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Libro del flamenco

Flamenco en nombre de Córdoba

Fosforito y Vicente Amigo compusieron dos discos que son historia del arte jondo. El de Puente Genil presentó en 1975 ‘Misa Flamenca en Córdoba’ y amigo, ‘la ciudad de las ideas’ en 2000

Mercedes de Córdoba, en la Noche Blanca del Flamenco.

Mercedes de Córdoba, en la Noche Blanca del Flamenco. / CÓRDOBA

Córdoba

Cuando la primavera rompía las costuras del invierno, mi madre encalaba los troncos de los naranjos. Todavía la recuerdo vestida con el delantal sobre los pantalones, guantes hasta los codos, pañuelo y sombrero de paja, como si fuera a salir de mascarón por carnavales. En aquellas fechas, los jóvenes de mi pueblo saltaban las candelarias, regresaban las cigüeñas, pero rara vez convivían en una misma rama el azahar y las naranjas, justo lo contrario que ahora. Una tarde, mientras mi madre apagaba la cal viva, tomé los pétalos de una flor y supe que ella había sido germen del fruto. Luego deduje que la rama había sido madre del azahar. Y después que el tronco lo fue de la rama. Pero mis ojos no llegaron a ofrecerme respuesta al origen del origen del árbol.

Sólo en la infancia son sinónimas la ignorancia y la inocencia. El afán por matar la primera sin matar la segunda, me llevó a excavar el suelo hasta alumbrar sus raíces. Y sólo entonces pude entender que el árbol era un todo inescindible, desde su extremo más profundo en la tierra hasta el más elevado en el cielo, por donde corre la savia igual que la sangre por mis venas.

No obedece a la casualidad que los palos del flamenco se representen con la bellísima y certera metáfora de un árbol. Pobre de aquel que lo convierte en leña para diseccionarlo como un cadáver con la excusa de encontrar un pretendido origen a sus ramas. El árbol es vida. El flamenco es vida. Y cuando escuchamos una siguiriya crujir en cualquiera de las gargantas antiguas que la custodian, como decía Luis Rosales en ‘Esa angustia llamada Andalucía’, «la voz lo llena todo, se le ven las raíces».

El origen del flamenco vive en las vidas del pueblo que lo parió y lo seguirá pariendo. Cada vez que alguien intenta talar el árbol, en palabras de Félix Grande en su ‘Memoria del flamenco’, «el orgullo de los humillados sobrevive a la soberbia de los poderosos». Todas esas vidas resuenan en el quejío que nos abre el alma en canal. Y todas son origen. Desde la más remota hasta la que está por venir. Desde la cofia de la raíz hasta los estambres de las flores. Desde las músicas medievales hasta una soleá acompasada con bases electrónicas. Es cierto que poco se parecen entre sí, pero las dos beben de la misma savia del árbol flamenco que las contiene y simboliza.

Córdoba es flamenca desde antes de que existiera el tiempo. Porque es raíz y manantial. Porque es origen del origen.

Así pues, las raíces del flamenco también son flamenco como el manantial también es río. Mi admirado Ricardo Molina, en los ‘Misterios del arte flamenco’, nos invitaba a considerar “el arte flamenco desde el punto de vista de sus relaciones (históricas y actuales) como el hábitat andaluz en que nace y florece». No se puede ser universal sin ser de ninguna parte. Y el flamenco es universal porque arraiga en la memoria del pueblo andaluz y en el palimpsesto de culturas que lo forjaron. Reflexionaba Caballero Bonald en ‘Luces y sombras del flamenco’ que «la desarabización de Andalucía fue tenaz e implacable. Hay sobrados testimonios sobre los decretos de erradicación sistemática, no ya de los focos sociales que hubiesen podido escapar de la expulsión, sino de cualquier rastro cultural. Lo mismo podría argumentarse en el caso de los judíos. No es excesivo suponer que, al hilo de tan fanáticas ordenanzas cristianas, la supervivencia de ese embrión musical del que surgiría el flamenco atravesó por serios peligros. Pero no todo llegó a ser extirpado, sin embargo». Y tenía toda la razón. Trazas de aquellas melodías sobrevivieron en nuestros cantes igual que el aroma a claveles y jazmines de nuestros patios. Lo mismo ocurrió con muchas de las palabras con las que se nombraban. Y aunque entonces no era flamenco, lo sería. Y cuando por fin lo fue, siempre lo había sido.

