Entrevista | Olga Pericet Bailaora y coreógrafa
Olga Pericet: «El baile en Córdoba es más introspectivo»
La bailaora reflexiona sobre sus raíces, el legado de los maestros y los retos del flamenco quince años después de su declaración como Patrimonio de la Humanidad

Olga Pericet, durante la presentación en el Festial de la Guitarra de Córdoba 2025. / CÓRDOBA
VÍCTOR RECUERDA
Con motivo del decimoquinto aniversario de la declaración del flamenco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, Olga Pericet conversa sobre sus raíces cordobesas, la herencia de los grandes maestros y la evolución de su lenguaje escénico. Entre recuerdos, procesos creativos y crítica constructiva, la bailaora reivindica la tradición como impulso hacia el futuro.
-¿Qué recuerdos de sus inicios -lugares, sonidos, maestros- siente todavía cuando baila hoy día?
Sigo teniendo muy presentes las calles que he recorrido para tener la base que hoy tengo. Empecé en Córdoba con tres maestras cordobesas: Inmaculada Luque, Concha Calero y Maica Moyano. Esa etapa es la base de todo. No se me olvida mi barrio, El Arcángel, ni el tramo que siempre hacía para ir al colegio y a las escuelas de danza y baile, tanto en el barrio de San Pedro como en La Corredera.
-¿Cómo vivió el 16 de noviembre de 2010, cuando la Unesco declaró el flamenco Patrimonio de la Humanidad? ¿Qué cambió, o no para usted desde aquel día?
Lo viví como un triunfo, porque fue algo muy grande. A veces no nos damos cuenta de lo que tenemos aquí en nuestro país, y ese reconocimiento mundial fue valiosísimo. El flamenco ya está conectado globalmente; hay comunidades enteras donde está instalado desde hace años. Es un arte muy grande y ese día fue realmente importante. Ahora bien, en principio, siempre que se reconoce algo, cambia algo… pero, por desgracia, no veo demasiado cambio y seguimos necesitando lo mismo: que los gobiernos y la cultura de este país nos apoyen más. Se arropó mucho con palabras, pero en la práctica ha habido poco cambio, bastante desconocimiento y poco apoyo. Aun así, el reconocimiento ya es un paso.
-Ha pasado por compañías y colaboraciones decisivas antes de articular ‘su voz propia’ ¿qué le enseñó esa etapa que aún aplique?
No lo veo como una etapa cerrada, sino como un camino que continúa. Sigo con la misma ilusión y curiosidad por colaborar, eso me identifica. Me encanta trabajar con compañeros: ahora con Daniel Abreu; también con José Molina, Manuel Liñán, Marcos Flores… Nunca me canso. Cada colaboración te enseña, te saca de tu zona de confort y te hace evolucionar. Eso nunca hay que perderlo. Cuando eres más joven y trabajas en compañías, aprendes sobre todo a discernir: qué te gusta y qué no; qué caminos quieres seguir. Esa etapa me enseñó muchísimo sobre mí misma.
«Echo mucho de menos la conexión real entre la guitarra, el cante y el baile, una conexión más natural y orgánica»
-Ha estudiado con figuras como Matilde Coral o Manolo Marín; ¿qué legado le acompaña en su creación?
Me siento muy afortunada. Pertenezco a una generación que ha podido absorber de los grandes maestros, no solo del flamenco, sino también de la danza española y de nuestra tradición. He recibido formación tanto en el estilo flamenco como en la escuela bolera, y además mantengo el estilo de mi familia. Creo que hay un sello propio por localización, y Córdoba tiene el suyo. He tenido la suerte de formarme allí y después desarrollarme en Sevilla y Madrid. Ya esos maestros casi no están, igual que sucede en el folclore: queda muy poco de esa gran generación. Me siento con el compromiso de transmitir lo que aprendí, para que no se quede solo digitalizado. Lo importante es que siga vivo, que se pueda acceder a él de persona a persona. De eso se trata nuestro arte. Si no se transmite, se pierde el eco y la esencia de los artistas y de los maestros. Llega un momento en que también te conviertes en maestra y, a la vez, sigues siendo alumna. Eso es lo más bonito que puede pasarte.
-Decía que existe un estilo propio por zona, y que Córdoba tiene el suyo. ¿Cómo lo describiría?
Es una percepción personal, pero siento que en Córdoba el baile es más pausado, más elegante. A la hora de entender los cánones, tiene algo más introspectivo. Diría que hay una serenidad y una forma de colocarse que lo hace distinto, más hacia adentro. Es un estilo propio, muy característico.
