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Diario Córdoba

Crítica de ópera

Lucia, un alma enamorada

Representación de 'Lucia di Lammermoor' en el GranTeatro.

Pasos que se dirigen decididos hacia el mar, hacia su morir. Este punto de inicio es singular, pues el mar y la muerte han contado entre arias un drama romántico con el fin de retornar al mismo comienzo, de solitario ahogo, en aquellas costas escocesas que tan bien conocía Sir Walter Scott. La Lucia di Lammermoor, del dramaturgo y director de escena e iluminación Francisco López, se enhebra desde el primer plano de Lucia, cuyo contorno se disolverá en agua tras ser desgarrado en su locura reflejada sobre la pared del gran salón.

Previos a esta pérdida de la identidad, el amor y el dolor son las dos figuras reflejadas que se miran en un espejo sin verse y sin entenderse, pues el velo sobre el que discurre el acto operístico tiene volumen por sí mismo, y ambiciona crear una duplicidad (dos planos) en un mismo espacio. Francisco López se sirve del ingenio de José Carlos Nievas para el uso de este recurso audiovisual, tan expresivo como formal, donde una profundidad espacial juega con la tragedia de los cantantes, cegándolos, sin saber distinguir el rojo de la sangre del de una rosa; sin ver un fantasma o a una mujer que se da muerte desde el amor y la culpa. Un velo que ha atesorado a esta obra en una intimidad que tan solo nos dejaba deleitarnos con cierta distancia, la necesaria para leer en cada figura su significación, su historia y su sino. "Un velo cubre mis ojos", dirá Lucia.

Representación de 'Lucia di Lammermoor' sobre el escenario del Gran Teatro. O.BARRIONUEVO

Paralelamente, tan flotante como surgido del mismo foso, este hecho trágico precisa, para ser sentido, del talento de Donizetti, siendo su estética del bel canto la representada por unas exquisitas voces, a su vez vivificadas y en connivencia con los instrumentos de la Orquesta de Córdoba, cuerpo colectivo dirigido por el dorado movimiento de Carlos Domínguez-Nieto.

Un arpa captará nuestros ojos, única luz en la oscuridad que media un diálogo entre el foso y su superficie, siendo la melodía un devenir a compás con las palabras, quienes empiezan en una voz y acaban desnudas sobre el escenario. Y es que las palabras son, tienen cuerpo. Son objeto porque son pensadas, son habladas, son cantadas, y son vistas. La ópera es el medio que posee la singularidad de presentar con el canto las pasiones más mundanas, y más humanas, como son el amor, el odio, el dolor, la venganza, la traición, la culpa y el remordimiento, sobre el escenario, de forma que lo encarnado por los cantantes, estas afecciones del alma, abandonan con la voz su interior y se dejan ver bajo el velo. Ello se debe al trabajo y a la maravillosa ejecución de María José Moreno, cuya delicadeza e impecable técnica vocal la han dotado de una calidez protagonista hasta su último hálito.

La ópera ofrece unas exquisitas voces vivificadas por la Orquesta de Córdoba. O.BARRIONUEVO

Tan sobresalientes han resultado las voces de Moisés Marín, Javier Franco, Manuel Fuentes, José Manuel Montero, la sublime soprano Lucía Tavira y Raúl Jiménez, quienes han compartido, entre mascarillas, el espacio donde unos pliegues sedosos y aterciopelados revestían a su vez las voces del Coro de Ópera de Córdoba (dirigido por José María Luque). En el encuadre, las voces quedan suspendidas en una superficie nacida de la teatralidad, tomando un espesor esponjoso en el que, apoyadas en la composición de Donizetti, se afirman, se lloran, se traicionan, se compadecen, y se aplauden a sí mismas, deteniéndose tan solo con la espontánea ovación procedente de la distancia, del patio de butacas. Voces vestidas por Jesús Ruiz, quien ha creado una indumentaria verista y cercana a nuestro tiempo, acertada y bella, que enriquecía el acontecimiento.                 

Amor y dolor en un plano, sucedido del matar y del remordimiento que lleva a la locura, dando lugar a la muerte inducida por la ausencia de la persona que una fue. Lucia va ahogando su ser a la misma velocidad a la que pierde verticalidad, yaciendo desgarrada en el suelo, yaciendo feliz en el ensueño una vez los sentidos la han desbordado sin perdón ni contorno. Quedará efímera, como una mancha plegada sobre la arena, no menos muerta que aquella que vagó sobre sus deseos y que a ojos de nosotros, los testigos, ya era una flor marchitada, una flor arrancada a destiempo. Sin embargo, quedará eterna, como un ‘Te amo, ingrata, aún te amo’.

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