Es Holanda, ya saben. Llueve, chispea, hay nubes, hace frío, humedad, incertidumbre en el cielo y en el asfalto. Es Assen, la catedral del motociclismo, donde solo triunfan los buenos, los que acaban coronados con algún título. Todos saben el valor que tiene ganar en este circuito. En sábado, claro. Nunca en domingo.

Por eso ayer, en las sesiones que decidían las parrillas del GP de Holanda (11.00 horas, Tele 5), hubo sangre, sudor y lágrimas. De alegría y de dolor. Maverick Viñales no saldrá desde la primera línea en Moto3, pero le trae sin cuidado. "Tengo ritmo para pelear por la victoria", dijo sereno, convencido de que la pole de su rival, Sandro Cortese, fue fruto de un buen rebufo. "Los 17 primeros pilotos están metidos en un segundo, lo que anuncia pelea a tope", añadió el joven de Roses.

Si esa suposición se hace realidad en la pequeña categoría, en Moto2 no hay duda: Marc Márquez y Pol Espargaró están para que les hagan un Mundial aparte. El de Cervera, minutos antes de volar por los aires y que el airbag de su mono le salvara de una buena, logró la pole con cuatro segundos menos que la lograda por Stefan Bradl en el 2011. Y es que el ritmo que Márquez y el menor de los Espargaró han impuesto en este Mundial va a convertir en ridículos los logros de sus antecesores.

Más o menos, bueno, seguro, como en MotoGP, donde Casey Stoner, cuando ya todos le daban por prejubilado, cuando reposaba en la cola de la parrilla, justo al empezar a llover, se armó de valor y, nada más desaparecer el chirimiri, va y rebaja en un segundo el tiempazo del desaparecido italiano Marco Simoncelli. Con Dani Pedrosa pegadito a él. Y Jorge Lorenzo, el superlíder, pegadito a ellos. Stoner, como Márquez, tuvo una caída horrible. Como para retirarse a su granja australiana. Pero esto es la catedral y todo el mundo quiere salir a hombros.