Los inicios de una vocación
Con 12 años y un silbato: Alberto Rodríguez Martín debuta en el arbitraje cordobés
Un joven colegiado comienza a escribir su propia historia en el fútbol dentro de los campos modestos cordobeses

Alberto Rodríguez esperando a arbitrar el C.D. Semilla blanquiverde-Córdoba CF de 3ª Andaluza Prebenjamin. / A.J. GONZÁLEZ

Tiene 12 años recién cumplidos, voz tímida y un silbato que ya suena con decisión. Alberto Rodríguez Martín no sueña con marcar goles, sino con señalar el centro del campo. Su historia no empieza en un estadio lleno, sino en campos pequeños, de césped gastado, donde juegan niños de seis años y donde, a veces, los nervios no están en las botas, sino en la grada.
Cumplió los 12 años el 8 de enero. Tres días después, el 11, ya estaba arbitrando su primer partido oficial. No hubo tiempo casi ni para asimilarlo. Dirigió el C.D. Granadal Figueroa-C.D. Los Califas de 3ª Andaluza Prebenjamín, convirtiéndose así en uno de los árbitros más jóvenes no solo de Córdoba, sino probablemente de toda España. Su debut no fue fruto de la casualidad ni de un capricho. Llegó después de meses de formación, estudio y espera. «Me sentí muy nervioso y a la vez emocionado», recuerda Alberto. «Pensaba que era muy difícil, pero como había estudiado mucho y aprobé, me alegré mucho de haber llegado hasta ahí».
«Tenía miedo de fallar alguna cosilla»
Antes de pisar el césped, los nervios estaban ahí. No por los jugadores, que eran más pequeños que él, sino por la responsabilidad. «Estaba nervioso por si fallaba alguna cosilla», explica con sinceridad. «Hay que estar muy pendiente del balón y de todo lo que pasa».
El miedo duró poco. El partido fluyó y Alberto empezó a sentirse cómodo. «Durante el partido ya me tranquilicé», cuenta. «Y cuando terminó, lo que quería era arbitrar otro más». Para él, pitar no es una obligación ni una rareza: es una forma de disfrutar del fútbol.

Alberto Rodríguez durante el C.D. Semilla blanquiverde-Córdoba CF de 3ª Andaluza Prebenjamin. / A.J. González
Un debut cuidado al milímetro
Desde el Comité Técnico de Árbitros de Córdoba, Germán Matías, delegado del mismo, explica que el proceso fue el mismo que para cualquier otro árbitro, aunque con especial atención por la edad.
Alberto comenzó el curso de iniciación con solo 11 años. Legalmente no podía arbitrar, pero eso no le frenó. «Tenía claro que quería ser árbitro», explica Germán. «Esperó, terminó el curso, aprobó el examen y debutó en cuanto cumplió la edad».
Sus primeros partidos han sido en categoría prebenjamín, con niños de 5 a 7 años. Partidos sin tensión clasificatoria, sin rivalidades y con un entorno más controlado. «Nunca se nos ocurriría ponerlo en un partido competitivo», subraya Germán. «Buscamos contextos tranquilos».
Aprender a arbitrar… y a convivir
La formación va mucho más allá del reglamento. Durante meses, los jóvenes árbitros reciben clases teóricas y prácticas. Aprenden dónde colocarse, cómo hablar con los entrenadores, cómo rellenar un acta y también cómo gestionar situaciones difíciles.
Porque no todo está en el reglamento. «Hay cosas que te dan la vida», explica el delegado del comité. Qué hacer si un padre protesta, cómo mantener la calma o cuándo pedir ayuda. Alberto ya ha tenido que enfrentarse a una de esas situaciones. No todos los partidos han sido tranquilos. En uno de ellos, CD Los Califas-CD Montalbeño de prebenjamines, llegaron los gritos desde la grada. «Me insultaron y el delegado tuvo que dirigirse a la gente para que se relajara», cuenta sin dramatizar. El protocolo funcionó. El delegado intervino y el partido continuó. «Después todo salió bien», dice. Para él fue solo un momento incómodo, no una razón para dejarlo.
Su padre, que estaba en la grada, lo vivió de otra manera. Alberto Rodríguez padre fue árbitro durante casi 13 años. Él entiende el juego, las protestas y la presión. Pero verlo desde fuera, con su hijo en el centro del campo, fue distinto. «Los nervios no eran por él, eran por la gente», reconoce. «Los niños disfrutan, pero los padres a veces no tienen límites». Aun así, destaca la actitud de su hijo: «Él pita tranquilo. No es consciente de todo lo que significa. Y eso, en parte, es bueno».

Alberto Rodríguez durante el C.D. Semilla blanquiverde-Córdoba CF de 3ª Andaluza Prebenjamin. / A.J. González
«Siempre me lo paso bien»
A pesar de todo, el joven Alberto no duda cuando se le pregunta si quiere seguir arbitrando. «Sí, me gustaría arbitrar más partidos poco a poco», dice. Disfruta cuando los entrenadores lo felicitan, cuando los niños juegan sin protestar y cuando el partido fluye. «Siempre me lo paso bien», resume.
Su motivación viene de lejos. «De pequeño me gustaba jugar al fútbol», explica. «Y como mi padre fue árbitro muchos años, me interesó. Veía partidos y siempre he querido llegar a Primera División».
Un sueño llamado Clásico
Alberto no esconde su gran objetivo. «Me gustaría arbitrar un Madrid-Barça», dice con una sonrisa tímida. Un Clásico. El escenario más grande para alguien que acaba de empezar. Y si algún día puede compartir campo con su padre, mejor. «Si estamos los dos juntos en un partido, disfrutamos», asegura.
Una lección para el fútbol base
El caso de Alberto invita a reflexionar. Ver a un niño de 12 años arbitrando debería generar respeto, no críticas. Desde el comité lo tienen claro: el fútbol base debe ser un espacio de aprendizaje, no de tensión.
Alberto, con su silbato y su ilusión, representa eso. Un recordatorio de que el fútbol empieza siendo un juego. Y de que, a veces, quien mejor lo entiende es el más pequeño del campo.
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