Domínguez-Nieto y la Orquesta de Córdoba ofrecen este jueves un interesante programa de músicas en torno al país báltico en el Gran Teatro. Un oído atento, desde el arranque mismo de la película, detecta la singularísima personalidad de la banda sonora del Dracula rodado por Coppola en los noventa. Película inolvidable en su presentación visual, el ropaje musical no es menos suntuoso. Detrás de esos perturbadores acordes se encontraba el compositor polaco Wojciech Kilar (1932-2013), una de las glorias artísticas de su país de la segunda mitad del siglo XX, que, junto a personajes tan destacados como Kieslowski, Zanussi o Penderecki, aprovecharía las grietas intelectuales del comunismo para generar, con sus obras, resistencia artística, o lo que es lo mismo, resistencia espiritual frente a la opresión soviética. En esa atmósfera sórdida de privación de libertad, la experimentación y la vanguardia por sí solas no tenían razón de ser: el arte, en tanto que tabla de salvación personal y colectiva, no podía volver la espalda a la sociedad, es decir, al público. En esas coordenadas "comprensibles", sin rebaja de la calidad, se mueve una composición como Orawa (1986), un continuo para orquesta de cuerda trepidante, propulsiva como una locomotora.

De una generación anterior, Witold Lutoslawski (1913-1994) sí pudo conocer de joven una Polonia libre y republicana antes de que, primero los nazis, y luego los rusos, acabaran con el sueño de la libertad. Lutoslawski, músico formado en las corrientes musicales de las vanguardias europeas, llegaría con el tiempo a ser la mayor gloria musical polaca después de Chopin. Un músico mayúsculo. Su Pequeña Suite, colección de cuatro danzas estrenada en 1951, es, sin embargo, una obra accesible y de circunstancia, un divertimento compuesto en los momentos más duros del antiformalismo estalinista.

Libertad es lo que transpira la Tercera Sinfonía de Chaikovski, menos afortunada en lo melódico que sus tres hermanas postreras, pero avance significativo en el corpus sinfónico de su autor, sobre todo, en materia contrapuntística y de orquestación. Es, digamos, el camino que nos pone en la senda directa hacia esas obras mayores. Su condición fronteriza, experimental, aparte de la coincidencia en número de movimientos, nos recuerda a esa otra obra maestra en la extrañeza y la imperfección que es la Séptima Sinfonía de Mahler. Su final "polaco", viniendo de un creador ruso, nos habla de los puentes posibles de entendimiento que el arte puede tender cuando las razones de la razón humana fracasan.