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CRÍTICA DE MÚSICA CLÁSICA

Orquesta de Córdoba: Colosal

Comienzo inmejorable de la temporada con una interpretación grandiosa de la 'Octava' de Bruckner

Concierto de la Orquesta de Córdoba en el Gran Teatro, este jueves. MANUEL MURILLO

Si usted, melómano/melómana de pro, decidió dar por imposible una Octava de Bruckner por la Orquesta de Córdoba y optó por no ir, si aún tiene la oportunidad de asistir a la repetición del viernes, no lo dude. Vaya. Si por el contrario, se trata de una persona no especialmente melómana pero sí sensible a la cultura y atenta a lo que acontece en esta ciudad, y que la lectura de estas líneas le despierte la curiosidad animándole a probar, solo le puedo decir que la escucha de cualquier sinfonía de Bruckner nunca es cosa fácil de primeras, pero que lo logrado anoche por Domínguez Nieto con las dos orquestas cordobesas solo puede ser calificado de colosal.

La Octava de Bruckner, por dimensiones, duración, arcos de tensión y contrastes sonoros, es una obra netamente de director. Y ahí, Carlos Domínguez Nieto se erigió en cimiento de la fábrica o epicentro del seísmo. Desde el mismo arranque de la sinfonía, un nítido trémolo con unas matizadísimas entradas de la cuerda grave, el planteamiento global de su interpretación se hizo presente. Unos tempi amplísimos, a veces al límite, que llevaron a Domínguez Nieto a rozar los 95 minutos —recuerden que Karajan hacía la obra en 82, aunque aquí el record lo ostentan los 105 del último Celibidache—, un cuidado extremo en el fraseo de los temas líricos, una comprensión absoluta de construcción del discurso por secciones, sabiendo diferenciarlas y guiando con mano magistral las transiciones de unas a otras, el dominio de la peculiar alquimia de timbres bruckneriana… En definitiva, toda una exhibición de conocimiento, fuerza y técnica que dio como resultado la que probablemente sea cima artística hasta la fecha de la tenencia de Domínguez Nieto de la Orquesta cordobesa.

Concierto de la Orquesta de Córdoba en el Gran Teatro, este jueves. MANUEL MURILLO

No era reto fácil. La Orquesta, por plantilla, no llega al número de ejecutantes requerido. Ahí vino el apoyo de la Orquesta Joven de Córdoba, que no se verá en otra igual como ésta. Ambas actuaron galvanizadas bajo el mandato seguro y entregado del maestro. Para el recuerdo momentos como la coda del primer movimiento, la delectación melódica del Trio, todo el Adagio, con un inicio palpitante lleno de emoción, o una coda del Finale que el firmante, ni en vivo ni en disco, había escuchado tan transparente y bien construida. La ocasión exigía domeñar la seca acústica del Gran Teatro, ampliándose para ello el escenario y aplanando la concha acústica. El resultado fue un sonido más equilibrado, donde los metales no acabaron comiéndose a la cuerda a cambio de perder pegada sonora. La orquesta, dispuesta sobre el escenario sin graderío, parecía un mar de instrumentos del que solo emergían, significativamente, las figuras del director y, al fondo, nuestra timbalera. La Llorens se entregó a fondo en toda la obra y no ocultó su tremendo disfrute al iniciar el desarrollo del Finale. Las ovaciones finales sancionaron la sensación colectiva de haber sido testigos de un raro acontecimiento, un trance colosal, a la altura de la obra interpretada.

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