Durante tres años, Javier Bassecourt (Córdoba, 1974) ha estado pintando en Las Tendillas y sus óleos se exponen estos días en la Fundación Cajasol.

¿Se considera un pintor hiperrealista o impresionista?

Ninguno, soy figurativo.

Lo decía porque algunos de sus cuadros pueden recordar a pinturas impresionistas parisinas.

Algunas calles iluminadas de Córdoba pueden llevarnos a París. Paseando por la ciudad, de noche, algunos rincones me han recordado incluso a la Toscana, porque no dejamos de ser mediterráneos.

¿Pinta con la cabeza o con el corazón?

¡Oh! Qué buena pregunta. Con la combinación exacta de las dos cosas. Es muy complicado, siempre prima una. Intento liberar un poco más al corazón, pero la cabeza me puede. Sí, creo que busco el equilibrio de ambos.

Se declara admirador de Francis Bacon. ¿Por qué?

Porque me parece un grandísimo pintor. Mi referente no es Antonio López. Me gusta lo que hace Antonio y me cae bien, pero me gustaría pintar más brusco, como Francis Bacon, como Basquiat. De hecho, cuando pinto trato de dar a mis pinceladas la energía que veo en los cuadros de Bacon. No es que piense en sus pinturas, claro, pero sí trato de visualizar imágenes con garra, con vibración. Esos son los artistas que me gustan, los fuertes, los que se mueren de hambre en la calle.

¿No es uno de esos artistas?

No, no. Me queda mucho camino todavía para llamarme artista. Me considero más bien un trabajador de la imagen. Simplemente pinto porque, si no, me pongo de mal humor.

Sus pinturas parecen fotografías. ¿Son muy diferentes de una foto?

Aunque pases mucho tiempo decidiendo el momento perfecto para contar la historia que quieres contar con tu cámara, el proceso de la pintura es mucho más lento. Mi disciplina no es ni la pintura de fotografía ni la de estudio, sino la pintura al natural, así que dependo mucho de los momentos de luz y de cómo quiera interpretarlos. Por ejemplo, si me gusta mucho la luz que da en unas hojas a las tres de la tarde, puedo colocar esa luz en otra hora del día porque no se va a dar cuenta nadie. Escojo lo mejor de cada momento, una suma de varios instantes. Eso es algo que nunca te podrá dar la fotografía, esa licencia artística que te permite la pintura y el tiempo que pasas delante del objeto que vas a representar.

Es de los pintores que elige un tema y lo trabaja hasta la obsesión.

(Risas) Bueno, esa afirmación tiene matices como muy poéticos. En realidad es mucho más sencillo. Lo que ocurre es que me gusta todo. Escojo un tema para economizar porque nada más salir de casa ya he visto mil temas para pintar, así que debo elegir. Lo importante es sacar el máximo partido al tema que elijas. Hace poco expuse en Sevilla mis pinturas de un limonero. Los veintidós cuadros salieron de ese único árbol. Mi maestro siempre decía que si no sabes qué pintar lo mejor es darte la vuelta y pintar lo primero que veas. Si veo algo inspirador cerca, ¿para qué me voy a ir a otro lado? La plaza de Las Tendillas tiene agua, vegetación, personas y calles. Tiene de todo. No hace falta más.

¿Qué es lo que más le gusta de Las Tendillas?

Físicamente, las luces que tiene. Sobre todo los amaneceres de los domingos, cuando no hay gente, en los que dan ganas de comprarte unos churros para comértelos allí. Poéticamente, lo que más he disfrutado ha sido el hecho de acudir al mismo lugar durante tres años; observar sus cambios, conocer a gente, despedir a otros, asistir al crecimiento y a la vida de una plaza. Ha sido un regalo.

Después de tanto tiempo mirando un lugar, ¿no ha llegado a parecerle extraño?

No sé qué decirte. Quizá me estés dando pie a mirar la plaza incluso más tiempo, para que me ocurra eso y aparezcan los monstruos. A lo mejor incluso he pasado menos tiempo del que debería. No han aparecido las deformidades, a lo mejor soy demasiado racional y debería dejarme llevar más. Vuelvo a la primera pregunta, quiero dejarme llevar por el corazón, pero me guía la cabeza. Creo que por eso prefiero a los pintores más enérgicos que aquellos sujetos a lo real.

¿Qué ha aprendido de esta plaza después de tres años?

He aprendido que la gente es buena. Eso lo sabía, pero lo he confirmado. También he aprendido que Córdoba no mira a su plaza. Sí, la gente sabe que está ahí, la cuida, pero no la mira. Me sorprende cuando han dicho de mis cuadros que son más bonitos que la realidad. ¿Cómo pueden decir eso? ¡Si lo que tienen delante es maravilloso! ¡Yo solo he hecho un resumen, un mero apunte del espectáculo que tienen delante!

Habrá vivido algunos momentos duros y otros gratificantes.

Sí, sí. Tanto respecto al tiempo como a las experiencias con las personas. He pasado calor, frío y aguantado la lluvia, pero eso es lo que tiene pintar al natural. También he conocido a gente que dejó de estar, personas que se llevó el covid. He establecido como una especie de familia con quienes compartimos espacio. En balance, ha sido una experiencia maravillosa.

¿Por qué ha incluido un sofá pintado en la exposición?

Para que dejen de imaginarme como a un pintor viejo, y por despecho a mi madre, que me prohibía pintar el sofá de pequeño. Ahí lleva, un autobús en la esquina del Góngora con Claudio Marcelo.