-¿Cómo percibe hoy el ecosistema flamenco en Córdoba y Andalucía en comparación con otros focos como Madrid, París o Nueva York?
Me da pena ver que no hay un apoyo ni una visibilidad tan grande como debería. Córdoba, por su situación, debería ser un punto fuerte: es paso obligado dentro de Andalucía, y sin embargo se pasa de largo. Se apoya poco la visibilidad del flamenco como debería hacerse hoy. Veo más apoyo en grandes capitales y en otras provincias andaluzas. En Córdoba tenemos el Festival de la Guitarra y el Concurso Nacional de Flamenco, pero no están suficientemente visibilizados ni cuidados. Culturalmente, la ciudad se está quedando pequeña comparada con lo que ocurre fuera. Habría que cuidarlo más, apoyar más, atraer público y, aunque las peñas son fundamentales y su labor es crucial, hace falta más. Sin apoyo político y cultural, no se pueden emprender nuevas ideas.
-Su obra ‘La Leona’, es viaje al arquetipo animal y a la guitarra. ¿Cuál fue la semilla de ese proceso?
La semilla nació de una conferencia del filósofo y guitarrista Norberto Torres, afincado en Almería, en la que hablaba sobre la soledad del arte. Yo estaba como oyente y me fascinó. Él mencionó partituras antiguas y músicas olvidadas que estaban siendo redescubiertas, anónimas incluso, y que reflejaban los principios del flamenco. Todo giraba en torno a la guitarra, y la primera guitarra que se hizo fue ‘La Leona’. Me sedujo mucho la historia, el porqué del nombre, el arquetipo animal… Vi ahí un universo inmenso para crear. Fue un impulso, algo que me latió dentro, y desde ahí empecé a construir el espectáculo.
«Si el flamenco es Patrimonio de la Humanidad, debemos hacerlo crecer aún más, hacerlo conocido y vivido»
-Y su obra ‘La Materia’ le ha dado el Max 2024 a Mejor Coreografía (con Daniel Abreu). ¿Qué reconoce ese premio de su investigación y qué responsabilidad le añade?
Este premio me reconfortó mucho. Había recibido antes otros reconocimientos, pero este llegó en un momento muy especial de mi vida. Fue como una raíz que me sostuvo, una confirmación de que el camino tenía sentido. Me alegró que no fuera un premio individual, sino compartido. Trabajar con Daniel Abreu, un gran coreógrafo de danza contemporánea, ha sido un aprendizaje enorme. La unión entre la danza contemporánea y la flamenca no ha sido una mezcla forzada, sino un diálogo verdadero. Sin contaminarnos ni romper nuestras esencias, encontramos un lenguaje común que funciona, que comunica y que llega tanto a públicos flamencos como contemporáneos. Para mí, eso es un gol. Ahora estoy en una etapa en la que necesito ver otros cuerpos, transmitir lo que he aprendido. Como te decía antes, siento el compromiso de dar lo que sé. Justo ahora estoy coreografiando para el ballet de la Comunidad de Madrid, y me hace mucha ilusión. Ese premio no se queda ahí: abre más camino.
-Cante, baile, toque... ¿En qué punto siente que está el diálogo entre los tres en los escenarios actuales y qué le gustaría escuchar o ver más?
Echo mucho de menos la conexión real entre la guitarra, el cante y el baile, una conexión más natural y orgánica. Ahora todo está más medido, más digitalizado, y aunque eso aporta virtuosismo, se pierde una textura, una improvisación y una escucha auténticas. Esa comunicación libre entre los tres vértices es la esencia del flamenco. Me gustaría que hubiera menos encorsetamiento y más libertad para hablar y comunicar desde ahí.
-En escena alterna lo telúrico y lo depurado ¿Cómo gestiona ese «flamenco de opuestos» del que habla su propia biografía?
Me gusta moverme entre los opuestos, porque ahí aparecen los grises, y entre los grises la creación es inmensa. No me gusta estar en un extremo ni en otro: conozco ambos y voy de uno a otro. No tengo prejuicios; me interesa la amplitud, la libertad que te da poder habitar esos dos lugares. Al principio me lo criticaban, porque en mis espectáculos podían ver algo muy flamenco y luego algo aparentemente alejado del flamenco, pero para mí esa mezcla forma parte de mi lenguaje.
-Por cierto, ¿qué ve -y qué no ve- el público fuera de España cuando se acerca a su trabajo? ¿Qué clichés persisten y cómo los aborda?
