En muchas ocasiones, a las madres y padres nos cuesta poner límites. Quizá hayamos tenido una educación muy autoritaria, por lo que hemos desarrollado la necesidad de darle más alas a nuestros hijos de las que nosotros tuvimos. El problema es que a veces, por no caer en un extremo, nos pasamos al otro y nos olvidamos de poner límites a nuestros hijos, convirtiéndonos en “padres o madres colegas”. Esto, lejos de beneficiarles, les perjudica enormemente.

¿Cómo afecta la falta de límites a nuestros hijos?

Quizá hayamos escuchado hablar de los estilos de crianza actuales, en total son cuatro, pero nos ayudarán a entender dónde nos encontramos nosotros como madres y padres:

  1. Estilo democrático: hay un equilibrio entre el afecto y la comunicación y los límites y normas.
  2. Estilo autoritario: altos niveles de límites y normas y bajas en afecto y comunicación. Son padres muy exigentes.
  3. Estilo permisivo: altos niveles de afecto y comunicación y ausencia de límites y normas.
  4. Estilo negligente: no hay afecto, ni normas. Son madres y padres con una escasa implicación por los hijos, sensibilidad y mucha frialdad.

En este caso nos centraremos en el estilo permisivo, pues es donde nos encontramos cuando nos comportamos como padres colegas. El profesor y cofundador del proyecto aprendeaeducar.org, Francisco Castaño, pone un ejemplo realmente esclarecedor sobre cómo funcionamos con nuestros hijos. Cuando el centro “pilla” a nuestro hijo con un móvil, somos nosotros quienes le decimos: “qué dices, tío, cómo te han “pillado”. La próxima vez utilízalo debajo de la mesa para que no te vean”. ¿Qué ocurre? Que cuando en otra ocasión no actuamos como colegas, sino como padres y les decimos que ”no” a algo, se sienten defraudados, porque anteriormente les hemos dado alas para todo. “Si somos colegas de nuestros hijos los dejamos huérfanos. Es más fácil ser colega de tu hijo que decir que ‘no’. Pero los niños crecidos así tienen baja autoestima y poca capacidad para gestionar la adversidad. Les hemos enseñado que por el mero hecho de existir se merecen todo lo que quieran, no conocen la frustración”, nos dice Francisco.

"Los niños que crecen con padres colegas, desarrollan baja autoestima y poca capacidad para gestionar la adversidad"

Hay que recordar que no es lo mismo ser comprensivo que ser permisivo, son dos cosas muy distintas. Francisco Castaño nos hace ver la luz a través de este ejemplo: Yo puedo entender que mi hijo llegue tarde un día. Eso es ser comprensivo. Por ejemplo, mi hijo va detrás de una chica, y no le ha hecho caso en todo el curso, pero ese día se pone a hablar con él a las 20:50 y a las 21 horas tiene que estar en casa. Pues es lógico que ese día llegue tarde. Y es tan lógico que yo lo comprendo, pero no soy permisivo. Mañana tendrá que venir antes a casa, a recuperar el tiempo de más que se tomó el día anterior. Esa es la diferencia entre comprensivo y permisivo. Si yo le permito que llegue tarde hoy, mañana no se tomará en serio llegar puntual. No vivirá las consecuencias de sus actos.

¿Cómo consigo que me respeten sin caer en el autoritarismo?

Pasar de un bando a otro, sin duda, va a crear conflictos. Vamos a pasar de decir sí a nuestros hijos en función de cómo nos sentimos, a convertirnos en “los malos de la película”. Va a crear un desajuste emocional tanto en nosotros como en nuestros hijos, así que contemos con ello y no nos dejemos por la situación, ante todo, firmeza.

La psicóloga Maribel Martinez en su libro “cuántas veces te lo tengo que decir” menciona que para ser respetados existen dos formas de conseguirlo:

1. Imponiendo miedo, es decir, a través del autoritarismo.

2. Logrando ser una persona respetable. Para conseguirlo hay que ser digno de respeto, hay que ganárselo.

En primer lugar, no podemos entender la estructura familiar como si se tratase de igualdad entre todos los miembros, no estamos ante una democracia. Las madres y padres tenemos un papel muy definido, somos los que ponemos las normas y los que decidimos la conveniencia de hacer una cosa u otra. Eso no significa que en determinados momentos necesitemos de una negociación para buscar una solución, pero el principio básico es que no podemos preguntar todo a nuestros hijos para que no se frustren. La experta propone algunos aspectos importantes:

1. Autoridad bien entendida

Como hemos dicho, autoridad no es lo mismo que autoritarismo. Esto es el principio básico de la jerarquía familiar que hay que respetar. Nuestro rol saludable se gana a través del amor, los vínculos sanos y también el respeto ganado con admiración y coherencia.

"Las madres y padres tenemos un papel muy definido: somos los que ponemos las normas"

2. Actitud

A veces las madres y padres nos perdemos en argumentos continuos para que nuestros hijos entiendan el por qué de una decisión. No lo necesitan ni lo comprenden, ellos viven el momento. Seguramente cuando nos queremos ir de un cumpleaños mientras están con sus amigos, ellos no piensan que lo mejor es irse porque así les da tiempo a ducharse, cenar e irse a la cama sin agobios. La experta es mucho más pragmática: menos, es más. Son miradas, gestos, frases. Aquí va una: “háblame bien que soy tu madre/padre”. No podemos dejar que nuestros hijos nos hablen como quieran, como iguales, con un “Jo, tío”. Cuanto antes utilicemos esta frase, mejor, y si lo acompañamos de una mirada firme, pronto nos daremos cuenta que no será necesario ni utilizar la frase, lo verán en nuestra mirada y actitud.

3. Evitar los gritos

En esto también insiste la fundadora de Relájate y Educa, Amaya de Miguel. Cuando comenzamos a gritar perdemos la conexión con nuestros hijos y por supuesto, autoridad. Es preferible pedir que vaya a su habitación, que se relaje y que en diez minutos lo volvemos a tratar, antes que volvernos locos con gritos.

4. Coherencia

Esto es lo más importante, nuestros hijos tienen un radar para detectar las incongruencias en lo que estamos diciendo. Si normalmente no compramos dulces a nuestros hijos, pero al pasar por una bollería me lo piden y se lo compro porque estoy de buen humor, el próximo día también me lo pedirán. Quizá no entiendan que hoy he tenido un mal día y que esa es la norma, pero la incongruencia está ahí. Si tenemos una norma establecida debemos cumplirlo hasta el final sin importar cómo nos sintamos o lo bien o mal que se hayan portado.

5. Poner límites dando alternativas razonables

De esto hemos hablado mucho, pero nuestros hijos no pueden decidirlo todo, son niños, las decisiones son de los adultos. No pueden elegir lo que comer, dónde ir de vacaciones, qué ponerse… porque eso es competencia nuestra. Lo que sí podemos hacer es dar opciones cerradas, por ejemplo, ¿quieres un bocadillo de jamón o de atún?, ¿quieres la camiseta blanca o roja? Esto les hace sentir que su opinión se tiene en cuenta, pero siempre bajo nuestro criterio personal. Además, con esto se evitarán muchas de las situaciones de conflicto que se genera a lo largo del día.

Como madres y padres lo hacemos lo mejor que sabemos, porque los queremos, pero hay que querer de una manera responsable. Reconocer y sanar cómo nos han educado a nosotros es un paso imprescindible para crear vínculos sanos con nuestros hijos.