Y van ocho. Esas son las jornadas que el Córdoba suma sin conocer la victoria. Pero lo peor es que viendo cómo se están desarrollando los acontecimientos y lo que hacen los jugadores blanquiverdes sobre el campo, no se ve a corto plazo que la cosa vaya a tener solución.

Se pueda jugar bien, mal o regular. Pero lo que no se saba es a qué juega el Córdoba. Al menos ayer, jugó sin velocidad, sin bandas, sin centro del campo y sin remate. Por eso no es de extrañar que de nuevo empatase, aunque tal vez lo más normal sería que no hubiese sumado. Sobre todo porque el Getafe se dio cuenta muy tarde la vulnerabilidad blanquiverde y cuando decidió arriesgar un poco apenas quedaba tiempo y lo acabó pagando.

PRIMERA PARTE DE ESPANTO

Los primeros cuarenta y cinco minutos son para tirarlos directamente a la papelera. No se puede guardar un espectáculo que es un insulto para el fútbol. Ni unos ni otros hicieron algo para que al menos distrajese a los espectadores.

En lo que respecta al Córdoba, todo su juego lo basaba en dar pelotazos sin control e intentar quitarse el balón de encima lo más rápidamente posible. El miedo a fallar se apoderó de los hombres de Castro Santos y no aparecía ese hombre que asumiera responsabilidades y llevara la manija del equipo.

Además, los blanquiverdes jugaban andando. No había velocidad alguna y de eso sacaba provecho el Getafe, que parecía conformarse con no salir derrotado y no arriesgaba en ninguna acción.

Un remate de Luis López que despejó Jáuregi y un remate de cabeza alto de Fleurquin fue todo lo que hicieron los dos equipos en ataque. Un pobre bagaje que dice a las claras por donde andaba siempre el balón: por el centro del campo.

Castro Santos, en vista de las bajas que está soportando, volvió a apostar por la pareja Francisco-Fleurquin, y una vez más quedó claro que los dos no pueden jugar juntos. Cuando quitó al primero y sacó a Montenegro al campo, el juego se volvió más fluido y tenía más sentido.

Buscando las bandas, especialmente la derecha, el Córdoba logró meter al Getafe en su campo en el segundo tiempo. Los blanquiverdes se apoyaban más, buscaban el balón menos temerosos y comenzaban a hacer algunas cosas que no se habían atrevido en la primera mitad, aunque siguieran sin crear claras ocasiones.