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El legado de Roma en Córdoba

La historia de la Córdoba romana: la fundación y evolución de ‘Corduba’

Son muchas las razones que explican la elección primitiva del lugar que ocupó la antigua ciudad, desde el control del río y de los únicos vados que permitían cruzarlo, a su posición geoestratégica

Vista aérea del casco histórico de Córdoba, con el río Guadalquivir y el Puente Romano en primer plano.

Vista aérea del casco histórico de Córdoba, con el río Guadalquivir y el Puente Romano en primer plano. / MANUEL MURILLO

Desiderio Vaquerizo

Desiderio Vaquerizo

Córdoba

Son muchas las razones que explican la elección primitiva del lugar que ocupó la antigua ‘Corduba’; por encima de todas ellas el control del río y de los únicos vados que permitían cruzarlo en época de estiaje en muchos kilómetros a la redonda (1). También, su condición de nudo de comunicaciones, su posición geoestratégica en el Valle Medio del río, a caballo entre Sierra y Campiña, y sus posibilidades extraordinarias para la redistribución de productos -cereales, aceite de oliva y recursos minerales (cobre, oro, plata, plomo y cinabrio)-. Favorecía así la conexión entre regiones vecinas y el trasiego de todo tipo de gentes, que hicieron de ella muy pronto lo que en términos geográficos se denomina una ‘ciudad puente’, llave entre dos mundos; un carácter reforzado siglos más tarde por la construcción material de un puente real (históricamente no sabemos de su existencia hasta la época romana), que se erige en su principal razón de ser.

La ‘Corduba’ prerromana

Los primeros indicios de poblamiento en la ‘Corduba’ prerromana, que ocupó la zona tradicionalmente conocida como Colina de los Quemados o Fontanar de Cabanos (hoy Parque Cruz Conde) toman la forma material de cabañas, cuyos constructores se dedicaban a la explotación de la vega del río y también a la elaboración rudimentaria -a partir del magnífico cobre de la sierra vecina- de manufacturas metálicas que compaginaban con otras en piedra y cerámica a mano. Eran casas sencillas, de plantas circulares u ovaladas con frecuencia excavadas en el propio terreno, buscando la tibieza de la tierra, aunque ello supusiera incrementar la humedad, construidas con zócalos bajos de cantos de río y alzados de barro y ramaje, usado también para los techos.

Los historiadores no se ponen de acuerdo con la fecha exacta de la fundación romana.

En su interior, con suelos casi siempre de tierra batida, los días transcurrían en torno al fuego, y allí mismo, o en estructuras anejas, tenían lugar las labores metalúrgicas, para las que se servían de crisoles y moldes en cerámica y piedra. Una forma de vida que se mantendría inalterable en sus aspectos básicos, hasta que mil o mil quinientos años después, la Península pasa al primer plano de interés para los pueblos de Oriente -principalmente griegos y fenicios-, necesitados de plata para sus manufacturas de lujo y su supervivencia. Dan con ello carta de naturaleza a unos contactos que debían remontarse cuando menos a varios siglos atrás, como parecen demostrar las cerámicas grecomicénicas recuperadas en el yacimiento de El Llanete de los Moros de Montoro (antigua ‘Epora’), remontables cronológicamente a los años finales del siglo XIII aC. Fenicios y griegos históricos comienzan a frecuentar el sur peninsular desde el menos el siglo VIII aC, dando origen a un acusado proceso de orientalización que se manifiesta durante los dos siglos siguientes en multitud de aspectos culturales, entre ellos un nuevo concepto de urbanismo basado en casas y edificios de plantas angulares, al tiempo que la metalurgia conoce un desarrollo sin precedentes, se introducen el torno del alfarero y cultivos tan importantes como la vid y el olivo, y en general la sociedad indígena experimenta un fuerte impacto que cambia muchas de sus señas de identidad, acentuando de manera considerable el proceso de integración por parte de la Península Ibérica en la órbita mediterránea, sobre todo de sus mitades oriental y meridional.

