El legado de Roma en Córdoba
La aportación de Córdoba a la cultura romana: los grandes personajes romanos cordobeses
Tres miembros de la familia de los Anneos, Séneca el Viejo, Séneca y Lucano, gozan de reconocimiento universal, mientras que los Annios tuvieron lazos familiares con Trajano y Adriano

Séneca, tras abrirse las venas, en un cuadro de Manuel Domínguez Sánchez de 1871. / CÓRDOBA

Córdoba se enorgullece de las monumentales columnas del templo de la calle Claudio Marcelo, de sus estatuas de togados en las plazas, de los capiteles y columnas que yacen en la ciudad como si se tratara de un privilegiado museo al aire libre. Esas piedras regias lucen la gloria de otros tiempos, pero la importancia de Córdoba no radica solo en el aspecto arqueológico y material, sino en el extraordinario impulso de vida y cultura que protagonizaron sus personajes romanos cordobeses y que hacen de Córdoba una ciudad de talla universal en la historia del pensamiento.
Ese impulso cultural es el que llevó a Séneca el Viejo, padre de nuestro famoso filósofo, a viajar a Roma a culminar sus estudios superiores y llegar a convertirse en uno de los más influyentes intelectuales de su tiempo. Escribió sobre oratoria e historia romanas y, en su único libro conservado, nos habla de los primeros poetas cordobeses, de intelectuales como Estatorio Víctor o políticos como Clodio Turrino, ciudadano romano de origen indígena, de ilustre linaje y envidiable fortuna, que alojaba en su casa de Córdoba a su amigo Julio César cuando este visitaba la ciudad.
Séneca el viejo llegó a convertirse en uno de los intelectuales más influyentes de su tiempo.
Gracias a una cita de Séneca el Viejo conocemos el nombre del primer poeta de Córdoba, Sextilio Ena, que componía espléndidos versos en los mejores foros literarios de la Roma del siglo I aC. Y además nos cita un verso suyo, el único que se conserva de quien es el poeta cordobés más antiguo del que tenemos noticia, pronunciado en la Roma del año 15 aC: «Deflendus Cicero est Latiaeque silentia linguae». Es un precioso epitafio en el que lamenta la muerte del gran orador Cicerón y que Carlos Clementson traduce así: «Lloremos porque murió Cicerón, / dejando muda a la lengua latina».
No hubo ninguna otra ciudad en el mundo romano que tuviera esta precocidad intelectual ni ejerciera tal influencia cultural. Sin ir más lejos, en la generación inmediatamente posterior al gran Cicerón, el mejor orador de todos los tiempos, brilló con luz propia el más afamado orador de su época: el cordobés Porcio Latrón, amigo íntimo de Séneca el Viejo, que daba clases de oratoria en Roma. Latrón nació y murió en Córdoba (55 aC- 3 aC) y fue el más destacado profesor de retórica de su tiempo, el más célebre y admirado. Era frecuente que los personajes poderosos del principado como Agripa o incluso el propio emperador Octavio Augusto acudieran a escuchar sus declamaciones. Su mejor amigo fue el también cordobés Séneca el Viejo, aquel que fue padre de Séneca el filósofo y abuelo de Lucano, pero que tiene méritos que van mucho más allá de haber sido el patriarca de la familia ‘annea’. Sin duda, merece un lugar de honor entre los intelectuales de la antigua Roma. Escribió una obra sobre retórica donde muestra el ambiente cultural y político de su tiempo. Cita a más de ciento veinte intelectuales o políticos importantes a los que llegó a tratar y con quienes trabó amistad. Tuvo amigos influyentes en el mundo de la política, entre ellos Valerio Mesala y Asinio Polión. Escribió también una historia de Roma centrada en la época de las guerras civiles y que llegaba hasta la muerte de Tiberio, una obra que, desgraciadamente, hoy no se conserva.
