Santiago Grisolía García (València, 1923) ha fallecido esta noche a los 99 años de edad. En enero hubiera llegado a centenario. Grisolía siempre quiso ser marino de guerra. Fue aquella fijación juvenil la que acabaría conduciéndole por la senda de la medicina primero y después de la biología molecular. Por miedo a que lo movilizaran y lo llamaran a tropas, su padre logró que entrara como voluntario en un hospital de Cuenca. “Mi madre, como era muy lista, me preguntó ¿y por qué no aprovechas esa experiencia y te haces médico?, siempre podrás ejercer en la Armada”, rememoraba hace unos años el profesor en un paseo con la que suscribe para un reportaje sobre el barrio de su niñez, Mestalla. Después de toda una vida en Estados Unidos, el profesor regresó a València para vivir en la calle Severo Ochoa, a unos minutos de la casa natal eliminada por la ampliación de la Alameda. 

El sabio consejo materno caló en Grisolía, que se licenciaría en Medicina por la Universitat de València en 1944. Después de obtener su doctorado en Madrid en 1949 ampliaría sus estudios en Estados Unidos en la Universidad de Nueva York con Severo Ochoa, su gran mentor. Sería en ese centro donde iniciaría sus investigaciones en fijación del anhídrido carbónico. “Tardamos casi un mes en llegar a tierras americanas, pues el barco hacia muchísimas paradas para ser rentable, pero no se me hizo pesado porque en España había entonces mucha carestía y a bordo daban muy bien de comer”, comentaba con la ironía que le caracterizaba.

De su exilio allende las fronteras sacaba siempre un consejo para los más jóvenes, “salir fuera para completar la formación, pero no más de siete u ocho años”. “Si dejas pasar más tiempo corres el riesgo de no querer volver”, incidía. A pesar de casarse en Estados Unidos y formar allí la familia, su deseo siempre fue regresar a España. “Estoy enamorado de esta ciudad, lo estaba cuando me fui a Nueva York, cuando volví, y lo sigo estando”, señalaba frente a la antigua Porta de la Mar o las Torres de los Guardas. 

Tocado con su famoso sombrero y apoyado en un elegante bastón el bioquímico, Premio Príncipe de Asturias por su labor investigadora, tenía una capacidad de resistencia que era motivo de elogio y sorpresa a partes iguales. Además de por sus raíces familiares regresó a Valencia, tras un largo periplo universitario en Kansas, Michigan o Wisconsin, porque vio que se podían «hacer muchas cosas». Había dinero para la investigación y se abría una etapa llena de retos muy ilusionante, ha defendido siempre que ha podido. Fue a finales del año 1976 cuando se inauguró en València el Instituto de Investigaciones Citológicas, del que fue director hasta 1992, convirtiéndolo en uno de los mejores centros investigadores del país. Una época de efervescencia rubricada con la recuperación de una figura tan prestigiosa como la del marqués de Grisolía, título que se se le concedió por su contribución a la ciencia española.

Presidente de la Fundación Premios Rei Jaume I, presidente del Comité Científico de Coordinación del Proyecto Genoma Humano para la Unesco, vicepresidente del Patronato del Centro Príncipe Felipe, presidió también el Consell Valencia de Cultura. Fue, además, el gran impulsor de los Premios Rei Jaume I, además de asesor en el comité de expertos en ciencia y tecnología de la Generalitat Valenciana. Entre las distinciones que se le concedieron destacan la Gran Cruz de la Orden Civil de Sanidad en 1984, la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil en 1992, la Medalla al Mérito a la Investigación y en la Educación Universitaria (2010) o la más reciente Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica en 2018.