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CRÍTICA TEATRAL

Abrazados sueño y tiempo

Representación de 'El inconveniente' en el Gran Teatro de Córdoba

Un momento de la puesta en escena de 'El inconveniente'. FRANCISCO GONZÁLEZ

Vibrante oscuridad. Oblicua y plegada a un intervalo breve de dos vidas compartidas, late y se acelera porque está viviendo, siendo ella en el presente y gracias al peso de todas sus imágenes-recuerdo. Se remueve en las curvas abiertas de una interrogación que será cantada y aplaudida de pie en el Gran Teatro de Córdoba. La temporada se inaugura plena, con aforo completo y minutos de ovación ante las palabras tiernas del dramaturgo y director cordobés Juan Carlos Rubio, de corazón presente, y encarnadas por la gran Kiti Mánver antes de la caída del telón. Entrega de un público consciente de la calidad de lo visto esta noche: lo inextenso de unos sentimientos adquiría una coloración propia que el brillante Rubio pintaba con sentido y juicio en El inconveniente. Su mirada crítica de la realidad connota una escenografía donde no hay diferencia sensible entre prever, ver y obrar. El inconveniente se erige triunfante como historia de la redención del tiempo con el espacio, y de su libertad como duración vivida, y ya no dependiente sintagmáticamente de los signos que identifican a las figuras-actantes como “inconvenientes”, “exitosas” o “fracasadas”.

Desde su inicio, los detalles y profundidad del espacio diseñado por Juan Sanz, junto con el equilibro flexible y texturas conseguidas por la iluminación de José Manuel Guerra, hacen de los objetos y figuras una descripción de un entorno fácilmente reconocible. Entre series de imágenes y sentimientos cristalizados por una conversación tabicada a solas con el remordimiento, una cuestión circunda: ¿cuántos metros tiene el salón-casa? Ella define el problema, y es que se trata de un espacio que es realidad sin cualidad, reducido a una multiplicidad numérica. Bella metonimia, a su vez, de la percepción adormecida del individuo contemporáneo (interpretado con convicción y veracidad por Cristóbal Suárez), cristalizado en un código de lenguaje operativo y finalista, y por tanto, en un actuar y estar en el mundo, que le han desarraigado de sentir, de vivir e irreductiblemente, de durar como tiempo sin espacio. Suárez es la figura que se siente impuntual, revestido de signos como son el ceño fruncido, el mirar reiteradamente el reloj, intentando cuantificar el tiempo que,  precisamente por eso, no le pertenecía. Saltarín, el sentido del tiempo le huye. Transita por unos fundidos a negro, con forma de intervalos significados por la delicada y concreta composición del cordobés Miguel Linares. Las notas ligadas son simultaneidades voluptuosas en una movilidad horizontal. Es decir, ocupan un espacio al designar en él el tiempo consumado (otoño, invierno, primavera y verano). Así, el espacio sonoro diseñado con gusto se lee como elemento propio de la estética de la percepción del devenir propuesta en El inconveniente en cuanto a sistema de significantes posibles.

El ritmo impuesto a una duración la hace marchitarse. El lenguaje ensombrece lo sentido, porque se ha acostumbrado a una practicidad, sacrificando su expresividad. Ahora, la búsqueda del lugar en el mundo está regida por la posesión, la cosificación del tiempo y del espacio. Como contracampo, Marta Velilla reluce como figura que rehúsa del porvenir, que se rebela con esperanza ante una percepción externa que la encerraba en la expresión de “vida malgastada”, extensión derivada del “malgasto” de su tiempo en diversos trabajos. Pero no cesa de vivir: su humanidad nos alcanza porque se representa como acto libre sobre el escenario. En paralelo alegre, se normaliza que el espacio tiene un precio: un valor que depende de una vegetación en su superficie construida con objetivos, metas y planes de futuro. Su cercanía al punto de fuga le permite una comicidad aplaudida por el patio de butacas: “Dulce ocaso… ¡la muerte me persigue!”. Se trata de una vegetación surgida espontánea de la incertidumbre de toda realidad concreta: esta figura-objeto es despersonalizada porque ha perdido su nombre, siendo designada como “inconveniente”. Su existencia marca el precio del metro; establece la relación del espacio y su valor. Con ironía, gracia y talento, la reconocida Kiti Mánver es esa polilla que, desde su balcón al mundo, fulgura como signo de cambio que denota una mirada. Elige la naturaleza de la iluminación al iniciar cada secuencia: será la multiplicidad formada por el conjunto de lámparas la que revele la expresividad de un tiempo sin reloj. Encarna lo expresado. Siente, cambia a cada instante y modifica su entorno y la percepción de él con su progreso. La figura-inconveniente elige una nueva multiplicidad, que es entera e imprecisa, connotando una forma de ser que dura (en el sentido bergsoniano): una luz fusionada y única describe un ambiente humeante y que pierde las formas. Incluso el tiempo abstracto también se desprende de su sombra espacial.

La cera se está derritiendo, a la vez que se recuerda que el paso de la vida a la muerte puede suceder sin intervalos. La herida se abre y las figuras cambian de pronombre para confiarse en una única y última multiplicidad de fusión, “nosotros”, que se derrama y responde a la pregunta “¿qué es la vida?” con cada acto libre. Ella vive ahora como la forma teatral de su duración pura: rompiendo con los tabiques que soportan su dependencia del espacio. “¡La vida es vivir!”

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