En uno de los instantes de mayor inflexión para el Córdoba en su historia apareció por sorpresa de entre todos los teóricos candidatos a hacerse con el paquete accionarial en propiedad de Prasa. Su irrupción no dejó indiferente a nadie durante los primeros meses de mandato y ya desde el inicio tuvo defensores y detractores.

En lo social, precisamente, comenzaron a aparecer los primeros problemas, tanto por la falta de tacto como por el desconocimiento o soslayo de la carga de representación que supone la presidencia del Córdoba. Públicamente ha atacado a políticos, exjugadores, veteranos, peñistas, aficionados, prensa... Todo aquel que pusiera en duda cualquiera de sus afirmaciones públicas o que planteara otra opción a la expuesta desde la cúpula del club era automáticamente zaherido. La única verdad era la de César, en su papel de líder capaz de regenerar al Córdoba y defenderlo de lo que desde las alturas se entendía como un ataque.

En lo económico, el quinquenio cesarista que finalizó ayer de manera oficial, podría reconocerse que deja dos etapas. La inicial, que abarca hasta el ascenso a Primera y la última, desde esa temporada en la máxima categoría del fútbol nacional hasta hoy. Del 2011 al 2014 el club estuvo totalmente mediatizado por la intervención concursal y el ajuste de costes fue fundamental para que éste sobreviviera compitiendo. Los dos últimos años se ha asistido a un creciente oscurantismo en la gestión económica, lo que ha encuadrado al Córdoba en ese tipo de clubs con una contabilidad, como mínimo, ingeniosa. Lo que nadie le podrá discutir a Carlos González es que en este quinquenio, en el que dentro del club no se ha movido una hoja sin el favor de César, se han alcanzado los mayores logros deportivos en medio siglo y, por lo tanto, su etapa en ese apartado ha de escribirse en oro. Ni sus mayores detractores podrán negar que tres eliminatorias de ascenso, el regreso a Primera tras 42 años, dos ascensos del filial más las eliminatorias de Copa en las etapas de Jémez, Berges y la actual, así como la recuperación de la categoría perdida por el juvenil dejan el listón alto a los presidentes que lleguen, empezando por su hijo. Aunque igual ellos sí sean capaces de escuchar y tomar en consideración la carga institucional de su posición. Ahora, Carlos González vuelve a ser patricio.