Son siglos en los que ‘Corduba’ -que ya recibe este nombre- experimenta un desarrollo sin precedentes, consolidando enseguida su estratégico e importante papel como centro redistribuidor de los metales serranos, que encuentran en su puerto fluvial la vía más rápida, cómoda y barata de salida hasta el mar, y de aquí a Oriente. Su población aumenta de forma considerable, enriquecida con la llegada de gentes de muy diversa procedencia, base de un cosmopolitismo que la integra de lleno entre los grandes centros urbanos del I milenio antes de Cristo, abiertos, cultos y tolerantes. Una prosperidad que la ciudad consigue mantener en esencia a pesar de los grandes vaivenes políticos que protagonizan de manera sucesiva los diversos imperios mediterráneos, hasta que, a finales del siglo III aC, el desembarco de Roma en Ampurias para ayudar a los griegos frente a los cartagineses marcará el inicio de una nueva época.

La fundación romana

Los historiadores no se ponen de acuerdo con relación a la fecha exacta de la fundación romana, que se atribuye de forma mayoritaria al general republicano, tres veces cónsul, Cayo Claudio Marcelo, en 169 o 152 aC (preferentemente en la primera de las dos fechas); sin que falte quien quiera complicar las cosas llevándola a tiempos de Augusto, al identificar al Claudio Marcelo que cita Estrabón con el joven yerno del nuevo Princeps. Lo que sí está claro es que las legiones romanas debieron llegar a la vieja ‘Corduba’ turdetana muy pronto, iniciando un primer proceso de relaciones nada traumáticas, que posiblemente llevó aparejada la rendición sin condiciones de la ciudad (‘deditio’) y la construcción en sus aledaños de un campamento militar; lugar de invernada y plataforma desde la que organizar la conquista del territorio al norte del río (‘Baetis’). Roma reconoció así, desde primera hora, el enorme valor geoestratégico de la ciudad, como sede del gobernador y capital oficiosa de la ‘provincia Hispania Ulterior’.

Imagen de la muralla localizada en el Centro de Recepción de Visitantes.

Imagen de la muralla localizada en el Centro de Recepción de Visitantes. / CÓRDOBA

ientras tanto, la vieja ‘Corduba’, que durante más de un siglo convive con los nuevos pobladores, acaba cediendo a favor de la nueva fundación romana ya en la primera mitad del siglo I aC. Finalizaba así su andadura el asentamiento prerromano, que había mantenido su actividad durante casi tres mil años; pero sus gentes, como sus claves culturales, no desaparecen del todo. Lo confirma la alusión a un ‘vicus Hispanus’ en un epígrafe del siglo I dC, quizá un barrio indígena o simple evocación del carácter autóctono más o menos remoto de sus habitantes. Conviene recordar que la ‘Corduba’ prerromana se convierte de alguna manera en copartícipe de la nueva ‘urbs romano-republicana’, asentada sobre una colina cercana, unos 800 metros al nordeste del primitivo asentamiento, pues según indica Estrabón (’Geografía’, III, 2,1), Markellos habría integrado entre los fundadores de la nueva ciudad a un grupo de indígenas selectos.

