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RESPONSABLE DE ADMINISTRACIÓN Y RELACIONES INSTITUCIONALES DE LA CÁTEDRA UNESCO DE RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS Y DIRECTORA TÉCNICA DEL SERVICIO DE CULTURA DE LA UCO

Cristina Coca: «Durante esos años aprendí a pararme para escuchar»

«He observado una evolución clara, pero no un abandono del idealismo», explica

Cristina Coca, responsable de Administración y Relaciones Institucionales de la Cátedra Unesco de Resolución de Conflictos y directora técnica del Servicio de Cultura de la UCO

Cristina Coca, responsable de Administración y Relaciones Institucionales de la Cátedra Unesco de Resolución de Conflictos y directora técnica del Servicio de Cultura de la UCO / Casavi

Rafael Castro

Rafael Castro

― Usted fue responsable de Administración y Relaciones Institucionales de la Cátedra y actualmente directora Técnica del Servicio de Cultura de la UCO. Estuvo allí cuando la Cátedra era casi un lienzo en blanco. ¿Qué queda hoy de aquel espíritu?

― Cuando pienso en los inicios de la Cátedra, inevitablemente me viene a la memoria una mezcla de entusiasmo, incertidumbre y una profunda sensación de responsabilidad. Era, efectivamente, un lienzo casi en blanco, pero también un espacio lleno de posibilidades. Lo que permanece hoy de aquel espíritu fundacional es la convicción de que el conflicto no debe entenderse solo como un problema, sino como una realidad que puede y debe abordarse desde el conocimiento, el diálogo y el compromiso ético. Sigue viva la idea de que la universidad tiene un papel activo en y para la sociedad, no solo como generadora de saber, sino como espacio de mediación, pensamiento crítico y construcción de paz. Eso no ha desaparecido en absoluto, al contrario, debemos fomentarlo cada vez más. Lo que sí ha cambiado es la manera de trabajar. Al principio prácticamente no había nada: una mesa, un sillón y poco más en un pequeño despacho en la Facultad de Derecho. Sí que había mucha ilusión por mi parte, era un reto para mi desconocido. Los comienzos estaban marcados por cierta artesanía, por el aprendizaje constante y por la necesidad de abrir caminos donde no los había. Hoy la Cátedra es una institución consolidada, con procedimientos, redes Internacionales y reconocimiento académico. Se ha perdido algo de la espontaneidad inicial, pero se ha ganado en estabilidad, continuidad y profundidad. Y eso es, en realidad, una buena noticia.

― Después de tantos años, ¿ha cambiado la motivación de los estudiantes que se acercan a la resolución de conflictos? ¿Son más pragmáticos ahora o siguen siendo igual de idealistas?

― He observado una evolución clara, pero no un abandono del idealismo. Los estudiantes de hoy llegan con una mayor conciencia de las salidas profesionales, de la utilidad práctica de lo que estudian y de la necesidad de adquirir competencias concretas. Son, sin duda, más pragmáticos y más conscientes del mundo laboral que les espera. Sin embargo, el idealismo sigue muy presente. Lo noto en su forma de preguntar, de implicarse y de conmoverse ante determinadas realidades. Quizá ya no se expresa en grandes discursos, sino en un compromiso más discreto, pero igualmente profundo. Muchos quieren comprender mejor los conflictos sociales, políticos o familiares porque sienten que algo no funciona y desean contribuir, aunque sea modestamente, a mejorarlo. Esa combinación de realismo e idealismo me parece especialmente valiosa. En estos veinte años he podido colaborar en la formación de cientos de estudiantes de muy diversos países y la experiencia ha sido muy enriquecedora, también he aprendido mucho de ellos y ellas. Yo misma me formé en los programas de la Cátedra y conseguí mi doctorado bajo la dirección de quien yo pienso que es uno de los profesores referentes de nuestra Universidad. Manuel Torres Aguilar ha sabido imbuir a todos sus estudiantes, discípulos y discípulas, de un carácter único y comprometido con los valores de la cultura de la paz, el conocimiento y la investigación, con una mirada abierta hacia cada momento de nuestro complejo mundo. La cultura del trabajo ha sido también una máxima que ha inspirado la labor desarrollada en estos años. El idealismo y el pragmatismo han estado presentes desde el origen en buena parte de sus enseñanzas y de sus escritos.