La figura de Séneca
Séneca el Viejo era un hombre de gran talento y excelentes facultades. Además de sus libros de historia, escribió sobre retórica, de eso trata la única obra suya que nos ha legado el pasado. En ella, encontramos comentarios donde juzga los discursos retóricos pronunciados por los más afamados oradores de su tiempo. Eso ha llevado a algunos investigadores británicos a decir de él que fue el primer crítico literario de la historia.

Conjunto escultórico en Córdoba que representa a Séneca instruyendo al emperador romano Nerón, obra del artista zamorano Eduardo Barrón. / CÓRDOBA
Fue un intelectual de primera magnitud y testigo excepcional de los convulsos años del final de la República y principios del Imperio; ese enorme caudal de experiencia y conocimiento que atesoró el padre enriquecerá la formación del hijo, Séneca el filósofo, un hombre que llegó a lo más alto de la cultura y la política en la generación siguiente, y cuya influencia en el pensamiento universal se observa en cada uno de los siglos de estos dos últimos milenios, en aspectos cruciales de la intelectualidad y el poder, a través de las religiones, como el cristianismo, de la filosofía estoica, de la Ilustración y del mundo actual, cuya autoridad en el ámbito de la psicología no deja de tener vigor. La portentosa figura de Séneca oscureció involuntariamente a la de otros intelectuales cordobeses, como su padre, pero todos trabajaron juntos para colocar a sus representantes en puestos importantes de la cultura, la economía, la política y el poder. Gracias al enorme esfuerzo de esta y de otras familias cordobesas, el propio Lucio Anneo Séneca llegará a la cumbre del saber y la política de su tiempo, en el siglo I dC. De ahí la importancia de Séneca el Viejo. Sus tres hijos fueron hombres de gran poder y prestigio. Su nieto Lucano fue uno de los mejores poetas épicos de la literatura universal. Pero lo más asombroso de todo no es que llegaran desde la lejana Córdoba a dirigir las riendas del Imperio en Roma, sino la forma en que lo hicieron. La familia de los Anneos llegó a la cima del poder, no a través de intrigas o violencia, como era costumbre en la Roma de principios del imperio, sino por el poder de la intelectualidad y la cultura. El éxito de los Anneos fue evidente, arrollador, y habría sido más duradero de no ser por la furibunda tiranía de Nerón, que padecieron hasta sus últimas consecuencias.
Dicen que Nerón, que quería ser artista aclamado, danzarín, declamador y poeta, envidiaba a Lucano de forma enfermiza. No es de extrañar. El vate cordobés, nieto de Séneca el Viejo y sobrino de Séneca el filósofo, es uno de los mejores poetas de la literatura universal. Escribió una obra inmortal llamada ‘Farsalia’, modelo y fuente de la literatura posterior, cuyos versos han sido siempre símbolo de libertad. Pocos saben, no ya que fue un poeta inspirador del romanticismo inglés o alemán, sino que sus versos se encuentran en momentos y lugares emblemáticos de la historia, como el monumento en memoria a los soldados confederados en el cementerio de Arlington (Washington) o en las condecoraciones que Francia otorgó en el siglo XVIII a los héroes de la toma de la Bastilla. Y sobre su tío Séneca, nuestro cordobés más universal, han corrido ríos de tinta. Todos los años se publican libros, artículos, reseñas, ‘podcasts’ y comentarios sobre él. Pocos personajes de la historia han tenido tanta repercusión como Séneca en órdenes tan diferentes de la vida y la cultura. Fue un genial filósofo, escritor, intelectual y político.
Dicen que Nerón envidiaba a Lucano, autor de la obra 'farsalia', de forma enfermiza.
