El madridista pudo, por fin, disfrutar del partido soñado. No fue un marcador de la dimensión del 2-6 o el 5-0, pero de una contundencia parecida y con efectos más directos: el 1-3 lavó antiguas afrentas, pero, sobre todo, echó al Barça de la Copa y metió al Madrid en la final. Una carta guardada en la manga a la espera de ver qué sucede en la Champions.

Justo lo que perseguía el Barça, que no supo aprovechar la ventaja de jugar al amparo de su público y de gozar de un césped rápido e impecable, como demanda el vestuario. Esas condiciones previas se cumplieron; las siguientes, no. Ninguna estrella local lució. Todas opacas, lo que aumentó el fulgor de las blancas. En especial una. Acaso la única.

Como el madridista de la grada, Cristiano, se lo pasó a lo grande. Todas le cayeron bien. Marcó de penalti y logró el 0-2 a portería vacía, con la única y diminuta presencia de Alba sobre la línea. Varane, de cabeza, solo como en la ida, firmó el marcador que permitió a Mourinho sacar la cabeza del banquillo. Pero los culés rumiaban aún su propia ofuscación, sabiendo que no habían dado una a derechas. Desde Piqué, al cometer el absurdo e innecesario penalti a Cristiano --el portugués estaba solo, sin ningún compañero a quien pasar el balón y demasiado escorado para batir a Pinto-- hasta Messi, desaparecido antes del descanso, pasando por Xavi, Iniesta, Cesc y Puyol. Sin asustar delante ni intimidar atrás.

A nadie podían echar en cara su desgracia. Ni a Undiano, que se comió un penalti de Xabi Alonso a Pedro tan flagrante como el anterior, y que habría permitido al Barça abrigar esperanzas de reencontrarse a sí mismo en algún momento. Lo pareció cuando, extrañamente, disparó tres veces en seis minutos (extrañamente porque dos de esos tiros salieron desde fuera del área), pero que no creó una ocasión hasta que Alba activó la casilla local. Messi forzó un "uy" en una falta y se despidió. El Madrid disparó con balas. A través de Cristiano.

El desconocido Barça de anoche desorientó a sus fieles porque presentaba el perfil más habitual. El de la teoría del caos, bautizado así con la inclusión de Cesc, hizo finalmente honor a su nombre. El barullo en el que se lió el equipo fue de órdago. Desarmará a los contrarios, pero también les bloquea a ellos cuando no encuentran ninguna referencia por delante del balón. Todos quieren combinar por dentro, sumando pases y pases hasta sucumbir en su propia maraña.

El Madrid vivió encantado ante la renuncia local a la profundidad. Sin reparos en acumular hombres atrás, concentrarlos a 30 metros de Diego López supuso una bicoca. Le resultó fácil frenar al Barça en la franja central, a costa de carecer de metros para correr al contraataque. Tampoco lo necesitaba desde el penalti. El gol había colmado su mayor pretensión, porque el cero le mataba.

El Barça se aferró a su proverbial paciencia, sin detectar que incurría en lentitud. No pilló al Madrid ni de frente en triangulaciones ni por la espalda. Era Pedro contra Coentrao y Ramos o nada. Los otros dos teóricos delanteros (Iniesta y Messi) eran el cuarto y el quinto centrocampista. No es de extrañar que la hinchada reclamara a gritos la presencia de Villa. Calentó desde el inicio de la segunda mitad y entró con el 0-2.

Roura (siguiendo, se supone instrucciones de Tito) apostó por lo seguro, que era mantener a Cesc en el equipo mientras Villa no vuelva a ser quien era. El problema es que Cesc tampoco es quien debería ser, así que se vio al Barça de Milán. Y lo pagó.

GOLES:

0-1. Min.13, Cristiano Ronaldo (p).

0-2. Min.57, Cristiano Ronaldo.

0-3. Min.68, Varane.

1-3. Min.89, Alba.

ARBITRO:

Undiano Mallenco (Col. Navarro). Amonestó a Piqué (min.12), Puyol (min.40) en el FC Barcelona y a Arbeloa (min.37) en el Real Madrid.

ESTADIO:

Camp Nou, 95.002 espectadores.

INCIDENCIAS: Vuelta de las semifinales de Copa del Rey.