― La Cátedra ha trabajado mucho el papel de la mujer en la resolución de conflictos. ¿Cómo ha visto evolucionar el liderazgo femenino dentro de la propia institución y en los programas de mediación?

― La evolución ha sido muy significativa y, personalmente, muy gratificante de presenciar. En los primeros años, hablar de liderazgo femenino en estos ámbitos todavía suponía, en cierta medida, ir contracorriente. Las mujeres estaban presentes, pero a menudo desde posiciones menos visibles. Con el tiempo, y gracias a un trabajo consciente y sostenido, eso ha cambiado. Hoy las mujeres lideran investigaciones, coordinan programas de mediación y aportan enfoques que han enriquecido enormemente la comprensión del conflicto. No se trata solo de una mayor presencia cuantitativa, sino de una transformación cualitativa del modo de abordar la mediación, incorporando miradas más integradoras, empáticas y complejas. La Cátedra ha sido un espacio especialmente sensible a esta evolución, y eso es algo de lo que me siento profundamente orgullosa. Una parte de nuestras actividades se han volcado precisamente en reforzar el papel de la mujer en las sociedades democráticas.

― ¿Cuál es la lección más valiosa que le ha dado un alumno o una experiencia de campo en la Cátedra?

― Probablemente la lección más valiosa ha sido aprender a detenerme y a escuchar de verdad. Recuerdo momentos muy concretos en los que algún alumno, tras enfrentarse a una experiencia real de mediación, comprendía que no siempre hay que llegar con respuestas, sino con preguntas honestas y con disposición a comprender al otro. La resolución de conflictos me ha enseñado que la prisa por solucionar puede ser tan dañina como la indiferencia. Que acompañar, sostener y respetar los tiempos del otro es, muchas veces, el verdadero trabajo. Esa es una enseñanza que no solo sirve en el ámbito profesional, sino en cualquier momento de la vida. Sobre todo he aprendido la cultura del estudio, el trabajo y la dedicación a dar forma a la ilusión de construir la paz en la medida de nuestras posibilidades.

― ¿Qué siente al ver que nuevas generaciones de profesores y colaboradores se incorporan ahora para continuar el trabajo que usted ayudó a construir? ¿Echa de menos algo de esos años?

― Siento, sobre todo, agradecimiento. A la Universidad de Córdoba, por haberme dado la oportunidad de formar parte de este proyecto; al director de la Cátedra, por su liderazgo constante, su enseñanza y su confianza; y a los distintos rectores que, a lo largo de los años hasta la actualidad, respaldaron y creyeron en una iniciativa que no siempre era fácil ni inmediata en sus resultados. Ver cómo nuevas generaciones de profesores/as y colaboradores/as toman el relevo con energía, formación y nuevas ideas es una enorme satisfacción. Significa que el esfuerzo colectivo ha merecido la pena y que la Cátedra tiene futuro. Claro que echo de menos muchas cosas: la intensidad de los comienzos, el trabajo cercano, las conversaciones largas y el aprendizaje compartido. Pero me quedo con la serenidad de saber que aquello a lo que dediqué tantos años sigue vivo, creciendo y siendo útil para la sociedad. Y eso, sinceramente, es lo más importante. Todo lo que aprendí durante estos años ha constituido para mí un bagaje fundamental para continuar en la actualidad prestando mis servicios a la Universidad desde otros ámbitos de responsabilidad. Y, si me permites, quiero resaltar, que aunque ahora estoy en otro servicio de nuestra Universidad, la Cátedra siempre será para mí, la niña mimada y estaré presente siempre que el trabajo lo permita en todos sus momentos, al fin y al cabo somos una institución que remamos en la misma dirección y trabajar en equipo siempre es más positivo.

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