Con una superficie en torno a las 48 hectáreas (una de las más grandes entre las fundaciones coloniales romanas y latinas contemporáneas) la ‘Corduba’ republicana se dota desde su origen de un perímetro amurallado que mantendrá inalterable hasta que en tiempos de Augusto decida ampliar su espacio urbano. Hablamos en concreto de una línea de fortificación de casi 10 metros de grosor, conformada por un muro exterior de entre 2 y 3 metros construido con sillería almohadillada a soga y tizón, y otro interior de entre 0,60 y 1,20 metros de ancho levantado con materiales diversos, que seguramente son testimonio de numerosas reparaciones. Entre ambos, un ‘agger’ en terraplén de unos 6 metros de anchura, conformado por cantos rodados, arcilla y mampostería. Este perímetro amurallado rondaría los 2.650 metros e iría reforzado mediante torres y un foso de hasta 18 metros de ancho por 4 metros de profundidad en la parte septentrional, orográficamente más expuesta. De acuerdo con los parámetros habituales en este tipo de fundaciones, la nueva ciudad se organizó conforme a una red urbana de orientación cardinal a partir de los consabidos ‘cardo’ y ‘decumanus’ máximos -ejes que en el caso cordubense mantendrían su carácter definidor del trazado urbano hasta la caída del Imperio-, estructurada en ‘insulae’ más o menos bien contrastadas de dos actus cuadrados (70 x 70 m). Serían inicialmente calles terrizas y sin cloacas, por las que aún discurrirían las aguas sucias en superficie. No conocemos bien su arquitectura pública y religiosa, pero la existencia de un foro, corazón de la vida pública, y el papel de ‘Corduba’ como sede provincial del pretor, que desde ella impartía justicia al tiempo que resolvía cuestiones de gobierno, es confirmada por las fuentes escritas al menos desde los años 113/112 aC (la estratigrafía arqueológica parece adelantar su construcción a mediados del siglo II aC). A lo largo del siglo I aC la nueva ciudad protagoniza numerosos avatares históricos. Destaca entre ellos el final de las Guerras Civiles entre César y los hijos de Pompeyo, que terminan con la batalla de ‘Munda’ y deciden a las puertas de Córdoba el futuro de Roma. ‘Corduba’, alineada con el bando pompeyano, desempeña un papel de primer orden en el conflicto, cuya descripción nos ha llegado de forma detallada (y quizás también algo tendenciosa) a través del ‘Bellum Hispaniense’, de autoría incierta, atribuida incluso al propio César. Al final, es derrotada y destruida y 22.000 de sus habitantes pasados por las armas de los cesarianos como castigo a su veleidad.

A lo largo del siglo I aC la nueva ciudad protagoniza numerosos avatares históricos.

