Como en tantas otras ocasiones, Euskadi ha seguido dinámicas propias en estas elecciones. La realidad sociopolítica vasca se ha recompuesto y, aunque el puzle está sin resolver, está asentado en cuatro pilares. A diferencia de la sorprendente fragmentación general, con hasta 13 partidos parlamentarios, Euskadi vive un proceso de concentración. Los dos partidos de ámbito estatal --PP y PSOE-- y los dos que se disputan el liderazgo aberzale --PNV y Amaiur-- han dejado un tapete de juego muy definido para el futuro.

El éxito de la refundación del independentismo a través de Amaiur es incuestionable. Con los enganches de la paz y la independencia, el empaste de la izquierda aberzale clásica con Aralar, Eusko Alkartasuna y la corriente desgajada de IU, Alternatiba, no ha sufrido aún las tensiones de poner contenidos, procedimientos y modelos de país a esos enunciados generales. Sigue subida a una ola electoral que se sostiene en Guipúzcoa. La presión sobre el PNV, al que ha superado por un escaño en Euskadi, se trasladará a esa próxima cita autonómica. Para afrontarla, el nacionalismo histórico hace ya acopio de bases. Ha logrado ser el partido más votado, con 40.000 papeletas sobre Amaiur, y conservar grupo propio en un entorno en el que sufre en la pugna del voto útil entre populares y socialistas. Su granero electoral de Vizcaya funciona a pesar de que su apuesta por poner en valor la gestión contra la emotividad apelaba a un pragmatismo que no parecía en boga porque la mayoría absoluta del PP no sugiere rentabilidad equiparable a la relación con Zapatero.

El PP ha tocado techo en su euforia. Euskadi no sigue el ritmo de la marea azul en España. Sin crecer en voto y repitiendo escaños, los de Basagoiti no han librado ni una gota de néctar del descalabro socialista. Y hablando del descalabro del PSOE, en Euskadi su peso se ha quedado en la mitad. Pobres mimbres para que Patxi López afronte el final de la legislatura, pero menores aún para un adelanto electoral suicida.