Como filósofo, representa el estoicismo, una corriente de pensamiento que está en la base del mejor racionalismo, la moderna psicología y los principios básicos de la declaración de derechos humanos. Como político siempre defendió la ética en el poder. Sus ideas se prolongarán a través de los siglos y cambiarán el destino de Roma y, por ende, el de toda la humanidad. Como escritor inventó un estilo nuevo, que luego Montaigne convertirá en el ensayo moderno. Fue un poeta excepcional, escritor de tragedias que inspiraron a Shakespeare, del que sus contemporáneos decían que copiaba las obras de Séneca a la luz de un candil, es decir, por la noche, para que nadie lo viera. El verso blanco inglés del teatro isabelino es una adaptación del senario yámbico, composición métrica en que Séneca escribía sus tragedias.
Como todo personaje importante, Lucio Anneo Séneca también goza de una leyenda negra que forjaron sus enemigos y cuyos ecos perduran hasta hoy. Lo acusaron de pactar con el poder, pero el sabio cordobés siempre fue un luchador infatigable a favor de una Roma más justa y un mundo gobernado por la ética y la razón. Los emperadores autócratas de aquel siglo I quisieron quitarlo de en medio. Calígula, Claudio y Nerón lo condenaron a muerte, uno a uno, en sus sucesivos reinados y por el mismo motivo. Se libró de las dos primeras condenas: la de Calígula por su enfermedad y la de Claudio porque se le conmutó por el destierro, pero no pudo esquivar la última, la de Nerón, ese monstruo que aparece retratado en el cine y la literatura tocando la lira mientras Roma ardía. Descubierta la conjuración de Pisón en el año 65, se le presentó la ocasión propicia de acusar al propio Séneca de participar en ella. Aunque era inocente ordenó que se quitara la vida. Séneca y su sobrino Lucano fueron condenados ese mismo año, al siguiente los dos hermanos de Séneca. Nerón acabó con todos los Anneos, pero Séneca aportó un legado de libertad e inteligencia que ha dado frutos eternos e iluminado la historia de la humanidad. Su pensamiento es quizá el patrimonio inmaterial más importante que Córdoba aportó al mundo romano y universal. Casi toda la producción literaria de Séneca y Lucano tiene un trasfondo político evidente. Aparecen en sus obras criterios generales de política y buen gobierno, normas guiadas por la equidad, la clemencia y la justicia. Con estas virtudes, Séneca elogia y pone como modelo a un emperador que posea las cualidades necesarias de todo buen estadista, que no son otras que las de la moral estoica: prudencia, sabiduría, moderación y clemencia. Su obra es una defensa de los valores éticos del individuo para afrontar con dignidad el día a día de su vida, pero también son los mismos valores éticos necesarios para un gobernante, que busque el bien común, el progreso de sus pueblos y el respeto a las libertades. Bonitas palabras, sin duda, pero no olvidemos que Séneca no es solo un teórico, también es un hombre de acción y un exiliado de conciencia, apartado de Roma y condenado varias veces a muerte por disentir del gobierno absoluto de los césares. Si se observa esa vida con detenimiento, casa bien poco con un político condescendiente con el poder y sí encaja mucho más con alguien que siempre defendió valientemente sus convicciones. La importancia de la cultura y el poder de la Córdoba romana no se basaba solo en una familia tan prodigiosa como la de los Anneos, el único caso en que tres miembros de tres generaciones distintas alcanzaron fama universal en el mundo de la literatura y el pensamiento: Séneca el Viejo primero, su hijo Séneca el filósofo en la generación siguiente y, por último, el nieto del primero y sobrino del segundo Marco Anneo Lucano.