Nobleza y monumentalidad: la nueva Colonia Patricia

A pesar de su derrota y de la destrucción que ella implica, ‘Corduba’ resurge enseguida de sus cenizas y, consciente del nuevo orden político que representaba el inicio del principado de Augusto, no duda en dejar de lado los ideales republicanos que la habían llevado a la perdición para pasar a una posición política contraria, en la que la glorificación del ‘Princeps’ se convierte en su más importante razón de ser. Moviliza para ello a sus más importantes prohombres y, reuniendo todos sus recursos, levanta una nueva ciudad, en la que el mármol y la monumentalidad de edificios y estatuas son sólo la manifestación exterior de su profundo cambio ideológico. Elevada ya al rango de ‘Colonia Patricia’, entra de lleno en la órbita de Roma, ejerciendo su nueva condición casi con el fanatismo del converso. Es capital oficial de la provincia ‘Baetica’; cabeza judicial y administrativa, y principal garante del culto al emperador, que se convierte en una de sus más importantes señas de identidad y a cuyo servicio se ponen las más excelsas y primorosas de sus nuevas expresiones urbanas, marcadas por su romanidad. A lo largo del siglo I de nuestra era la ciudad se dota de los elementos más significativos que conformaban la vida urbana romana, convirtiéndolos además en elemento de autoafirmación, propaganda y prestigio de cara al resto del Imperio. A la monumentalización del viejo foro, situado como es preceptivo en el centro de la ciudad, coincidiendo con el cruce entre las dos vías urbanas más importantes: el ‘cardo maximus’ y el ‘decumanus maximus’, se añade la construcción de una segunda plaza aledaña, presidida por un templo colosal de mármol consagrado al culto del emperador, muy posiblemente a ‘Divo Augusto’. Su decoración incluía, además de los ‘summi viri’ -o representaciones de los varones más ilustres de la ciudad-, dos grupos escultóricos elaborados a partir de los prototipos colocados por Augusto en su foro homónimo de Roma como parte de su programa de legitimación dinástica: Rómulo con las armas y los trofeos arrebatados a los enemigos de la ciudad (‘spolia opima’), y Eneas huyendo de Troya con su padre Anquises al hombro, que porta los Penates, y su hijo Ascanio de la mano. El primero de los grupos se ha perdido, pero del segundo nos ha quedado la imponente figura de Eneas, recuperado en la calle Morería, hoy en el Museo Arqueológico y Etnológico de Córdoba. Era un sector urbano de fuerte componente público, muy frecuentado por gentes de toda la provincia -también de otras zonas del Imperio- que encontraban allí los edificios civiles más importantes y podían a la vez cumplir con sus deberes religiosos; y que, sobre todo, podían utilizar como lugar de proyección social, dejando clara muestra con ello de su fidelidad y amor al emperador, sus donaciones a la ciudad o, sencillamente, de su poder económico. En el entorno, varios arcos de triunfo, los más importantes edificios oficiales y también otros privados: la basílica, donde se administraba justicia; numerosas ‘tabernae’, en las que se despachaba pan, aceite, vino, ‘garum’, especias e incluso comidas preparadas; el ‘macellum’, que con numerosos puestos de venta distribuidos bajo soportales en torno a una fuente en forma de templete monumental era protagonista a diario de las escenas más animadas de la vida patriciense; varias termas de capacidad diversa, a las que se acudía casi a diario, si no por el placer estricto del baño, sí por el de la conversación sosegada con los amigos; letrinas y viviendas: desde grandes edificios o ‘insulae’ que en varios pisos aglutinaban a numerosos ciudadanos sin muchas comodidades, hasta grandes mansiones o ‘domus’ de carácter unifamiliar, que con sus habitaciones distribuidas en torno a uno, dos o más patios, representaban la quintaesencia del modo de vivir romano, incorporando con frecuencia lujos como el agua corriente o ‘balneum’ privado. Sirva como ejemplo paradigmático la ‘domus’ conservada bajo el hotel Hospes Palacio del Bailío.

Unas catas arqueológicas descubrieron parte del acueducto romano de Valdepuentes.

Unas catas arqueológicas descubrieron parte del acueducto romano de Valdepuentes. / A.J. GONZALEZ

Tal consumo de agua era posible porque desde los primeros tiempos de Augusto la ciudad comenzó a dotarse de varios acueductos que captaban el líquido elemento en algunos de los manantiales y arroyos más caudalosos y renombrados de la sierra, atendiendo en todo momento a los preceptos recogidos por la tradición y los tratados más renombrados de ingeniería. Su aportación diaria aseguraba a los ciudadanos no sólo el consumo privado; también, el abastecimiento permanente de las termas y del centenar de fuentes públicas que menudeaban por las calles del núcleo urbano. Muchas de ellas, como los propios acueductos, fueron obra de evergetas locales que destinaban parte de sus recursos a servicios y abastecimientos urbanos, garantizando así su recuerdo en la memoria colectiva y, de paso, asegurándose con ello el desempeño de cargos públicos. En estas fuentes, cuyos rebosaderos vertían a la magnífica red de cloacas que servían al saneamiento de la urbe, abrevaban bestias y animales, y de ellas se tomaba también el agua para casas y negocios cercanos. Esto favorecía un trasiego permanente de mujeres y aguadores por calles y plazas que añadían vida y bullicio al centro de la ciudad, atiborrado a diario de gentes que trajinaban de un lugar a otro afanados en sus afanes personales, entre los cuales no sería el menos importante asegurarse el sustento.

