Cuando Alejandro Valverde está compitiendo es muy difícil que conteste al WhatsApp. Así que Javier Mínguez, seleccionador español de ciclismo, ya no se desesperó durante el Tour si no obtenía respuesta tras enviarle mensajes a Alejandro. A Mínguez le bastaba con leer lo que le decía.

Mínguez contestaba al teléfono, sábado, 28 de julio, día gris en Espelette, la pequeña localidad del País Vasco francés donde se disputaba la última contrarreloj de la ronda francesa y todavía faltaba un buen rato para aclararse el podio. Mínguez pensaba en el Mundial, en el Tirol, en Innsbruck y en este circuito de 258 kilómetros, que se afronta hoy, el más duro en años, con una subida final que presenta porcentajes de nada menos que del 25%. Y en su mente solo rondaba un nombre para vestirse con el arcoíris más difícil: Alejandro Valverde.

Por muy bien que llegue a Innsbruck Julian Alaphilippe, el ciclista francés que no ha hecho otra cosa que ganar carreras mientras preparaba el Mundial lejos de la Vuelta, Mínguez y todos saben que el problema de Valverde nunca está en sus piernas, si no en su cabeza. Y que su cerebro ya se ha recuperado del desengaño por perder la Vuelta en Andorra. Hay Mundial. Hay Valverde y un arcoíris difícil pero no imposible.