Estatua de Séneca, inaugurada en 1965, junto a la Puerta de Almodóvar, obra de Amadeo Ruiz Olmos. / CÓRDOBA
Los Annios
Además de los Anneos hubo otras familias que ejercieron su poder intelectual y económico en la Roma de después de Nerón. Una de ellas fue la de los cordobeses Annios, que provenían de la actual localidad de Espejo, llamada ‘Ucubi’ en época de los romanos. Esta fue una familia clave para apoyar a Trajano en el momento de convertirse en emperador. Sabemos que este fue el primer emperador que no provenía de Roma, ni siquiera de Italia, sino de Hispania y que era de linaje indígena. Pues bien, la familia cordobesa de los Annios estuvo ligada y emparentada con los emperadores Trajano y Adriano, que no tuvieron hijos. Alguien importante tuvo que aportar emperadores a la dinastía: ese fue Marco Annio Vero, cordobés de Espejo, abuelo de Marco Aurelio. El padre de este Annio Vero, del mismo nombre, fue senador en época de Nerón y desempeñó el cargo de pretor en Roma, aproximadamente por el mismo tiempo en que el padre de Trajano comienza su exitosa carrera política. Es muy posible que ambos ejercieran estos cargos por influencia de Séneca, entonces en la cumbre del poder y sin cuyo beneplácito nada se hacía.
Annio Vero el Viejo actuó de un modo muy similar al de Séneca el Viejo un siglo atrás. El procedimiento era común a todas estas familias béticas. Annio Vero dedicó su vida y sus esfuerzos a colocar a su hijo en los mejores puestos de Roma. Y el destino quiso recompensar los esfuerzos del viejo Annio. Ese hijo suyo en quien él puso todo su esfuerzo, Marco Annio Vero, del mismo nombre que él, fue mucho más influyente que el padre. Jugó un papel fundamental en la política de su época. Se convirtió en uno de los máximos responsables de la entronización del primer emperador bético: Trajano. Fue también el abuelo del emperador Marco Aurelio. Fue cuñado del emperador Adriano y, por si todo esto fuera poco, fue él quien aportó hijos y nietos al imperio, porque Trajano y Adriano no tuvieron descendencia. La importancia de aquel viejo Annio de Córdoba fue clave para el éxito de la dinastía antonina, la del siglo II, el Siglo de Oro del Imperio.
El abuelo de Marco Aurelio era uno de los hombres de confianza de aquellos excelentes emperadores Trajano y Adriano, bético como ellos, venido de la lejana Córdoba y persona muy influyente en esta nueva dinastía. Fue elegido cónsul en tres ocasiones, algo que en esta época solo suele ocurrir con los miembros de la familia imperial. Contrajo matrimonio con Rupilia Faustina, que era sobrina nieta de Trajano y que, además, era hermanastra de la emperatriz Vibia Sabina, la esposa de Adriano. Este matrimonio no solo lo convierte en cuñado del próximo emperador, sino que lo une a la otra sobrina nieta de Trajano, de modo que sus hijos llevarán en sus venas la sangre imperial de quien, en puridad, fue el iniciador de la dinastía, Trajano. Y así, aquel viejo cordobés de Espejo aportará la descendencia para que perdure aquella excelente estirpe de origen bético que gobernó casi durante todo el siglo II. Fue una dinastía hispana, pues todos sus miembros eran de origen bético, tenían relación o estaban casados o emparentados con la estirpe hispana. Unos habían nacido en la Bética, actual Andalucía, como Trajano y Adriano; otros habían sido elegidos, como fue el caso de Antonino Pío, por ser marido de una cordobesa de Espejo, como fue Faustina la Mayor, y otros nacieron en Roma, como Marco Aurelio, pero eran oriundos de ‘Hispania’.

Monedas con la efigie de Nerón. / CÓRDOBA
Como vemos, Córdoba y los cordobeses tuvieron mucha importancia en la consolidación de aquella excelente dinastía, la mejor y más longeva de Roma. El fruto excelente de todo ello será un emperador que no ha nacido en Córdoba, pero es oriundo de ella: Marco Aurelio, considerado modelo de gobernante, quizás el mejor que ha tenido la historia.
