Salió volando del trabajo y apenas sí le dio tiempo a comer. Algo rápido, un bocadillo y directo al autobús. A las cuatro de la tarde casi no se podía andar por la calle. Llegó a la explanada de aparcamientos del río sudando, suspirando por encontrarse encendido el aire acondicionado del bus. Su gozo en un pozo. Tuvo algo de tiempo para respirar y recuperar una temperatura más fresca. Pero cuando el aparato dejó de funcionar, volvieron los sudores. El viaje se convirtió en un suplicio. Parecía que no acabaría nunca. Tan pronto el aire salía como dejaba de hacerlo. Tres horas y media después se bajó en Huelva empapado. Como él, todo el autocar. Al menos, al poner pie en tierra, se aliviaron con diez grados menos.

Muchos lo agradecieron. Otros, no tanto. "Los que se han traído pantalón corto y sandalias están pasando hasta frío", se mofaba un hincha.

El frescor se acentuó al entrar en El Colombino, que presentaba un aspecto desolador. Apenas 3.000 personas en las gradas. Unas 800 eran blanquiverdes. Es una esquina del estadio, trataban de insuflar ánimos a sus jugadores, a los que les costaba arrancar. "¡Echale h...".

Como si el grito les hubiera calado, transformado, la segunda parte fue otro partido. El Córdoba empezó a atacar y la hinchada a venirse arriba. El delirio llegó a falta de siete minutos, cuando Patiño voló para conectar un gran centro de Dubarbier. El balón besó la red y la esquina de blanquiverdes se convirtió en una fiesta. "Pase lo que pase, ya somos campeones", lucía una pequeña pancarta, escrita a mano, en un folio.

De ahí al final, solo delirio. Como ya ocurriera en Chapín, todos los jugadores se congregaron en aquel rincón, agasajados por su público, que enfervorizaba. Los once jugadores juntaron sus manos y las elevaron al cielo de Huelva, hacia sus fieles. Estos no paraban de saltar, de cantar. "¡Volveremos, volveremos!". Hasta el presidente se unió a la fiesta. Como si fuera uno más, saltó al césped y vibró a la vera de su afición, mientras esta le cantaba: "¡Tú sí que vales!".

La noche ya caía y El Colombino estaba completamente vacío, casi apagado. Ya en los pasillos, camino de los vestuarios, los jugadores seguían escuchando de fondo el grito cordobés, que se dejó su estela durante los 230 kilómetros de carretera. Ya daba igual que el aire acondicionado estuviera estropeado.