REPORTAJE

La Córdoba de Isabel II

Las imágenes de la visita real a la capital en 1862 constituyen el documento fotográfico más antiguo conservado en la ciudad y fue utilizado por la Corona como arma propagandística

Con poco más de 43.000 habitantes, la Córdoba de 1862 era más un pueblo grande que una gran capital. La ciudad venía arrastrando un continuo declive desde el inicio del siglo XIX, no sabiendo o no queriendo engancharse al tren de las revoluciones industrial y burguesa. Sin embargo, el anuncio de la visita de la reina Isabel II en 1862, de la que este año se cumple su 160 aniversario, fue percibida por la ciudad como un momento histórico. Este viaje real por toda Andalucía formó parte de una intensa campaña propagandística de la monarquía en un momento en que la institución comenzaba a perder apoyos, formando parte de un plan para recuperar el aprecio del pueblo por la monarquía isabelina. En el recorrido por la comunidad, se utilizaron todo tipo de herramientas para engrandecer la figura de la reina y mostrar las bondades y la modernidad de su gobierno. Entre las estrategias más innovadoras se encontraba la fotografía, que, a pesar de sus limitaciones técnicas, se utilizó en este viaje por primera vez en nuestro país como una poderosa arma de comunicación al servicio del poder. El papel de la imagen en este desplazamiento fue tan importante que, entre el séquito de 70 personas que viajaban con la soberana, la Casa Real incluyó al recién nombrado fotógrafo real: Charles Clifford. Este galés estaba afincado en Madrid como retratista desde 1850 y, hoy, no solo está considerado como uno de los grandes fotógrafos europeos de su tiempo, sino que existen teorías que lo sitúan como un posible agente al servicio de la inteligencia británica. Clifford ya había visitado la ciudad en 1859 dentro de un gran proyecto en el que trabajaba para crear la primera gran enciclopedia fotográfica del país y en la que incluyó dos fotografías de la Mezquita-Catedral. Pero Córdoba no se quedó atrás en su interés por fotografiar este evento y el Ayuntamiento contrató a uno de los fotógrafos más prestigiosos de la ciudad: el pintor, académico y retratista José García Córdoba.

La reina 8 Retrato de Isabel II realizado por Charles Clifford.

La reina: Retrato de Isabel II realizado por Charles Clifford. / Antonio Jesús González

Procesos primitivos

Pero en 1862, la fotografía apenas había llegado a su mayoría de edad y tecnológicamente dependía de procesos aún muy primitivos, como las placas al colodión húmedo. Aunque estos negativos de cristal eran el material fotográfico más avanzado del momento, había que prepararlos justo antes del disparo de la cámara y revelarlos inmediatamente después para mantener su sensibilidad. Una impresión que requería del fotógrafo no solo cargar con pesadas cámaras de madera de grandes dimensiones, sino también con un pequeño laboratorio ambulante para procesar las placas, que, en el mejor de los casos, necesitaban entre uno y cinco segundos de exposición. Estos disparos impedían a los fotógrafos detener con sus equipos el movimiento de una persona andando por la calle, mientras que, posando, requerían de la total inmovilidad de los modelos para retratarlos nítidos. Por todo ello, ser fotógrafo en el siglo XIX no era precisamente, como ahora, apretar el disparador del móvil, sino que requería de profundos conocimientos de química, óptica, estética e, indispensablemente, un poco de suerte para que nada se torciera en tan complejo proceso.

Vista de la desaparecida Puerta de los Gallegos.

Vista de la desaparecida Puerta de los Gallegos. / Antonio Jesús González

Una muestra de ello es que el gran retratista real solo pudo realizar cinco fotografías en los tres días de estancia de la comitiva y tuvo muchísimas dificultades para obtener una vista del bosque de columnas de la Mezquita-Catedral. Por supuesto, en sus tomas no aparece ni una persona. De su limitado reportaje sobresale una extraordinaria fotografía del monumental pabellón de descanso que el Ayuntamiento construyó para los reyes en el entorno del arroyo Pedroche. Unas estancias pensadas para descansar y prepararse antes de entrar en la capital por los llanos de Puerta Nueva. Allí, el Consistorio edificó un gran arco triunfal efímero como antesala de la ciudad y que inmortalizaron con sus cámaras tanto García Córdoba como Clifford.

El reportaje de García Córdoba es mucho más amplio y hoy se conserva una treintena de copias en el Archivo Municipal. Estas fotografías sirvieron para ilustrar el ejemplar manuscrito de Luis Maraver y Alfaro de la crónica de la visita real a la provincia. Un tomo que se conserva en la Biblioteca Municipal. En ellas, no solo podemos apreciar el estado de la Mezquita, del Puente Romano, el Alcázar, la estación de ferrocarril o la Puerta de los Gallegos, sino también parte de los frenéticos trabajos de adecentamiento de la ciudad, apreciándose por los rincones de las imágenes a albañiles y pintores remozando fachadas y empedrados. No obstante, estas tomas causaron cierta polémica en la prensa local, ya que acusaban al fotógrafo de captar solo los rincones más importantes de la capital, olvidándose inmortalizar el lamentable estado de otras zonas de la ciudad.

El 14 de septiembre, la reina, acompañada del rey consorte, Francisco de Asís, y sus hijos, el príncipe Alfonso y la infanta Isabel, llegaban a la provincia por el Camino Real de Madrid. El cortejo fue recibido en Villa del Río, donde los monarcas, al igual que en el resto de localidades del Alto Guadalquivir, fueron aclamados por el pueblo. Córdoba, durante tres días, agasajó a los reyes con un amplio programa que incluyó las típicas visitas a la Mezquita-Catedral y las Ermitas de la Sierra. Tampoco faltaron eventos más lúdicos como toda una Feria de mayo organizada en septiembre para disfrute de los reyes o una corrida de toros en el coso de Los Tejares, entre otros. De estos fastos tan solo nos han llegado algunas vistas del real en los llanos de La Victoria y que son los testimonios gráficos más antiguos que se conservan de la Feria.

Paisaje 8 Una vista del Campo de la Merced con la Torre de la Malmuerta y el convento de San Cayetano.

Paisaje: Una vista del Campo de la Merced con la Torre de la Malmuerta y el convento de San Cayetano. / Antonio Jesús González

Un lujo

No podemos olvidar que en esta década la fotografía aún era un lujo al alcance solo de las clases privilegiadas. Encargar un pequeño retrato fotográfico podía costarle a un trabajador el sueldo de una semana. Un problema que no tuvo en este viaje el marqués de Benamejí, quien, tras obsequiar con un almuerzo a la familia real en su célebre finca de La Huerta de los Arcos, pidió permiso a la reina para que les realizaran una fotografía a modo de selfie de la época.

Finalmente, el 18 de septiembre, el cortejo real se embarca en la Estación de Ferrocarril en dirección a Sevilla, a bordo del moderno tren que cubría el trayecto entre las dos ciudades desde 1859. Hoy, gracias al trabajo de estos fotógrafos, Charles Clifford y José García Córdoba, este viaje ha legado uno de los documentos históricos más valiosos de la ciudad del siglo XIX, un hermoso retrato fotográfico en sepia.

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