Un día llevé a clase una bonita tórtola de plumas blancas y collar negro. Los niños, desde sus respectivos sitios, la observaban sin perderse ni uno solo de sus movimientos. Cuando la tórtola arrulló la primera vez, yo dije: ¿Os habéis dado cuenta cómo la tórtola parece que llora? Pero, cuando arrulló por segunda vez, todos a una exclamaron: No, maestra, la tórtola no llora; la tórtola ríe. Y yo, increíblemente emocionada, me dije: Los mayores vemos, oímos, sentimos con lágrimas porque guardamos mucho dolor. Los pequeños ven, oyen y sienten con la alegría virgen que tienen en el corazón. Les llegará su hora, pero no debemos adelantarla.

Hace años, y siempre desde mi afán de conocer e investigar en el mundo de la infancia, logré escribir una obra, que sigue inédita, titulada Mundo Mágico . En ella, y como resultado de un largo proceso, recogí palabras maravillosas de los niños y niñas: Para mí -decía un niño- es mágica la sota de las cartas, porque es una mujer muy rara, etc. Pues, para mí -decía una niña- son mágicos los bichitos de luz que parecen estrellas que han bajado a la tierra... Y así llegué a la conclusión de cuántas y cuántas cosas resultan mágicas para los niños. No obstante, en pocos años, tal vez inconscientemente, entre todos, hemos arrasado y allanado sin contemplación este mundo, este círculo mágico en el que los niños interpretan lágrimas por risas, mentiras por verdades, círculo mágico que los protegía del duro universo de las realidades del que iban aprendiendo desde el juego y por el juego. En las pasadas fiestas no había forma de encontrar, como regalo de reyes para nuestros niños, un iPad, una PlayStation... Se han agotado -repetían aquí y allá-. Y, bueno, entiendo y soy partidaria del progreso. pero creo que nos pasamos con los niños porque, demasiado pronto dirán, como yo, que sí, que mi tórtola llora.