A veces me puede el ansia. Preparo el desayuno con el foco en la cabeza, aún de noche, y hago 45 kilómetros sin parar porque estoy deseando ver Sierra Mágina. Incluso la carretera más aburrida se vuelve placentera si pedaleas al amanecer.

Cartel de Sierra Mágina, en la provincia de Jaén.

Cartel de Sierra Mágina, en la provincia de Jaén.

Guardo las servilletas o los azucarillos con los logotipos de los bares que visito. Apunto el nombre del dueño, lo que tomo y para cuántos kilómetros me han dado las tostadas y el descafeinado. En el bar Victoria, en Huelma, tengo un problema. Lo siento, me dice Antonio, no he hecho nada de marketing. El mejor desayuno hasta la fecha, pan con aceite, jamón y tomate, y no tengo dónde anotarlo. Me consuelo con una fotografía de dos hombres tomando anís junto al póster de una corrida de toros.

Dos hombres en el bar Victoria, en Huelma (Jaén), en Sierra Mágina.

Dos hombres en el bar Victoria, en Huelma (Jaén), en Sierra Mágina.

Viajar en bici me ha hecho creer en los milagros. El río Guadiana Menor es un milagro. En este paisaje árido, entre Solera, Cabra del Santo Cristo (donde encuentro la última fuente), Larva y El Cortijuelo, nombres que se pierden en sus propios carteles, desconchados, irreconocibles, donde hay que ampliar mucho el mapa para detectar la carretera que los une, árboles pelados, chicharras, sin una pizca de agua porque el bar de Larva está en construcción y el de El Cortijuelo, cerrado, sin vecinos, tres de la tarde, en medio de este desierto, voy asumiendo que tendré que parar en cualquier arbusto, cuando, de repente, ese sonido, el sonido más inesperado, el más bello, fluye el río entre el secarral. Lavo la ropa, tengo un merendero, sombra, felicidad. Y dónde te duchas, me pregunta Patricia, que acaba de llegar con Blanca y David. Aquí.

Ducha en la fuente del santuario de la Virgen de Tíscar, al acabar la sexta etapa.

Ducha en la fuente del santuario de la Virgen de Tíscar, al acabar la sexta etapa.

Los días giran en el mismo día. Los contrastes van formando un gran viaje. Cimas y caídas. Enfados. Sorpresas. ¿Por qué a la bici le perdono todo? ¿Por qué no asumo eso en una relación?

Blanca y David, en el río Guadiana Menor, en El Cortijuelo (Jaén).

Blanca y David, en el río Guadiana Menor, en El Cortijuelo (Jaén).

Voy escalando sin reproches, adentrándome en la Sierra de Cazorla, las piernas llenas de picaduras y la piel negra. Parece que lleve un año vagabundeando, no seis días. Me equivoco en Belerda por no hacerle caso a unas mujeres mayores que me han indicado perfectamente cómo llegar a la Cueva del Agua. El error me conduce al santuario de Tíscar, a una fuente natural en la que me meto, pese a que se ha ido el sol, a un mirador con un banco de madera perfecto para cocinar. Me veo rodeado de sierra, floto en la altura, me duermo con la brisa, en manga corta y un cielo estrellado. Me quedo encima del saco, sin taparme, veo dos estrellas fugaces. Sueño. Ya estoy tan cómodo durmiendo en estos lugares que incluso sueño.

Blanca y Patricia, en el río Guadiana Menor.

Blanca y Patricia, en el río Guadiana Menor.

Imagen de Belerda, por la carretera JV-3299, en plena Sierra de Cazorla (Jaén).

Imagen de Belerda, por la carretera JV-3299, en plena Sierra de Cazorla (Jaén).