Una queja muy frecuente de madres y padres de adolescentes y post adolescentes se verbaliza con frases como estas: “no puedo decirle nada”, “se molesta por todo”, “en cuanto le dices que algo no está bien, te mira con mala cara o con gesto de desaprobación”.

Si esto se produce tan a menudo y en tantas familias, ¿por qué no intentamos otra táctica que lleve a buen puerto nuestra buena intención de ayudarles con nuestras recomendaciones a pensar en hacer las cosas de una forma diferente? Creo que muchas madres y padres no somos conscientes de la gran cantidad de instrucciones que les damos a nuestros hijos, la mayor parte de ellas utilizando el tiempo verbal imperativo que, por cierto, tan comúnmente utilizamos en todos los ámbitos de nuestra vida. Las órdenes nos distancian, son la prolongación del poder que hemos utilizado desde que eran pequeños, nos sitúan en un plano diferente en el que es mucho más difícil mantener una conversación productiva, de tú a tú. Nosotros utilizamos ese tiempo verbal que, seguramente, nuestros hijos no utilicen para dirigirse a nosotros.

"No somos conscientes de la gran cantidad de instrucciones que les damos a nuestros hijos, la mayor parte de ellas utilizando el tiempo verbal imperativo"

La propuesta que hago es que eliminemos las órdenes, imperativos o las opiniones taxativas y las sustituyamos por frases que les dejan a nuestra hija o hijo tomar la decisión, expresar una opinión, que nos abra la puerta, en definitiva, a mantener una conversación. Observo que hay hijos que tiran la toalla y se limitan, en esos casos, a asentir disciplinadamente para evitar el conflicto. La orden constante, que tan cansina resulta, produce una distancia con nuestros hijos. Algunas veces la orden se expresa directamente: “eso se hace así”, “llama a tu tío..”, “tómate una aspirina”, “ve al médico”, “venid a comer” o de forma algo más indirecta “deberías hacer esto”, “lo que tú tienes que hacer”.

Los imperativos me parecen espantosos en cualquier ámbito. Creo que no cuesta nada cambiar el “llámame” por un “¿me puedes llamar, por favor?” o un “me dices” por un “te agradezco que me informes, por favor”. O, cuando vamos a un bar, sustituir el “me vas a traer una caña” por “¿me puede traer una caña, por favor?”. Las órdenes, los imperativos no ayudan a establecer una relación cómoda, amable, que posibilite que el lenguaje haga su función de agradar, reconfortar, crear un ambiente estimulante y propicio para el intercambio de información y sentimientos.

En la relación con nuestros hijos, las órdenes continuadas, el imperativo es especialmente pernicioso y consigue los resultados indeseados que enunciábamos al principio. Probemos con “quizás se podría…. ¿qué te parece?”, “te pido, por favor que llames a tu tío”, “¿cuál es tu opinión sobre…?“, “te agradezco si recuerdas llevarte las llaves..”, “¿vas a ir al médico?”, “¿ya podemos comer?”.

La propuesta que hago es que eliminemos las órdenes, imperativos o las opiniones taxativas y las sustituyamos por frases que les dejan expresar una opinión, que nos abra la puerta, en definitiva, a mantener una conversación.

Quizás hay quien, leyendo estas líneas, piense que tanta delicadeza nos va a hacer más débiles e incluso imbéciles. O que a él no le molesta que le hablen así, con imperativos, con órdenes. No puedo, ni debo poner en duda que haya quien le pase desapercibido esa forma de conversar , aunque bajo mi experiencia de atento observador, he llegado a dos sencillas conclusiones:

- A la gran mayoría de las personas nos gusta que nos hablen muy bien y somos capaces de desarrollar un plus de amabilidad si eso ocurre. Y cuando eso se produce, todo va mejor.

- La gran mayoría de las personas reaccionamos -cuanto menos- con una triste indiferencia a quienes nos tratan sin cariño (y el imperativo no es cariñoso)

En cualquier caso, si hemos llegado a la conclusión de que a nuestros hijos “no les podemos decir nada”, “se molestan por todo” o “en cuanto les decimos algo, nos miran con mala cara o resoplan con patente insatisfacción”, algo deberemos hacer porque somos sus madres y padres, sus educadores y mantener ese status quo de conflicto permanente es realmente cansado, frustrante y poco amoroso.