Tenía razón Guardiola. "El equipo lleva mucha tralla", advirtió el técnico el viernes, horas antes del derbi. Y el partido le dio anoche la razón, porque ha llegado un momento en que el Barça ya no sabe dónde está. Ni contra quién juega. Ha ido de aquí para allá y su fútbol, antes fresco, lozano y, sobre todo, profundo ha perdido creatividad. Es lógico. En menos de un mes ha tenido delante suyo a Inter y Dinamo de Kiev (ganó los dos partidos decisivos para seguir en la Champions). Luego a Madrid, Xerez, Deportivo y ahora a Espanyol (también ha ganado los cuatro encuentros consecutivos), dejando allí por donde va un rastro demoledor. Pero sus piernas, obviamente, lo acusan.

Queda, sin embargo, el recuerdo de un récord que estableció ayer. Otro más. Encadenó 15 jornadas sin perder, como el Barça de Terry Venables en la temporada 1984-85 cuando logró 10 victorias y cinco empates (25 puntos de 30 posibles). El Barça de Guardiola es, sin embargo, mucho mejor, ya que ha sumado 12 victorias y tres empates. O sea, 39 puntos de 45 posibles. Una barbaridad, se mire como se mire. Juegue como los ángeles o juegue como anoche, con el cuerpo aún llegando de Kiev, castigado por tanto desgaste, y la cabeza ya en Abu Dabi, adonde hoy vuela para disputar esta semana el Mundial de clubs, el último desafío que le falta por conquistar en un año realmente increíble. E irrepetible.

Por todas esas razones, Guardiola era anoche un hombre feliz. "No podemos olvidar que llevamos mucha tralla. Venimos de donde venimos. Y vamos a donde vamos", recordó el técnico, orgulloso del comportamiento que tuvo su equipo.

Tanto como lo estuvo la afición azulgrana cuando Celia, la madre de Messi, le entregó el Balón de Oro a su hijo mientras el Camp Nou coreaba el nombre de su ídolo, emocionados como estaban todos. Madre, hijo y afición.