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90 AÑOS DEL ASESINATO DEL POETA

Cuando Lorca todavía era Federico y Buñuel era solo Luis: los años que unieron al poeta y al cineasta para siempre

Noventa años después del asesinato del poeta, su amistad con Luis Buñuel descubre la historia de dos jóvenes que se admiraron, se enfrentaron y siempre encontraron el camino de vuelta

Federico García Lorca: 90 años del fusilamiento del poeta cuyo cuerpo nunca apareció

Sara Fernández García / PI STUDIO

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Lucía Máñez

Zaragoza

"Mataron a Federico / cuando la luz asomaba. / El pelotón de verdugos / no osó mirarle la cara. / Todos cerraron los ojos; / rezaron: ¡ni Dios te salva! / Muerto cayó Federico / —sangre en la frente y plomo en las entrañas— / … Que fue en Granada el crimen / sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada". Antonio Machado escribió estos versos en octubre de 1936. Apenas dos meses antes, Federico García Lorca había sido asesinado por los sublevados en algún punto entre Víznar y Alfacar. Tenía 38 años.

Este mes de agosto (diversos documentos y fuentes sitúan su muerte entre el 17 y el 19 de agosto) se cumplen 90 años de aquel crimen. Pese al poco tiempo que tuvo, Lorca dejó una huella imborrable en la literatura y en el arte del siglo XX, pero también en quienes tuvieron la suerte de coincidir con él en vida. Uno de ellos fue el aragonés Luis Buñuel, que conoció al poeta en la Residencia de Estudiantes de Madrid y encontró en él a uno de sus grandes amigos de juventud.

Casi medio siglo después de su asesinato, Buñuel todavía regresaba a una misma imagen: Federico camino a la muerte. En sus memorias, 'Mi último suspiro', publicadas en 1982, escribió: "Federico sentía un gran miedo al sufrimiento y a la muerte. Puedo imaginar lo que sintió, en plena noche, en el camión que lo conducía hacia el olivar en que iban a matarlo. Pienso con frecuencia en ese momento".

García Lorca posando feliz ante Luis Buñuel.

García Lorca posando feliz ante Luis Buñuel. / Archivo

Pero para entender de dónde nace ese recuerdo hay que viajar hasta la primavera de 1919. Buñuel llevaba ya dos años en la Residencia de Estudiantes cuando Lorca llegó por primera vez al centro. Es muy posible que fuese durante aquella visita cuando se cruzaron por primera vez dos jóvenes que, en ese momento, poco tenían que ver el uno con el otro.

Sus orígenes ya marcaban algunas diferencias. "Lorca creció en una familia que daba muchísima importancia a la cultura y estaba vinculada, además, a la Institución Libre de Enseñanza. Buñuel venía de un mundo muy distinto. La suya era una de las familias más ricas de Aragón, pero no existía esa misma tradición cultural", señala Agustín Sánchez Vidal, autor de 'Buñuel, Lorca, Dalí. El enigma sin fin' y catedrático de la Universidad de Zaragoza.

Tampoco en el carácter parecían tener demasiado en común. Pero quizá fuese precisamente ahí, en todo aquello que los separaba, donde encontraron una forma de entenderse. Así lo explicaría años después el propio Buñuel: "Nuestra amistad, que fue profunda, data de nuestro primer encuentro. A pesar de que el contraste no podía ser mayor, entre el aragonés tosco y el andaluz refinado —o quizá a causa de este mismo contraste—, casi siempre andábamos juntos".

Aun así, el granadino no tardó en despertar la admiración de Buñuel. En sus memorias lo describe como "brillante, simpático, con evidente propensión a la elegancia, la corbata impecable, la mirada oscura y brillante. Federico tenía un atractivo, un magnetismo al que nadie podía resistirse".

Cuando Federico y Luis se conocieron, Lorca y Buñuel todavía no existían. Uno estudiaba Derecho, sentía una especial inclinación por la música y apenas había publicado 'Impresiones y paisajes', su primer libro; el otro cursaba Ingeniería Agrónoma, era un apasionado del deporte y empezaba a asomarse, poco a poco, al mundo del cine. Eran tan solo dos muchachos con toda una vida todavía por decidir. "La Residencia estaba diseñada para interacciones como la suya. Ese es el gran milagro. Hoy pensaríamos que las cartas ya estaban dadas, pero para ambos, en aquel momento, todo estaba abierto", apunta Sánchez Vidal.

En aquellas conversaciones comenzó a forjarse una de las amistades más sorprendentes de la historia del arte. Buñuel cuenta que, por las noches, los dos solían caminar hasta un descampado detrás de la Residencia, se sentaban en la hierba y Federico le recitaba sus versos. Fue también él quien acercó al aragonés a la poesía y le enseñó a mirar con otros ojos a los grandes autores españoles: "Con su trato, fui transformándome poco a poco ante un mundo nuevo que él iba revelándome día tras día".

Hasta 1925, cuando Buñuel se marchó a París para estudiar cine, los dos fueron prácticamente inseparables. Sus habitaciones estaban, "como quien dice, a tres pasos", apunta Sánchez Vidal. Pero entre tanta complicidad también empezaban a abrirse algunas grietas.