Por el este, entraba en ‘Corduba’ la ‘via Augusta’, muy pronto enmarcada por monumentos funerarios de diversa riqueza y morfología que buscaban siempre las zonas más transitadas, pero también el matiz de prestigio que añadía a cualquier construcción de estas características una vía con el valor de enlazar directamente con Roma. Presidían sus últimos metros de trazado, así como todo el sector oriental de la ciudad, una enorme plaza porticada, otra intermedia y el circo, que conformaban, unidos, una forma más de expresión ideológica; una gran escenografía que evocaba en alguna medida modelos romanos y que estuvo de nuevo directamente relacionada con el culto oficial de Estado, en este caso quizás con la provincia ‘Baetica’ como protagonista, deseosa como su propia capital de manifestar sumisión y fidelidad a la idea imperial.

Por el este, entraba en ‘Corduba’ la ‘via Augusta’, muy pronto enmarcada por monumentos.

La plaza en cuestión fue construida sobre la antigua muralla -desmontada a tal efecto-, superponiéndose a ella con el fin de aprovechar la altura que le proporcionaba la colina, y acogía en su parte central un monumental templo hexástilo del que nos han llegado los fundamentos, hoy convertidos en la principal seña de identidad de la Córdoba romana, a pesar de que muchos cordobeses ignoran que su columnata más visible fue construida en realidad a mediados del siglo XX en hormigón armado.

Era esta plaza un lugar de gran importancia en la ciudad, que aglutinaba algunas de sus más importantes funciones administrativas como capital de la provincia, y que servía a la vez como escenario de ceremonias civiles y religiosas, supuesta su especial localización. Daba vista, de hecho, a un amplísimo sector de territorio al este, convertido de esta manera plaza, templo, circo y vía en la primera imagen urbana, magnífica, que captaba cualquier viajero muchas millas antes de llegar a la ciudad desde Roma. De ahí que se adornara con numerosas estatuas de emperadores, miembros diversos de las familias imperiales, divinidades y personajes locales, en mármol y bronce, y algunas ecuestres. En cuanto al circo, de dimensiones muy considerables, flanqueaba la vía por su lado oriental, en sentido este-oeste, y acogía carreras de caballos, ‘bigae’ y ‘quadrigae’. Se ubicó bajo la actual manzana de San Pablo, desde Capitulares hasta el Realejo, y conoció su periodo de máximo esplendor entre los siglos I y II dC. Luego, por razones que desconocemos sería desmontado, si bien la epigrafía testimonia que a principios del siglo III aún se celebraban espectáculos ecuestres en algún lugar de la ciudad.

Restos del acueducto romano localizado en la estación de autobuses de Córdoba.

Restos del acueducto romano localizado en la estación de autobuses de Córdoba. / CÓRDOBA

Un poco más al sur, aprovechando la ladera meridional de la misma colina que sirvió como asiento a la primera ‘Corduba’ republicana, después integrada en la ciudad tras su ampliación hasta el río, se construyó el teatro, levantado en piedra local con revestimientos de mármoles importados de las mejores canteras del Imperio, y rodeado de toda una serie de plazas escalonadas que, además de contribuir a la distribución ordenada del público, permitieron una adaptación de ecos helenísticos a la difícil topografía de la zona elegida.

Una obra digna de la ciudad, que implicó el desarrollo de un proyecto arquitectónico, programático y monumental sin precedentes hasta la fecha, plasmado en un edificio majestuoso cuya construcción fue sufragada por algunas de las familias más importantes del momento -caso de los ‘Persinii’, los ‘Marii’ o los propios ‘Annaei’, con miembros tan famosos como Séneca padre, Séneca hijo o el sobrino de éste, Lucano-, deseosos de mostrar públicamente su adscripción a la idea imperial, al tiempo que buscaban su máxima proyección social. Su decoración arquitectónica, que incorporaba mascarones de la comedia y de la tragedia, así como escenas mitológicas en las que las musas desempeñaron un papel protagonista, presidía numerosos actos sociales y religiosos, además de las representaciones teatrales propiamente dichas.

El circo, de dimensiones muy considerables, se ubicó bajo la actual manzana de San Pablo.

