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Al margen

La Luz

El filme de Fernando Franco vuelve a confirmarse como uno de los nombres más a tener en cuenta dentro del panorama cinematográfico andaluz

Una escena de 'La Luz'.

Una escena de 'La Luz'. / Academia de cine

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Manuel Ángel Jiménez

Manuel Ángel Jiménez

Después de trabajar como responsable en el montaje de excelentes producciones para otros cineastas de renombre, Fernando Franco ha sabido hacerse una muy interesante filmografía dirigiendo títulos como La herida (2013), Morir (2007), La consagración de la primavera (2022) o Subsuelo (2025). Y ahora, con La luz, vuelve a confirmarse como uno de los nombres más a tener en cuenta dentro del panorama cinematográfico andaluz. Asume riesgos y consigue salir indemne en cada uno de los proyectos que acomete.

Bien escrita y dirigida, la cinta cuenta con una inquietante y sobresaliente interpretación de Alberto San Juan, en el papel de un sacerdote con un pasado oscuro que aflora justo cuando arranca esta historia de crimen y castigo. El protagonista ejerce como párroco en una tierra lejana -su familia es del sur, su madre está encarnada con sabiduría por María Galiana-, donde ha sido desplazado después de los hechos que sus superiores intentan ocultar para que acaben prescribiendo. Sin embargo, este hombre no soporta que todo siga como si nada, y opta por enfrentarse a quienes tratan de impedir que lo haga público. Carga con el gran peso de la culpa, después de intentar pedir perdón a quienes fueron sus víctimas (interpretados por Nacho Sánchez y Pablo Gómez-Pando), ante la imposibilidad de compensar y reparar el daño después de destrozarles la vida, no sabrá cómo seguir adelante con su existencia, buscando la luz al final del túnel en que se halla.

El filme, que pone en primer plano el silencio -tanto en la forma, pues predomina sobre los diálogos, como en el fondo, ya que son hechos silenciados los que disparan la acción del relato -, opta por la contención a todos los niveles; en planificación, puesta en imagen y en las interpretaciones de los actores que conforman el reparto, tanto los citados como esos otros que representan el cinismo de los altos representantes de la institución eclesiástica, a los que ponen voz y cara, con la maestría que les caracteriza, Miguel Rellán y Pedro Casablanc, aunque encontramos una excepción en el personaje de Ramón Barea.

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