Crítica teatral

El parecido es brutal

La comedia de Máximo Ortega cosecha vítores y aplausos en el Góngora

Una imagen de la representación de 'El parecido'.

Una imagen de la representación de 'El parecido'. / A.J. GONZALEZ

Andrea Simone

Vítores y aplausos cordobeses danzan animosos entre el elenco actoral de El Parecido, que ha inaugurado el ciclo de Nuevos Autores Cordobeses que está teniendo lugar sobre el escenario del Teatro Góngora. El fundido a negro ha dado paso a la imagen de un pueblo proyectado, donde su bidimensionalidad ya nos avisa de que el discurrir de esta obra, que ha sido dirigida, escrita y protagonizada por Máximo Ortega, va a deslizarse sobre el mismo plano; sobre la profundidad vacía, innecesaria, que deja que la comicidad cruce el escenario sin sombra alguna.

La cenital iluminación, diseñada en su doblez de actor Esteban Jiménez, nos destaca desde la primera secuencia la cómica ritmicidad, entendida por el dramaturgo y reída por el patio de butacas, en la que gestos entre réplicas protagonizan y dominarán El Parecido. Ello ha sido posible por la sobria, y desenfadada en su ambición, escenografía (dos sillas, una mesa y una maleta), sobre la que el elenco ha jugado con la noción del parecido: con la semejanza y la consecuencia no sólo estética, sino ontológica, que puede llevar la imitación de una figura hasta su desbordamiento como individuo independiente.

Las actrices cordobesas Auxi Jiménez (en los papeles de Fina y Lupe) y Belén Benítez (interpretando a Críspula y Cati) han demostrado un dominio de la interpretación, estando confabuladas con la dinámica que han creado junto a los actores Federico Vergne (en el papel de Leo), Esteban Jiménez (en la piel y rostro alternante entre Kili y Braulio) y Máximo Ortega, quien desde el primer plano ha construido un carismático personaje que, expuesto a su pérdida permanente de ser aquí, la reivindica desde el gesto cómico y superficial que nos instará a la reflexión desplegada en su profundidad cubierta de peluca rosa, plataformas y bata de seda.

Cierto es que se han logrado imágenes sugerentes que, desde una poética posmoderna en su encuadre de actualidad y virtualidad, han representado lo que podría ser una comedia del exceso; un ejercicio donde la reiteración en los diálogos, el recurso de la repetición de proposiciones acompañada por voces llevadas a su límite, han sido instrumento de una comicidad que envolvía, que tapaba en su superficie un drama personal. Y es que El Parecido de Máximo Ortega ha mostrado la doblez: cuando la tragedia se disuelve por la comedia, doble naturaleza no sólo en el personaje principal, sino en cada una de las figuras del escenario.

El teatro, por el arte de contener la estética de esta comicidad, ha posibilitado que la copia (la imitación) quede disuelta en su origen, dejando que uno se reencuentre a sí mismo. Sí, ha sido una comedia de la contemporaneidad donde el parecido es brutal.