Una pena que hayan desaparecido de la cartelera las excelentes producciones galas El acontecimiento y A tiempo completo, pues bien que merecía la pena su visionado: supongo que no habrán tenido tan buena acogida de público como para mantenerlas en cartel por más tiempo. De todas formas, este tipo de filme se suele presentar en versión doblada, cosa que no apetece demasiado al espectador que lo espera en versión original, ya que desea escuchar la verdadera voz del intérprete y el auténtico fondo ambiental del sonido directo. Y cuesta mucho en esta ciudad encontrar alguna sesión no doblada en hora propicia, a función no única y por un día, incluso contraprogramadas con otros títulos de interés para el mismo sector de público.

No obstante, ha entrado más de una cinta interesante para este periodo vacacional que muchos podrán disfrutar en la sala oscura frente a una gran pantalla. Por ejemplo, esta comedia romántica de desamor que ha escrito y dirigido Jérôme Bonnell (El tiempo de los amantes, de 2013) para ser protagonizada por Grégory Montel, encarnando a un parisino en la crisis de los cuarenta, con un buen cacao mental en relación a sus relaciones amorosas. El filme arranca cuando su chica (la encantadora Anaïs Demoustier) le invita a marchar a otra parte y acaba refugiándose en el bar de la acera de enfrente, concentrado en espiarle mientras escribe una carta de amor y comenzando una relación de amistad con el encargado del local y sus clientes.

En fin, no es La taberna fantástica de Alfonso Sastre, pero tampoco es teatro, es cine. Poco a poco el café se va convirtiendo en su hogar y sin que la cámara salga de allí, salvo para filmar unas cuantas escenas (la de los celos -muy divertida-, o la conversación con su ex -merece la pena por ver unos instantes a la maravillosa Léa Drucker-) este antihéroe del fracaso amoroso termina convirtiendo su carta de amor en un libro donde trasladará sus sentimientos, sin saber qué hacer con todo ello. Simpática.