La figura de Marco Aurelio es una de las más atractivas y asombrosas de la historia. Fue emperador y filósofo, un hombre sabio y moderado que nunca se dejó seducir por el poder. Lo ejerció como una obligación moral, porque había sido educado desde niño para ello, pero a él le gustaba la filosofía y el estudio. Cuando a los 39 años se vio obligado a dirigir el Imperio romano, a la muerte de su tío y padre adoptivo Antonino Pío, Marco Aurelio lo hizo con sabiduría y ecuanimidad, con el estoicismo como modelo de virtud y dirección ética. Por primera vez en la historia se vio hecho realidad el sueño de Platón: un filósofo en el poder. Pero la concepción de filósofo en el poder no tiene nada que ver con un erudito, estudioso o triple graduado que ejerce el mando. Para el mundo antiguo, la filosofía es un modo de vida marcado por la coherencia y la ética, cuando Platón habla de un filósofo en el poder, se refiere a la conjunción de ética y política, de honestidad y poder. Eso ya no es tan fácil.
Pero Marco Aurelio cumplió, a pesar de que la suerte le fue esquiva. Fue un filósofo y sabio de verdad, un hombre bueno, de ética irreprochable, de virtudes excelentes, honrado y honesto hasta el paroxismo. Y lo hizo entre adversidades difíciles de afrontar: la guerra, la peste, la muerte de los suyos, las crisis o la traición. A pesar de su temperamento pacífico, tuvo que hacer frente a numerosas guerras. Y muchos lo critican por esto, sin saber que él no inició ningún conflicto bélico. Apenas hubo heredado el trono, le atacó sin previo aviso el Imperio persa, el más potente y peligroso de sus enemigos, poderoso y organizado.
La familia cordobesa de los Annios estuvo emparentada con Trajano y Adriano.
Cruzan la frontera por sorpresa, conquistan la Siria romana y amenazan seriamente la supervivencia del Imperio. Ha sido un ataque a traición y con una fuerza inusitada. Antes de que pueda reaccionar, le atacan los britanos, por un lado; los germanos por toda la línea del Rin y el Danubio. Marco se encuentra desbordado, con todos los enemigos de Roma golpeando al unísono, con una guerra en Asia y otra en Europa: envía a su hermano a luchar contra los persas, mientras él protege Roma de los germanos.
A pesar del ataque a traición, Marco Aurelio supo defenderse hasta restablecer la situación, poco a poco y con gran esfuerzo. Aunque a cualquiera podría haberle invadido el rencor, cuando vencía a los caudillos bárbaros no se vengaba de ellos, sino que intentaba infundirles el aprecio por la cultura y la civilización. ¡Qué diferente a la visión que algunos tienen de la Roma conquistadora e imperialista! Marco Aurelio nunca abandonó su ética ni sus inquietudes pedagógicas. En sus ‘Meditaciones’ escribió una frase que deberíamos poner en práctica todos los padres y profesores de hoy: «edúcalos o súfrelos».
Cuando vuelven las legiones de Persia victoriosas, se traen el microbio de la peste, que entró por primera vez en Europa y mató a millones de personas, una catástrofe demográfica y económica de la que el Imperio romano no volvería a reponerse. Marco Aurelio se puso de nuevo a trabajar, construyó hospitales y movilizó a médicos, entre ellos al famoso Galeno, que hizo una descripción muy profesional de la enfermedad. Hoy usamos el nombre de este médico personal de la familia imperial de Marco Aurelio como sinónimo de médico: un galeno. Es una muestra de la excelencia intelectual que promovió aquel emperador filósofo en su tiempo, pues la guerra no le impidió apostar por el estado de bienestar y la cultura. Marco Aurelio asistió, en el terreno personal, a la muerte de sus familiares más queridos: su madre, su hermano Lucio, sus tíos, de los que heredó el imperio, y más de la mitad de sus trece hijos. Por si las pérdidas familiares no fuesen suficientes, en el año 175, en plena lucha contra los germanos, Avidio Casio, el general que venció a los persas, se le rebela. Es un golpe de Estado en toda regla. Se difunde el rumor de que lo ha hecho con el consentimiento de su esposa, a la que acusan de infiel. Marco se dirigió a Siria a enfrentarse con Avidio Casio, quería convencerlo del error y perdonarlo. No fue necesario. Los propios soldados del general rebelde lo matan antes de que llegue el emperador y le ofrecen a Marco Aurelio un pergamino con el nombre de los conjurados. Marco Aurelio lamenta no haber llegado a tiempo de salvar la vida de Avidio Casio ni haber tenido ocasión de perdonarlo. Arroja al fuego el pergamino con los nombres de los traidores porque no quiere venganzas. Prohíbe cualquier ajuste de cuentas. Pacifica el oriente y se vuelve a Germania a asegurar las fronteras.

