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ENTREVISTA | Antonio Luis Ginés Escritor

«Me preocupa que el poema no transmita emoción»

Antonio Luis Ginés reúne en la antología ‘Bosques de Polonia’ lo mejor de su obra poética.

Antonio Luis Ginés reúne en la antología ‘Bosques de Polonia’ lo mejor de su obra poética. / A.J. GONZÁLEZ

«Lo que busco en el poema es que aporte algún destello, que motive alguna pregunta nueva, que fluya el lenguaje encadenado y que este proceso sea parte de una construcción, un todo que no solo ocupa mi tiempo, sino que me permite ahondar en mi interior, en mis comportamientos y pensamientos», asegura Antonio Luis Ginés (Iznájar, 1967) en su libro Seres de un día. Hasta ahora ha publicado siete poemarios: Cuando duermen los vecinos (1995), Rutas exteriores (1998, Premio Mariano Roldán), Animales perdidos (2005), Picados suaves sobre el agua (2009), Celador (2012), Aprendiz (2013) y Antonov (2020); dos libros de cuentos: El fantástico hombre bala (2010) y Teoría de lo imperfecto (2015); y el libro de ensayo literario Seres de un día (2018). Ahora, el Ayuntamiento de Iznájar le ha publicado la antología poética Bosques de Polonia, en su colección La edad del agua, con un prólogo muy esclarecedor de Pablo García Casado.

«La vida no te espera. Avanza», escribe en uno de los versos de su primer libro. ¿Qué supone para usted la publicación de esta antología tras 28 años de carrera literaria?

Volver la vista atrás sobre lo que hiciste, cómo lo hiciste, la dirección, los acabados -en definitiva: todo el esfuerzo y energía empleados en cada trabajo- resulta todo un ejercicio en la mirada que hasta ahora no había tenido oportunidad de llevar a cabo. En este proceso surgen poemas con los que te acabas encariñando pese a no estar, originariamente, entre tus preferidos, pero podríamos hablar de un punto y seguido. Creo que era preciso este momento, esta pausa, poder facilitar el redescubrimiento de mi escritura desde el principio, comprobar esa evolución de la energía creativa.

«Es probable que algunos años / los haya tirado por la borda». Sus primeros poemas son duros.

Yo diría más bien descarnados, directos, pero sin perder el hilo de lo poético. Ese yo tan intenso y vital vuelca no solo la parte de ocio que se muestra, sino también todo eso que no se ve y que está ahí: el pensamiento, la reflexión, lo que queda dentro. No iba buscando el tono de dureza, más bien el contraste entre la acción y el pensamiento puede que genere esa sensación, aunque no niego que por momentos sea intencionada.

«Bienvenido. / Este es el cruce a ningún sitio, / aunque los letreros traten de engañarte». Este es el inicio de su poema ‘Ruta cero’. ¿Encontró usted su ruta poética? ¿Se siente satisfecho de ella?

Hasta cierto punto sí, pero sigo indagando. Si no hay asombro o curiosidad por lo que quieres escribir, caes en una inercia que puede ser devastadora. Cada libro marca su propia ruta, y casi todos esos libros convergen en una estructura mayor que acaba por englobarlos. Curiosamente, ese poema en concreto que nombras era el preferido de Mariano Roldán de ese libro, así me lo hizo saber en alguna ocasión.

En realidad, aunque ‘Bosques de Polonia’ recoge poemas de sus siete libros, su obra es tan unitaria que parece un solo libro, que, sencillamente, expone la evolución del poeta a lo largo de los años.

Esa era la intención. Establecer una misma y única columna que vertebrara todas las propuestas a lo largo del tiempo. Para ello he tenido que prescindir de algunos poemas y optar por otros, y en la elección ya va implícita toda una suerte de intenciones que los lectores tendrán que ir desvelando durante la lectura. Pero se puede vislumbrar con claridad esa evolución en los temas y el tono, incluso por momentos también en la mirada.

‘Bosques de Polonia’ es una crónica poética, una reflexión profunda que hurga en nuestras vidas y nos convierte en sujetos poéticos. “Uno escribe sobre lo que ve”, asegura en su poema ‘Rotonda’. La poesía la ponen las impresiones que la vida genera en cada uno, la manera de interpretarla…

Uno cambia y cambia también la forma de ver lo de fuera y de asimilar lo de dentro. Esa transformación genera un proceso en el que se muestra también cómo el concepto de paisaje y pensamiento -con el paso de los libros- adquieren otro potencial en mi trayectoria. Representa una apuesta no exenta de riesgos, en la que resulta fácil que los puntos de equilibrio desestabilicen el poema, ello me obliga a estar más atento a lo emocional, lo sensorial, a cómo la idea adquiere su propio pulso en el lenguaje y a no repetirme.

¿Qué le preocupa a la hora de afrontar un poema?

Tantas cosas. Si a priori pienso demasiado, soy capaz de no arrancar siquiera. Con los años he optado por dejarme llevar tras ese impulso inicial, y luego ya ocuparme de otros detalles, aprovechar el punto de arranque de la idea o el impulso y dejar que se visibilicen, que se vayan aposentando. Me preocupa que el poema caiga en lo repetitivo, en lo que ya hice o hicieron otros, en que no conecte, que no transmita algún tipo de emoción, que no sacuda, y me preocupa que todo eso que creo sentir o quiero transmitir cuando encarno ese yo llegue en la misma medida a los demás.

¿De cuál de sus libros se siente más satisfecho?

Cada libro cumple su cometido, no hay ninguno que me haya dejado un regusto amargo, como pensando «esto podía haberlo hecho mucho mejor». En cada momento di lo mejor de mí, luego el tiempo sitúa ese esfuerzo en el lugar que le corresponde. Cierto que hasta Animales perdidos no me encontré totalmente a gusto con lo que hacía, supongo que es parte del proceso de la búsqueda. Luego Picados suaves sobre el agua fue distinto y atrevido. Aprendiz resultaba necesario, aunque es cierto que con Antonov alcancé un punto de satisfacción muy equilibrado, como resultado de la evolución de una trayectoria.

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