa de fino en mano, como si quisieran guardar el último sorbo. Y caras, sobre todo, de despedida. Porque hoy El Arenal huele ya a último día, y eso, aunque nadie lo diga en voz alta, se nota.

El sol aprieta, pero los cordobeses resisten

Mayo no entiende de protocolos y este año el sol se ha hecho notar. Este sábado desde primera hora ha apretado sobre el albero como quien pone punto final a una frase larga y ha obligado a la feria a recogerse en el interior de las casetas, a la sombra de los árboles o bajo los nuevos toldos.

La gente ha ido llegando despacio, con esa cadencia del que sabe que la noche es larga. Los abanicos, que esta semana han trabajado más que nadie, vuelven a moverse sin descanso. Los sombreros se multiplican. Y junto a la fuente del recinto hay quien se echa agua directamente en la cara, sin ningún reparo y con toda la necesidad del mundo.

Gente de aquí y de allá

Los trajes de gitana aguantan el tipo con dignidad. Lunares por todas partes, flores en el pelo... Aunque también, aquí y allá, algún detalle delataba ya el cansancio acumulado de la semana, como ese tacón que se lleva con más voluntad que energía.

El último día de feria tiene una luz distinta. Menos ceremonia, más verdad. Las comidas familiares de este sábado son más informales que las de los días grandes, más de codo a codo, más de reírse de lo que pasó el miércoles que de guardar las formas.

En las mesas del mediodía han convivido acentos de toda la geografía española, y de más lejos aún. Desde Guinea y desde Uruguay han llegado caras nuevas a sentarse ante un plato de salmorejo y a preguntar qué son exactamente las sevillanas. Se les explica bailando, que es la mejor manera. "En mi tierra tenemos fiestas, pero esto es otra cosa. No sé explicarlo, hay que vivirlo", afirmaba Vanesa, toledana de nacimiento y residente en Madrid.

También están, como cada año, los que no faltan. Grupos de amigos que se reencuentran en El Arenal con la puntualidad de un rito. Cordobeses que hacen de anfitriones. Familias que convierten el último sábado en su día grande porque es cuando todos pueden. Alguno que confiesa, entre carcajadas, que lleva viniendo "casi todos los días" porque la feria es una vez al año.

La última noche de la Feria de Córdoba

Entrada la tarde, la feria se va partiendo en dos, como siempre. Los que se retiran pronto lo hacen con dignidad. Cierran su feria con la satisfacción del deber cumplido. Y luego están los otros. Los que guardan fuerzas, los que saben que la última noche de feria no se parece a ninguna otra: más intensa, como quien baila sabiendo que es la última canción.

Para todos ellos, y para quienes hacen posible que El Arenal lata durante una semana entera, merece la pena detenerse un momento. Los camareros que llevan días sin ver amanecer desde casa. Los conductores de autobús, los de limpieza, los de seguridad, los cocineros, los fotógrafos, los compañeros de prensa. Los que reparten abanicos publicitarios bajo un sol sin piedad. La feria se ve en los trajes y en los farolillos, pero se sostiene en ellos, en sus caras también, que lo dicen todo sin necesidad de que nadie las lea.

La noche va echándose sobre el recinto. Tarda, pero llega. Los cordobeses van volcándose hacia este lado de la ciudad. Al principio, en las primeras horas de la noche, con el sol aún rasgando el horizonte, con timidez. Más tarde, en masa. Como el primer día pero con la certeza de que después no habrá más oportunidades de disfrutar. Con el verano en el horizonte y con mayo, el mes grande para la ciudad, despidiéndose de este 2026.

Este domingo, El Arenal amanece en silencio. Todavía queda trabajo por hacer. Los toldos se guardarán, las casetas se desmontarán, las bombillas apagarán su luz y el albero volverá a ser solo tierra. Pero en la noche del último sábado, la feria todavía respira, baila, canta, ríe. "El último sábado siempre dices que vas a irte pronto, que estás cansada, y siempre acabas siendo la última en salir", reconocía Ángela, una joven del Campo de la Verdad. La Feria todavía es y Córdoba la vivió hasta que terminó la última canción.

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