Fútbol | Mundial 2026
Córdoba se vuelca con España y vive otra noche de pasión, tensión y alivio
La provincia sigue con intensidad el triunfo de la selección ante Bélgica en los cuartos de final, en una velada de bares llenos, celebraciones con eco y sufrimiento hasta el gol decisivo de Mikel Merino

Córdoba volvió a entregarse a la selección española en una de esas noches en las que el fútbol consigue detenerlo casi todo. La provincia se paralizó para seguir el partido de cuartos de final entre España y Bélgica, un encuentro que se vivió con la tensión propia de las grandes citas y con esa mezcla tan reconocible de esperanza, nervios y desahogo final.
En los bares del centro, en reuniones de amigos o en los salones de casa, los cordobeses siguieron con pasión un duelo que podía abrir el camino hacia las semifinales o cerrar de golpe el sueño. Y desde el arranque se notó un ambiente diferente. España dominaba, generaba ocasiones y transmitía mejores sensaciones que en el partido anterior ante Portugal. La grada improvisada de Córdoba lo percibía y, por eso, los fallos iniciales no se lamentaban en exceso. Había una sensación compartida: el gol acabaría llegando.
Bares llenos y confianza en el primer tramo
Muchos grupos de amigos y amigas eligieron los bares del centro para ver juntos el encuentro. El partido se convirtió en una excusa perfecta para compartir nervios, comentarios y supersticiones. Incluso la pausa de hidratación fue recibida con agrado en muchos locales: era el instante oportuno para pedir otra cerveza, un refresco o levantar el vaso pensando en una victoria que parecía cercana.
Ese clima de cierta confianza se rompió, aunque de forma curiosa, con el primer gol del partido. El tanto de Fabián se celebró a distinto ritmo según la pantalla desde la que se estuviera siguiendo el choque. El ya clásico retardo entre televisiones provocó que hubiera bares y mesas donde el grito de gol llegara más de medio minuto antes que en otras. Los primeros en verlo lo festejaron con toda la fuerza de una noche grande. Los últimos, en cambio, se quejaban de que enterarse por el eco del bar de al lado le quitaba parte de la emoción al momento. No faltó incluso quien bromeó con cambiar de local para ver el partido “donde va antes”.

Celebración junto a la peluquería Hair Story. / Carlos Tocados
El empate cayó como un golpe inesperado
Lo que no tuvo eco fue el empate de Bélgica. No hizo falta. El silencio lo ocupó todo. El gol cayó como un jarro de agua fría y dejó un ambiente de desconcierto en muchos rincones de la ciudad. Por momentos, el ánimo se vino abajo y el descanso apareció casi como una necesidad colectiva, un paréntesis para resetear, respirar y volver a creer.
En la segunda mitad, el partido se convirtió en una prueba de resistencia emocional para muchos aficionados cordobeses. En algunos bares del centro se sufrió cada pérdida, cada disparo desviado, cada ataque mal resuelto. La gente pedía a España que diera un paso adelante, que arriesgara más, que encontrara de una vez el camino del gol.
Lamine como esperanza y Merino como liberación
Con el paso de los minutos, muchos ojos se clavaron en Lamine Yamal. Cada vez que tocaba el balón, el ambiente cambiaba. Había una expectativa inmediata, una sensación de que algo podía ocurrir. Muchos depositaban en él la esperanza de la jugada desequilibrante, del regate decisivo o del centro que cambiara el partido.
Mientras tanto, en más de una conversación se coló el recuerdo de aquella eliminación ante Bélgica en los cuartos del Mundial de 1986, cuando España empató a uno y terminó cayendo en los penaltis. El peso de la memoria también jugaba su partido.
Pero esta vez el desenlace fue otro. El gol de Mikel Merino terminó llegando y, otra vez, Córdoba lo celebró por fases, conforme la señal lo iba llevando de una pantalla a otra. Aun así, el efecto fue el mismo en todas partes: explosión de alegría, abrazos, gritos y esa súplica inevitable que aparece en cada final apretado: “Árbitro, la hora”.

El público festeja un tanto de España en el Mercado Victoria. / Carlos Tocados
Francia, el siguiente obstáculo
Tras el triunfo, centenares de cordobeses se desplazaron a Las Tendillas a celebrarlo. Los gritos de «yo soy español y «España, España» resonaron durante un rato por las calles del centro.
España acabó llevándose la victoria y Córdoba volvió a demostrar que sabe sufrir con su selección tanto como disfrutarla. El próximo martes espera Francia, en una semifinal con aroma de final anticipada. Y la provincia, una vez más, volverá a detenerse para verla.
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