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Reportaje

Dos equipos del IES Miguel de Cervantes de Lucena, únicos cordobeses en la final del programa espacial de la ESA

Los estudiantes diseñan, construyen y lanzan minisatélites del tamaño de una lata de refresco, transmitiendo datos en tiempo real durante su caída.

Profesorado y alumnado del IES Miguel de Cervantes que ha participado en el proyecto.

Profesorado y alumnado del IES Miguel de Cervantes que ha participado en el proyecto. / CÓRDOBA

Lucena

Hay proyectos que hacen que el aula deje de ser aula. Que el libro se cierre, la teoría se transforme en práctica y la ciencia deje de imaginarse para empezar a tocarse. En Lucena, ese salto ha tenido forma de satélite.

El IES Miguel de Cervantes ha conseguido situar a dos de sus equipos -‘CervantesSAT3’ y ‘Quijotes del Espacio’- en la fase final del programa CanSat de la Agencia Espacial Europea (ESA), una competición educativa que convierte a estudiantes en auténticos ingenieros espaciales por un día… o por todo un curso.

Únicos cordobeses

Ambos equipos, formados por 12 alumnos en total, han destacado entre los 116 proyectos andaluces participantes, en una edición que ha reunido a 649 estudiantes en toda la comunidad. En Córdoba, el centro ha logrado además un hito: ser el único instituto de la provincia en alcanzar la final, con dos proyectos distintos.

Alumnado y profesorado del IES Miguel de Cervantes que ha participado en el proyecto.

Alumnado y profesorado del IES Miguel de Cervantes que ha participado en el proyecto. / CÓRDOBA

Desde el propio centro, el vicedirector y orientador José Carlos Jiménez y el profesor coordinador Francisco Calvillo explican que la experiencia va mucho más allá del concurso. «Llevamos tres años participando en el desafío CanSat y siempre llegamos a la fase final. Para nosotros es un orgullo enorme y para el alumnado una vivencia que no se olvida», señalan.

Reto ambicioso

El programa, impulsado en España por Esero, junto al Parque de las Ciencias de Granada, propone un reto tan ambicioso como realista: diseñar, construir y lanzar un minisatélite del tamaño de una lata de refresco, que se eleva a más de un kilómetro de altura y transmite datos en tiempo real durante su caída. Cada equipo debe asumir una doble misión. La principal consiste en incorporar sensores capaces de medir temperatura, presión atmosférica y altitud, además de diseñar un sistema de paracaídas que garantice la seguridad del dispositivo. La secundaria es donde entra la creatividad científica: cada grupo elige su propio objetivo. En el caso de ‘Quijotes del Espacio’, el proyecto se ha centrado en el estudio de la radiación solar y su impacto en futuras misiones espaciales. Por su parte, ‘CervantesSAT3’ ha desarrollado una investigación en colaboración con la Universidad de Córdoba y organismos ambientales, analizando muestras de polen en la atmósfera para estudiar posibles procesos de hibridación en especies vegetales.

Más allá de la técnica, el proyecto se apoya en una metodología educativa que transforma el aprendizaje. El alumnado diseña, programa, imprime en 3D, trabaja con sensores y defiende su proyecto ante un jurado experto, viviendo situaciones reales de ingeniería y ciencia aplicada. «Lo más complejo es que aprenden desde cero cosas muy avanzadas, pero lo sorprendente es ver cómo llegan a superarte en conocimiento», reconocen los docentes.

Aprendizaje completo

El proceso no está exento de dificultades: fallos en los lanzamientos, problemas de transmisión de datos o ajustes de última hora en el cohete forman parte del aprendizaje.

Pero también ahí, insisten los profesores, está el valor del proyecto: aprender a resolver imprevistos en tiempo real.

El impacto va más allá del ámbito académico. Estos proyectos están despertando vocaciones científicas y tecnológicas entre el alumnado, con especial crecimiento de la participación femenina en disciplinas Steam. Además, el centro complementa esta iniciativa con otros programas, conectando al alumnado con retos reales de la exploración espacial.

La experiencia en Lucena no se vive solo dentro del instituto. Familias, profesorado, instituciones y entidades colaboradoras acompañan el proceso, generando una red educativa amplia.

Y mientras los minisatélites descienden entre datos, cálculos y paracaídas, queda una certeza en el aire: la ciencia, cuando se vive así, deja de ser una asignatura para convertirse en una forma de mirar el mundo.

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