Al oeste del teatro se abría otra gran plaza pública desde la que muchos de los asistentes accederían a aquél, situado en sus inmediaciones. Pavimentada de grandes losas de pudinga y porticada como muchas otras calles, que trataban con ello de combatir el calor imperante en la ciudad durante buena parte del año, acogía varios templos —entre los cuales uno dedicado a Diana; quizás también a Apolo— y servía a la vez como espacio de representación y lucimiento para la sociedad local, especialmente los ‘flamines’ provinciales, que ejercían como sacerdotes de culto al emperador con categoría provincial. El propio Augusto debió contar con un santuario (‘sacellum’) en sus inmediaciones, quizás con carácter dinástico; y de su entorno proceden sendos retratos de Livia y Tiberio, además de otras muchas representaciones escultóricas. Se trataba de un espacio muy frecuentado, no sólo por su cercanía al edificio teatral o al casi inmediato mercado central (‘macellum’), sino también, y fundamentalmente, por atravesarlo el ‘cardo maximus’ antes de dirigirse al puente sobre el ‘Baetis’, por el que abandonaba la ciudad la ‘via Augusta’ en dirección a ‘Gades’. A partir de él, casas de diferente categoría, talleres, negocios diversos y algunos almacenes (‘horrea’) anunciaban ya las actividades comerciales que encontraban salida en el río.

En efecto, al sur del casco urbano, el puente, por fin de piedra y casi mil pies de longitud —unos 300 metros—, se había consolidado como el más importante elemento definidor de la ciudad, que podía incluso bloquearla en determinados momentos, de verse afectado por una de las frecuentes y terribles riadas de la época (el Guadalquivir es río de torrentera, y entonces no existía la cuenca de regulación). A él daba salida una puerta monumental de triple vano construida en ‘opus quadratum’, y en sus proximidades se localizaban embarcaderos y el puerto fluvial, en torno al cual abría otra plaza que seguramente aglutinó almacenes, sedes de diversas ‘societates’ comerciales, ‘tabernae’ del más variado tipo e incluso, por qué no, algún lupanar. Todo ello haría que la vida bulliera, animadas calles y plazas, templos y mercados, tabernas y prostíbulos, por individuos que en ocasiones vestirían atuendos estrafalarios, hablarían en lenguas desconocidas para las gentes locales y manifestarían costumbres personales, civiles y religiosas que hubieran llamado la atención de no tratarse de un puerto tan renombrado, rico y transitado; por lo que a pesar de todo nadie debía sentirse extranjero.

El Puente Romano, en primer plano, ha sufrido distintos procesos de reconstrucción a lo largo de los siglos

El Puente Romano, en primer plano, ha sufrido distintos procesos de reconstrucción a lo largo de los siglos / CÓRDOBA

Contribuirían a esta sensación el carácter afable y acogedor de la ciudad y de sus habitantes y el intenso movimiento que debió animar las noches y los días en los barrios cercanos al río. Un espacio urbano de marcado carácter comercial, fundamentado de manera prioritaria en la exportación del mineral, el aceite y el vino béticos, pero también en la importación de productos como el mármol -muy demandado para la monumentalización de la ciudad-, las telas o las manufacturas de lujo, muy requeridas por las grandes damas, que rivalizaban en imitar las tendencias llegadas desde Roma.

Todo ello alcanzaría su máxima expresión en los días consagrados a los espectáculos públicos, entre los cuales destacaron bajo todo punto de vista los celebrados en el anfiteatro local, ubicado en el suburbio occidental de la ciudad pero unido con el corazón mismo de la urbe a través del decumano máximo, que ejercería de vía ceremonial. Los restos del gran edificio no serían descubiertos hasta el año 2002, bajo la antigua facultad de Veterinaria, hoy Rectorado de la universidad cordobesa. A los efectos escenográficos y emocionales -también, de orgullo y excitación- que su contemplación suscitaría entre habitantes y visitantes de Córdoba, que lo sabían sede de ejecuciones y espectáculos sangrientos, los mejores sin duda que se ofrecían en la provincia, sumaría un claro mensaje de adhesión a Roma y al régimen del Principado, que las elites cordobesas, orgullosas del carácter capitalino de su ciudad y de su poder de clase, proclamaron al resto del Imperio mediante su construcción y magnificencia.