Una de las primeras surgió cuando, según evoca Buñuel, "un tal Martín Domínguez" comenzó a propagar el rumor de que Lorca era homosexual. La posibilidad desagradó profundamente al aragonés, que no tardó en abordar a su amigo para preguntárselo sin rodeos: "—¿Es verdad que eres maricón? / Él se levanta, herido en lo más vivo, y me dice: / —Tú y yo hemos terminado". Aquel episodio dejó al descubierto una de las distancias que más pesarían entre ambos: la homofobia de Buñuel.

Una historia escrita a tres: Lorca, Buñuel y Dalí

Llegados a este punto, la amistad de Federico y Luis no puede seguir contándose sin entender que, casi desde el principio, fue una historia escrita a tres. El tercer nombre era Salvador Dalí. Con el tiempo, la relación entre Lorca y el pintor se hizo cada vez más estrecha, mientras Buñuel, ya desde París, contemplaba aquel acercamiento con unos celos que no pudo esconder en sus cartas a Pepín Bello: "Federico me revienta de un modo increíble. Yo que creía que el novio (Dalí) es un putrefacto pero veo que lo más contrario es aún más. Es su terrible esteticismo el que lo ha apartado de nosotros".

Federico García Lorca de la mano de Dalí y José Bello.

Federico García Lorca de la mano de Dalí y Pepín Bello. / Archivo

A las diferencias personales pronto se sumaron también las creativas. En julio de 1928 se publicó el 'Romancero gitano' y, con él, la fama. Con aquel libro, Lorca dejó de ser una promesa y pasó a ocupar el centro de la escena literaria. Pero mientras el granadino conquistaba al gran público con sus versos, Buñuel y Dalí tenían la mirada puesta en otro lugar.

Europa llevaba años inmersa en una revolución artística. Las vanguardias habían hecho de la ruptura con el pasado su razón de ser y el surrealismo llevó ese espíritu hasta sus últimas consecuencias. André Breton había sentado las bases de esta corriente con la publicación de su primer manifiesto en 1924, y sus ideas no tardaron en calar en Buñuel y Dalí. De ahí el choque con el 'Romancero gitano'. A pesar de estar repleto de imágenes profundamente surrealistas, ambos vieron en el poemario de su amigo una mirada hacia el pasado. Mientras ellos buscaban algo nuevo, Lorca había vuelto la vista hacia un mundo que ambos asociaban con la tradición: el de los gitanos.

El verdadero punto de fricción llegó en 1929, poco antes de que Lorca pusiera rumbo a Nueva York. Ese mismo año, Buñuel estrenó 'Un perro andaluz', una de las obras más emblemáticas del cine surrealista, para la que contó con la colaboración de Salvador Dalí.

Para Federico aquel título tenía un significado mucho más personal. En los años de la Residencia, "perros andaluces" era como Buñuel y Dalí llamaban a sus amigos del sur. Lorca era solo uno de ellos, pero las críticas al 'Romancero gitano' todavía eran muy recientes y la conexión parecía inevitable: ¿era él aquel 'perro andaluz'? Buñuel siempre lo negó.

A pesar de todo, parece que siempre encontraron el camino de vuelta. "En 1934 nos habíamos reconciliado totalmente", recordaría Buñuel. Por entonces, según cuenta el cineasta, los dos se subían a su Ford para "relajarnos durante unas horas en la soledad gótica del Paular". Pero fuera de aquel coche, España empezaba a ser otra. La guerra estaba cada vez más cerca. En sus memorias, el aragonés relata que, apenas cuatro días antes del levantamiento militar, intentó evitar que Federico regresara a Granada. No lo consiguió.

'El crimen fue en Granada': el 18 de agosto de 1936

Se refugió en casa de la familia del poeta Luis Rosales. La vinculación de esta con la Falange le hacía pensar que allí estaría a salvo. Pero una noche la luna salió y no hubo poesía capaz de cambiar el final. El 16 de agosto fue detenido. Apenas dos días después, Lorca fue fusilado en algún punto entre Víznar y Alfacar. Tenía 38 años.

Desde entonces, sus obras son también su vida y su sepultura. Pero en el recuerdo de Buñuel quedó algo que iba mucho más allá: "De todos los seres vivos que he conocido, Federico es el primero. No hablo ni de su teatro ni de su poesía, hablo de él. La obra maestra era él".

Mucho se ha especulado sobre las razones por las que mataron a Lorca. Quizá detrás de todas ellas hubiera algo tan sencillo y tan terrible a la vez como el miedo: el miedo a la inteligencia, a la libertad, a todo aquel que fuese capaz de mirar el mundo de otra manera.

Federico nunca tuvo una tumba, pero quizá descanse todavía en la que Machado levantó para él con sus palabras: "Labrad, amigos, / de piedra y sueño en el Alhambra, / un túmulo al poeta, / sobre una fuente donde llore el agua, / y eternamente diga: / el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!".

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Fuente: El Periódico de Aragón

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