Nunca había prestado mucha atención a la realidad de los judíos sefardíes hasta el año pasado cuando decidí realizar una visita a la ciudad de Córdoba. Fueron dos días intensos en los que en cada rincón de la judería todavía se podía percibir el aroma a canela y clavo de la adefina del Sabat. Donde oculta, en cada columna, se leía una historia de amor y odio, según que dueño se instalara en los edificios monumentales del poder. Mi historia se sumerge en este vaivén de sentimientos encontrados, cuando la población hebrea de las juderías de Al-Andalus, tras subir a lo más alto del firmamento político y cultural de emires y califas, es destronada por un movimiento hostil a todo lo que identifica la esencia del judío. Un movimiento promovido por la semilla endémica de la crucifixión, que ha ido envenenando el corazón vengativo del cristianismo, exaltando las emociones más oscuras de una población exprimida por impuestos reales y nobiliarios, que otorgan como jugoso botín a una usura que practican sin contemplaciones los hijos de Yahvéh. En este sentimiento de malestar social los judíos sefardíes se parapetan por orden Real en sus juderías, contribuyendo a aumentar aún más, si cabe, el odio cultural. Después de siglos de matanzas y destrucción los señores de la recién estrenada nación española decretan como solución al conflicto la conversión o la expulsión. Así da comienzo otra etapa más en la tortuosa lucha del pueblo judío por encontrar arraigo en alguna tierra prometida. Muchos sefardíes claudicaron y se convirtieron, pero solo en efigie, pues su espíritu siguió manteniendo sus costumbres y rituales en la clandestinidad de los hogares. Ante esta situación, la clave para no ser acusado de deicidio por el Santo Tribunal de la Inquisición se escondía en los cimientos de las casas de la judería, surcados por ruinas califales y romanas, donde todavía hoy habitan restos de una historia milenaria. Estos restos romanos y árabes constituyeron el salvoconducto que demostraba la antigüedad de los sefardíes andaluces en la Tarsis bíblica. Una antigüedad que ellos remontaban a los años de Nabucodonosor, casi 600 años antes del nacimiento de Jesús el nazareno. Así nació la costumbre, por necesidad, de engalanar las fachadas y los patios con infinidad de restos arqueológicos provenientes de los lugares más insospechados, pues las casas sefardíes de la aljaima cordobesa fueron destruidas en oleadas sucesivas de odio, y vueltas a construir con materiales provenientes, en ocasiones, de medinas olvidadas. Esta práctica pervive hoy en día, integrada como una tradición, en el espíritu andalusí, que sigue embelleciendo las esquinas de las casas con fustes y capiteles variopintos, aunque ya nadie recuerda el porqué de esta costumbre, que forma parte del patrimonio espiritual de las ciudades andaluzas.