Córdoba flamenca

Por eso Córdoba es flamenca desde antes de que existiera el tiempo. Porque es raíz y manantial. Porque es origen del origen. La melancolía que se respira en su medina judería y la nostalgia de aquella luz que fuimos, se quedaron prendidas en nuestros cantes hasta el extremo de contagiar de tristeza a sus alegrías. El flamenco de Córdoba es tan cordobés que no consiente la más mínima imperfección cuando se ejecuta, por la misma razón que no soporta un desconchón en la pared o una mota de polvo sobre la cómoda. El flamenco de Córdoba es tan cordobés que sólo admite la tiranía de una belleza sobria cuando el cantaor deja escapar por la boca su alma mestiza y milenaria. El flamenco de Córdoba es tan cordobés que prefiere el silencio de las santas cosas a la juerga por la juerga, sin compás y sin arte.

Córdoba juzga desde que amanece. El temor a la sentencia quizá explique por qué fueron tan pocos los que se atrevieron a dejar grabada para siempre una oda flamenca a Córdoba. No me refiero a compilaciones discográficas con algunos de nuestros artistas inolvidables, como ‘Cantaores de Córdoba’ (1989) o ‘Córdoba Flamenca’ (1999), donde han quedado verdaderas joyas para la historia. Tampoco a los extraordinarios testimonios sonoros que recogió nuestro admirado Alfredo Asensi en ‘Vivencias del Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba (1956-2004)’, documento excepcional que merece un altar en vísperas de su 70 aniversario. O de los muchos cantes aislados con referencias a la ciudad o a la provincia, interpretados de manera magistral por Luis de Córdoba, El Pele, Juanito Maravillas y tantos otros cantaores y guitarristas. Hablo de templos en vinilo que nacieron por y para Córdoba, levantados por profetas del flamenco capaces de desprender tanta luz que cegarían a cualquier necio que osara juzgarlos. Hablo de ‘A mi tierra, Córdoba’ (1982) de Fosforito, y ‘Ciudad de las ideas’ (2000) de Vicente Amigo.

‘Misa Flamenca en Córdoba’ es un disco de tal perfeccionismo y jondura que marcó el horizonte para las futuras grabaciones.

Recuerdos de la infancia

Buena parte de la banda sonora de mi infancia la guardaba mi padre en la guantera de su Seat 850. Entre sus numerosos casetes de flamenco, recuerdo aquella portada con el rostro sereno de Antonio Fernández Díaz, camisa blanca de cuellos enormes y chaqueta parda desabrochada, dando la espalda al escudo que Fernando III otorgó a Córdoba con la estampa original del alminar de la Mezquita. Eran tiempos de orgullo y de conciencia andaluza. Fosforito tuvo la intuición de poner la veleta donde soplaba el aire para componer un disco fundacional que reivindicaba el ser flamenco de Córdoba. Desde entonces, nadie se ha atrevido a elevar otro alminar a su altura.

Cierto que en 1975 publicó su ‘Misa Flamenca en Córdoba’, acompañado a la guitarra de Manolo Cano. Un disco de tal perfeccionismo y jondura que marcó el horizonte para las futuras grabaciones del género. Pero no se trata de un álbum dedicado a nuestras señas flamencas como lo fue ‘A mi tierra, Córdoba’, donde Fosforito enarboló la bandera de su matria flamenca, poniendo en valor nuestras modalidades con la precisión de un orfebre del cante.

En sus créditos, el maestro se confiesa ante su afición «de oro» con la misma humildad que ante una madre: «desde hace mucho tiempo (además de porque creo que tengo ese deber) he deseado aportar este pequeño granito al acervo cultural de Córdoba (...) en el empeño de agrupar parte de estos cantes que nos pertenecen… que están por ahí dispersos, algunos por olvidados».

Plaza de Las Tendillas, durante la Noche Blanca del Flamenco de 2025.

Plaza de Las Tendillas, durante la Noche Blanca del Flamenco de 2025. / CÓRDOBA

Con el toque de Enrique de Melchor y de Pedro Blanco, el disco se abre con «Son primos hermanos», una elegante composición de Fosforito donde se abrazan de cordobesas maneras la rosa y la alboreá. Continúa con «No me des explicaciones», unos fandangos de Córdoba con letra de Sánchez Pernía. Prosigue con unas soleares de Córdoba dedicadas a la Plaza del Potro, unos fandangos de Cabra que llevan por nombre «Con la pena en la garganta», y remata la primera cara con unas alegrías o rosas cordobesas al barrio de Santa Marina. La cara B comienza con unas carceleras que arañan la piel de las venas. Como no podía ser de otra forma, los fandangos de Lucena se los canta a su Virgen y las serranas a su Sierra tan Morena. Luego teje unas livianas para ser cantadas «Antes que amaneciera», y concluye la grabación con una trilla, «En medio de la era».