El anfiteatro patriciense, que pertenecería al modelo antiguo, de base maciza, y acogería no menos de 30.000 espectadores, presenta en su eje principal orientación noroeste-sureste y fue construido mediante sillería local de gran módulo, reforzada en diversos puntos con ornamentación marmórea de la que apenas se conservan vestigios. Su cronología inicial remite a época julio-claudia avanzada —en torno a mediados del siglo I dC, con Claudio o primeros años de Nerón—, y se prolongaría, con el edificio en plenitud de uso, hasta comienzos del siglo IV dC, poco después de que sufriera martirio en su arena Acisclo, origen de un acendrado culto cristiano vigente aún hoy en la ciudad.

Restos del anfiteatro de ‘Corduba’, que fue descubierto en 2003 durante las catas arqueológicas realizadas en el actual Rectorado de la Universidad de Córdoba.

Restos del anfiteatro de ‘Corduba’, que fue descubierto en 2003 durante las catas arqueológicas realizadas en el actual Rectorado de la Universidad de Córdoba. / CÓRDOBA

Como consecuencia, es muy posible que, al igual que ocurrió en Tarraco, acabara siendo cristianizado, si bien este aspecto no ha podido aún ser demostrado de manera fehaciente, a pesar de que existen indicios más que razonables de ello. En efecto, el anfiteatro fue en Roma el espacio público destinado a las luchas entre gladiadores (‘munera gladiatoria’), entre fieras y entre hombres y fieras (‘venationes’), y a las naumaquias (evocación de batallas navales). También acogió el ajusticiamiento (‘damnatio’) de los condenados a muerte (‘noxii’) y el sacrificio de tantos mártires cristianos como perdieron la vida en sus arenas, con independencia de que lo hicieran tras ser arrojados a las fieras (‘ad bestias’) o víctimas de cualquier otro tipo de tortura; algo que se intensificaría entre los siglos III y IV dC, pero que venía ocurriendo ya desde tiempos de Nerón.

En el de Córdoba sólo nos han quedado testimonios epigráficos de la primera modalidad: los ‘munera gladiatoria’ o luchas entre gladiadores, que debieron enfrentar en su arena a algunas de las figuras más aclamadas de la época. Aquí se conserva la colección de epitafios gladiatorios más importante de ‘Hispania’ y una de las más abultadas del Imperio, lo que confirma que en ‘Colonia Patricia’ no hubo problema de dinero a la hora de contratar a los mejores gladiadores y que lucharan a muerte (no de exhibición). Uno de ellos, además, fue entrenador de retiarios -los gladiadores que luchaban con red y tridente-, un argumento más para que algunos autores supongan la ubicación en la ciudad del ‘ludus gladiatorius Hispanus’, es decir la única escuela de gladiadores de titularidad imperial que hubo en Hispania. Finalmente, tan monumentales como los espacios destinados a los vivos fueron en ‘Colonia Patricia’ los destinados a los muertos. Córdoba fue, en este sentido, una de las pocas ciudades de la Bética que siguió fielmente las tendencias marcadas por la ‘Urbs’, utilizando también necrópolis y ‘monumenta’ para poner en evidencia el elevado poder adquisitivo de sus elites y su fidelidad a la causa de Roma; una romanidad que se mantiene intacta hasta que la descomposición progresiva del Imperio y el triunfo del Cristianismo marcan cambios determinantes en la sociedad, la ideología y los modos de vida.

(1) Los datos que se exponen son un extracto del libro Córdoba romana. La ciudad oculta (Almuzara, 2024), al que remito para analizar el tema con mayor profundidad y detalle. Son, además, un avance de la exposición homónima que el ayuntamiento prepara para noviembre de este mismo año.

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