No me gusta hablar de romper clichés, prefiero decir que me gusta dilatar fronteras. Busco la armonía entre lo oscuro y lo luminoso, entre lo flamenco y lo contemporáneo. El público internacional recibe muy bien mi trabajo; fuera de España hay menos prejuicios y se asiste a ver danza, sin necesidad de etiquetar tanto. Aquí a veces cuesta más, aunque cada vez hay más apertura gracias a la conexión global y a las redes. También influye lo que programan los festivales. Si se programa siempre en la misma línea, el público acaba acostumbrándose a eso y no ve otra cosa. Los programadores tienen mucha responsabilidad ahí. Cuanta más variedad haya, más se amplía la mirada.
-Hablando de tecnología, ¿cómo se relaciona con lo digital sin perder el pulso vivo del tablao y del teatro?
La música en vivo y la experiencia directa son insustituibles. Por mucho que veas grabaciones o archivos digitales, si no lo vives, no lo comprendes de verdad. Es como acompañar en el sentimiento sin haber pasado por ese dolor. Lo digital ayuda a conectar, a difundir, a conservar, pero también puede diluir la experiencia real. En el fondo, todo se conecta: la docencia, la interpretación, la creación. Pero si lo aprendido no se transmite de forma natural, de cuerpo a cuerpo, se pierde algo esencial. Trabajo mucho con nuevas generaciones, y me preocupa que se pierdan ciertos lenguajes. No quiero que se borren, sino que se amplíen. Si el flamenco es Patrimonio de la Humanidad, debemos hacerlo crecer aún más, hacerlo conocido y vivido.

Olga Pericet, durante un momento del montaje de su última coreografía. / CÓRDOBA
-Desde 2010 hasta 2025, ¿qué ha ganado y qué ha perdido el flamenco en escena y en los circuitos?
Echo de menos más variedad en las programaciones. Falta diversidad de líneas estéticas y de propuestas. Me preocupa que sigamos las tendencias o las modas y perdamos la raíz, lo que viene del pueblo, de la fiesta, de la emoción más genuina. Ahora todo es más visual y comercial. Entiendo que haya una parte de producto, pero el flamenco no puede convertirse en una lata que se repite. Hay que cuidarlo, mantener su autenticidad, porque es un arte vivo.
-Si tuviera que priorizar tres desafíos para los próximos años, ¿cuáles serían y por qué?
Primero, abrir más circuitos. No solo los espacios donde el flamenco ya está presente, sino nuevos teatros y espacios que lo acojan. Hace falta más apoyo a la cultura y a los artistas independientes, más visibilidad y más oportunidades. Segundo, necesitamos más profesionales que escriban y hablen del flamenco con conocimiento. Periodistas, críticos, investigadores que sepan de danza, que conozcan este arte. Hay mucha gente joven formándose, haciendo tesis maravillosas, pero sin espacio laboral. Es triste estrenar una obra, llenar el teatro y que no haya nadie que la documente o la escriba. Y tercero, crear más público. El flamenco no es solo teatro; es familia, casa, patio... Hay que llevarlo a todos los rincones, acercarlo a los jóvenes, a la gente que no lo conoce. Para eso se necesita voluntad y apoyo real, menos medallas y más compromiso económico y cultural.
En este decimoquinto aniversario de la declaración del flamenco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, le pido un mensaje doble: a la sociedad aficionada al flamenco y al sector profesional. Amarlo. Amarlo de verdad, con profundidad y con apoyo. Cuando se ama, se entrega todo. Ese sería mi mensaje para ambos: la sociedad y el sector.
-Imagino que tendrá sueños por cumplir. ¿Qué proyecto le gustaría materializar que aún no haya hecho?
No sé dónde me llevará la vida. Mi sueño es seguir luchando libremente, seguir moviéndome, ilusionándome y soñando. Ahora mismo quiero cerrar mi trilogía: tras ‘La Leona’ y ‘La Materia’… que llegue ‘El Tornavoz’. Este último título viene del nombre de un pequeño aplique que se coloca en la boca de la guitarra para hacer resonar los graves; me parece un símbolo precioso, un túnel del tiempo, una voz que sigue proyectándose. Me encantaría poder materializarlo… cuando llegue el momento.
-Por último, ¿cómo ve la situación actual del flamenco en Córdoba?
Me gustaría insistir en que se cuiden las grandes joyas que tenemos en Córdoba: el Concurso Nacional de Flamenco y el Festival de la Guitarra. Hay que revisarlos, apoyarlos y darles más visibilidad. También habría que reeducar al público cordobés: están muy bien las tapas, pero el teatro y el flamenco te dan algo que no te da ninguna otra cosa. Y eso solo puede vivirse en directo.
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