El Imperio Romano (en color rojo) y sus estados vasallos (en color rosa) en el año 117 dC, durante el reinado del emperador Trajano. / CÓRDOBA
Marco Aurelio continuó con su trabajo hasta el fin de sus días. Murió en el frente del Danubio, cumpliendo con su deber, escribiendo por las noches un diario destinado a sí mismo y que se ha conservado con el nombre de ‘Meditaciones’. Es el libro de filosofía más vendido de la historia. Sus palabras siguen siendo una guía de vida para los hombres de hoy. El legado intelectual de aquel emperador oriundo de Córdoba y admirador de Séneca es el mayor patrimonio que Roma y Córdoba pueden ofrecer al mundo. Personajes como Séneca y Marco Aurelio dejaron, antes de la caída de Roma, un destello inmortal de cultura, ética, sabiduría y buen gobierno, que puede y debe inspirar a los hombres de hoy y del futuro.
Somos depositarios de un patrimonio cultural que debemos valorar y defender. Fuera de nuestras fronteras se aprecia la importancia de la Córdoba romana y de sus intelectuales, pero dentro de nuestra ciudad ese patrimonio inmaterial es en gran parte desconocido, parcialmente conocido o se encuentra plagado de tópicos. No hemos puesto el acento en aquello que hace de nuestra ciudad algo especial dentro de la Historia de Roma, no conocemos realmente la importancia de nuestra urbe dentro del orbe romano ni la tremenda relevancia de algunas figuras que nacieron en Córdoba o procedían de ella. Sabemos de la importancia de Séneca, pero no sabemos por qué los mayores especialistas del extranjero lo llaman educador de Europa. Muchos no conocen sus tres condenas a muerte ni los motivos que las ocasionaron, desconocemos el tremendo liderazgo que ha ejercido a lo largo de la historia y el que sigue ejerciendo en los terrenos de la ética, política, filosofía e intelectualidad contemporáneas. El dominio de uno mismo y la necesidad de la ética en el poder fueron las claves didácticas de Lucio Anneo Séneca, pero al filósofo cordobés le tocó en suerte un alumno perverso, Nerón, y, pese a sus esfuerzos, no pudo sacar nada bueno de aquel tirano que ha pasado a la historia universal, o al menos a la del cine, por haber tocado la lira mientras incendiaba Roma o por haber echado a los cristianos a los leones para culparlos del devastador incendio.
Aun así, el fracaso de Séneca como maestro es relativo: fracasó en su tiempo, pero sembró la semilla de una forma distinta de concebir el poder, de la necesidad de ejercerlo desde la justicia y la ética estoicas. Sus lecciones no fructificaron en tiempos de Nerón, pero sí lo harán durante el reinado de los emperadores estoicos del siglo II, en especial Marco Aurelio. El emperador filósofo tomará el relevo. Y ya no habrá un sabio a la sombra del poder, como fue Séneca, con las contradicciones y servidumbres que ello implica, sino que, en Marco Aurelio, encontramos a un sabio instalado en el poder, uno que siempre procuró ejercer el mando sin traicionar nunca sus convicciones éticas.