Fosforito

Diez cantes de mármol y oro que sirvieron a Antonio Fernández Díaz para cumplir su «deuda con Córdoba, mi tierra, y con su afición, siempre interesada con la cultura viva». En palabras del inefable Agustín Gómez, con este disco se confirma que «Córdoba y Fosforito son dos nombres unidos, desde 1956, para reivindicar los valores esenciales de la cultura autóctona andaluza que el cante flamenco representa».

El otro monumento flamenco a Córdoba lo construyó en el aire Vicente Amigo hace ahora 25 años: ‘Ciudad de las ideas’. Como si se tratara de una reinterpretación consciente de aquella portada de Fosforito, nuestro guitarrista universal también aparece a la derecha, pero con la camisa negra y los ojos cerrados. A su espalda, la torre de la Catedral que esconde el alminar de la Mezquita.

A diferencia de los árboles, condenados a morir donde nacen, los seres humanos tenemos piernas y no raíces para vivir donde queramos y, por encima de todo, para morir donde queramos, sin duda, la decisión más humana que conozco. Una persona no es del lugar donde lo nacieron, sino del lugar donde libremente pidió ser enterrado para descansar el resto de la eternidad. Como Antonio Gala, un cordobés que nació por error en un pueblo manchego, que ahora duerme a la sombra de un olivo en el patio de la que fue su última casa. O Vicente Amigo, otro cordobés al que nacieron en Guadalcanal, pero que hizo de sus piernas raíces en la misma tierra donde Séneca, Osio, Averroes y Maimónides rezaron a cuatro dioses diferentes en cuatro lenguas distintas. En la misma tierra donde hizo de sus manos ramas para invocar con la guitarra al dios del pueblo y en la lengua del pueblo: el flamenco. El laúd andalusí tenía cuatro cuerdas que representaban los cuatro elementos del espíritu y los cuatro elementos de la materia. El cordobés Ziryab, al que también nacieron lejos de la Mezquita, añadió una quinta cuerda para alcanzar la perfección mística, de manera que al hacerla sonar se fundiera el universo en la sangre de quien la toca y de quien la escucha. Mucho me temo que la sexta cuerda se le añadió para hacerla humana porque, como decía el sabio Gaspar Sanz, allá por el 1674, la guitarra «ni es perfecta, ni imperfecta, sino como tú la hizieres, pues la falta, é la imperfección está en quien la tañe y no en ella». Pero fue Vicente Amigo quien le devolvió su naturaleza divina en el disco que dedicó a la ciudad donde Ziryab decidió descansar eternamente.

Actuación de Fosforito en el Concurso Nacional de Cante Jondo de 1956, donde se impuso en todas las categorías.

Actuación de Fosforito en el Concurso Nacional de Cante Jondo de 1956, donde se impuso en todas las categorías. / CÓRDOBA

En ‘Ciudad de las ideas’, la guitarra se hace Vicente y Vicente se hace guitarra, como dos hermanas siamesas, cuando se abrazan el uno a la otra. Cada vez que se produce ese milagro, se reconoce su sensibilidad con la misma nitidez que a Federico en un verso o a la Luna en el agua. Es cierto que no todas sus composiciones versan sobre Córdoba. Tampoco el disco rinde tributo a los palos propios de la ciudad y provincia. No lo necesita por dos razones: la primera, porque Córdoba lo atraviesa de principio a fin como la seda invisible que ensarta un collar de perlas; y la segunda, porque el tema que da nombre al disco y, especialmente, la soleá que toma por nombre Córdoba, están hechas del mismo metal que la esencia misma de su tierra y del flamenco, del futuro que mana del recuerdo. Le preguntaron a Manolito de María por qué cantaba y este gitano de Alcalá respondió: «Por qué me acuerdo de lo que he vivío». Mi padre está enfermo de alzhéimer, pero cuando escucha a Fosforito se le encienden los ojos igual que cuando se subía a la noria de chiquillo. Vicente Amigo, además, consigue que mi padre recuerde lo que vivieron sus ancestros antes de que naciera. Porque Fosforito y Vicente Amigo son raíz y manantial. Porque los dos son origen del origen. Porque los dos son vanguardia y recuerdo. Como el flamenco. Como Córdoba. La ciudad donde deciden morir los genios.

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