Crítica teatral

'La jaula de las locas': Entrega el alma y vive con pasión

El montaje musical es aplaudido por un Gran Teatro abarrotado que se convierte en una fiesta

Uno de los momentos de la puesta en escena de 'Jaula de locas'.

Uno de los momentos de la puesta en escena de 'Jaula de locas'. / NATALIA ROMÁN

Telón de boca sonrosado. La jaula de las locas se desliza entre los pliegues de un abarrotado Gran Teatro de Córdoba. Es articulación del éxito y el aplauso a compás: ochocientas sesenta y seis personas lo miran a la vez en este primer día. El director y artista Àngel Llàcer está en el espacio de representación antes de salir a escena: sin cuerpo, irrumpen sus giros que bailan en las consonantes, siendo la primera ovación de las decenas que han habido durante la obra. Pestañas y ojos abiertos se reconfortan en el cálido sintagma al que invita La Cage aux Folles: ‘Abrid vuestros corazones, abrid vuestras almas’. 

"Somos lo que ves, y lo que ves es un sueño", cantan las pajaritas. La silueta de pavos reales visten las paredes, sus planos laterales, y hacen girar los esconces hacia una profundidad de segundo escenario, con su telón y su proscenio. La escenografía diseñada por Enric Planas canta vestida de plumas a un público figurado e invierte cuando desea su propio encuadre: el punto de vista ofrecido desde el patio de butacas cede el foco para verse, y seguir disfrutando de verse, en los ojos de los que corren y chillan de placer entre bambalinas. Es ‘mi sitio en el mundo’: La jaula de las locas unta en purpurina y se apropia de la noción rígida de inversión. La acoge y la hace fulgurar en la nocturnidad de un musical donde la comicidad de gestos y risas espontáneas desde todos los puntos del espacio de representación son posibles y agradecidos. Es una jaula abierta, donde las piernas que son deseadas se pasean en curva cantada desde la pelvis hasta los hombros: un purpúreo y lento ‘je | ne | sais | pas’. La plataforma de múltiples planos es otro espacio creado que gira y opera la inversión de los términos jaula, locura y libertad conseguida al sacudir todo lenguaje restrictivo en una imagen negativa de la noche de cabaret, de figuras musicales emplumadas y de las vidas que, por ella, son lo que son: nómadas del arte, porque nunca dejan de moverse.  

‘Mi guía, mi estrella’. Este metateatro de cabaret sale del escenario pero nunca del teatro, porque su ser y figura musical están siempre presentes en esta mirada teatral. Los gestos propios del lenguaje se crean en el punto de espacio tocado por la dirección musical de Manu Guix y Andreu Gallén: los músicos deleitan con nuevos sonidos en directo en este musical enjaulado por deseo. Otros espacios se crean desde el fuera de campo, en el seno de un efímero fundido a negro que la iluminación diseñada por Albert Faura recomienza en tonos rojizos, verdosos y rosas.

El todo de este teatro es lo Abierto porque se deja ver en cada palabra, ya liberada de la carga moral de los días que no conocen las noches. Por ello, el lenguaje de esta comedia arrastrará las consonantes, para que se mantengan más tiempo bajo los focos; para que se embelesen de su sonido y aparezcan con un abrigo de plumas, palabras-reales, pavos reales que salen por fin de su jaula. Los oídos que asistan a esta obra podrán percibir su gusto de ser y girarse hasta gemir. Solo entonces la inversión se hará efectiva, y saldrán de cualquier pliegue del escenario pidiendo aplausos, porque ellas, palabras-locas, palabras-pajaritas, palabras reales, se abrirán al deseo de ser así, dueñas de su espacio diverso al que revisten de plumas rojas, blancas, amarillas, lilas, azules y verdes. Y es que en La jaula de las locas el lenguaje musical y dramático renace en lencería de satén. 

‘Aquí está mamá’. Sublime artista, creador y director, Àngel Llàcer es musa de lo cómico; es anhelado rostro de primer plano que cede a los pulsos de un mundo que quiere reírse. Se pregunta qué estamos mirando. Sabe que su sola figura es suficiente: su trabajo y talento son más que reconocidos. Su comedia del exceso se sostiene sin necesidad de voz: el espacio nunca está en silencio, no porque este no exista, sino porque desde el comienzo, ha sido el primero en incorporarse a la coreografía de Miryam Benedited en forma de sonrisa-pajarita. Llàcer es estrella que rutila tan cercana a la realidad que baja por el patio de butacas y desencadena una serie de locura. La distancia, cualquiera que sea, la has trasnochado. El público escogido por las pajaritas subía al escenario: entraba a una jaula para aprender la tarea liberadora de su lenguaje torsionado hacia el azul por un rímel juguetón. En la barra, alguien se dejó un tanga verde chillón que ahora fulgura como lenguaje que se gusta, que resuena afrancesado para sostenerse y brillar en un espacio que le pertenece por derecho, por el arte y por su espectáculo, en un Gran Teatro que lo seguirá disfrutando en las funciones de estos días. 

Armando Pita es figura de ovación devota. Su interpretación hilada con Llàcer y con las soberbias figuras-pajaritas nos conduce con ternura a una jaula de la que no se quiere salir. Porque allí se vive exclamando fuerte: yo | soy | lo | que | soy. Nada se oculta. La jaula es una forma de vida que no calla ni deja de articularse. Se podría hacer pasar por lo que no es: rigidez de piernas y caída de hombros. El lenguaje musical y dramático del exceso gracioso finge ser fragmentos de un lenguaje ordinario y de masculinidad de ingle irritada. Demasiada irritación mate en un día sin noche. En esta Cage aux Folles inspirada en la de Broadway de 2010, se necesita algo de vuelo, de suave plumaje, de volumen en el cabello, de purpurina y delineado en los labios para poder expresar su realidad invertida, nocturna y libre. Muestra una jaula sin barras, solo con nuevos espacios y telones posibles donde toda palabra-pajarito es bienvenida: bailarán el mirlo, la cotorra, la grulla y la paloma coja. Un corazón baja, rosa y rojo, y cierra el elenco.

La jaula de las locas es obra cantada y danzada donde el corazón roto se arregla con rímel y purpurina en un espejo a doble altura. A la Virgen de la Magnolia se le canta y se le reza. Es un sitio al que acudir herida para salir enjaulada, es decir, liberada y deseada. Una vez más lo dirá, hasta que invierta toda imagen negativa: yo | soy | lo | que | soy. La boca-telón se ha sonrojado y cae, joie de vivre complacida y extasiada.

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