Osio y el Imperio cristiano
El cordobés Osio se convierte en obispo titular de la Diócesis de Córdoba en el año 294. Sufrió las últimas persecuciones contra el cristianismo de manos de los emperadores Diocleciano y Maximiano. Fue uno de los principales exponentes del Concilio de Elvira, muy relevante en su tiempo y antecesor de los grandes concilios ecuménicos de la Iglesia. El obispo cordobés vivió una de las etapas más convulsas de la historia de Roma: una disgregación política, social y religiosa en la que surgen diferentes creencias que compiten con el cristianismo, como fueron el neoplatonismo pagano y las religiones mistéricas, de las que el mitraísmo era la más poderosa, pero ninguna de ellas se propagó con tanta fuerza como cristianismo. De todo esto fue consciente el emperador Constantino, que toma a Osio como consejero, legaliza la fe de Cristo e inicia una nueva vía que culminará con lo que se conoce como el Imperio cristiano.
Aun así, Osio no verá el triunfo completo del cristianismo. Muy pronto surge una doctrina que impide esa unión política y religiosa tan deseada. Se trata del arrianismo. Arrio, sacerdote de Alejandría, seguía a Jesús, pero negaba su divinidad. Osio entendió, desde el primer momento que, al negar la divinidad de Cristo, Arrio socavaba la piedra angular de esta nueva religión: si se niega la divinidad de Jesús, se acaba el cristianismo, pues es una religión basada precisamente en que Jesús es Dios.

Estatuas del cordobés Osio. / CÓRDOBA
Ese es el problema que atajó el obispo cordobés y con el que salvó la fe de Cristo. Lo hizo en el Concilio de Nicea (325), donde se discutió el asunto para restablecer la unidad religiosa. Osio dirigió este concilio y tuvo en él un papel crucial, arguyendo que Jesús es hijo de Dios, pero de la misma naturaleza o substancia que Dios. Para ello empleó una palabra griega ‘homousius’, derivada de la palabra sustancia (’ousia’), que se tradujo al latín como ‘consubstancialem’, es decir, consustancial o de la misma naturaleza. Arrio fue derrotado y se impuso el credo niceno ortodoxo como oficial, pero los arrianos no se rindieron y esperaron el momento de atacar a Osio. Se introdujeron en la corte, lograron los ceses de los obispos ortodoxos y se acercaron al sucesor de Constantino, Constancio, que quiso obligarlo a retractarse; sabemos que Osio se negó tajantemente, por la respuesta que dio al emperador en una carta cuyo texto se conserva y que merece leer por la contundencia y valentía que mostró el obispo cordobés:
«Osio al Emperador Constancio, salud en el Señor». Yo confesé a Cristo ya una vez, cuando tu abuelo Maximiano suscitó la persecución. Y si tú me persiguieres, pronto estoy a padecerlo todo, antes que derramar sangre inocente y ser traidor a la verdad… Deja de hacer violencia a nadie ni por cartas ni por medio de enviados. Restituye a sus sedes a los desterrados, no sea que quejándote tú de la fuerza, la ejerciten ellos con mayor encono… Desiste pues y acuérdate de que eres mortal. Teme el día del juicio y consérvate puro para él. No te entrometas en asuntos eclesiásticos, ni nos mandes sobre puntos en que debes ser instruido por nosotros. A ti te dio Dios el Imperio, a nosotros nos confió la Iglesia. Y así como el que te robase el Imperio se opondría a la ordenación divina, asimismo guárdate tú de incurrir en el horrendo crimen de adjudicarte lo que toca a la Iglesia. Escrito está, «dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Por tanto, ni a nosotros nos es lícito tener el imperio en la tierra, ni tú, ¡oh rey!, tienes potestad en las cosas sagradas». (Carta de Osio al emperador Constancio).
Al obispo cordobés que salvó la Iglesia no le tembló el pulso a la hora poner en su sitio al poder, ni siquiera cuando escribe esta carta, sobrepasados los cien años de edad. Murió pronto, pero su aportación al cristianismo fue inmortal.
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