El grosero cartel en el que se exhiben, con gestos casi obscenos, a las nueve agentes de policía españolas destinadas al paso fronterizo de Melilla ha tenido, sin duda, un éxito que ya querrían para alguna de sus campañas muchos publicistas. Es el punto de referencia sobre el que han pivotado muchas de las ofendidas declaraciones que estos días han realizado los responsables de las políticas de igualdad, tanto del PP como del PSOE. Tanto éxito ha merecido una segunda parte.

La tierra de nadie amaneció ayer no con una, sino con tres variantes del primer cartel. Una de ellas, como mínimo, dará que hablar, pues es un fotomontaje en el que un agente se acomoda los genitales dentro del uniforme mientras una policía parece observar gustosa el gesto. Todo muy marrano. Y sexista, pero quedarse en lo superficial sería un error.

El fotomontaje es, en realidad, la prueba del nueve de cómo los activistas marroquíes fotografían tanto como quieren a los agentes españoles en sus puestos de trabajo, algo inimaginable en cualquiera de los otros puestos fronterizos de España. Ayer, de hecho, cuando montaron sus tres jaimas a apenas un metro de la frontera y celebraron un sucedáneo de rueda de prensa, se dedicaron a fotografiar, por si acaso, a todos y cada uno de los periodistas allí presentes. Mientras, los policías marroquíes observaban la escena sonriendo.