Hay bastantes razones para ver esta película. Entre otras, que su director (Fernando Trueba) nos ha regalado a través de los años unas cuantas obras inolvidables desde aquella Ópera prima que refrescara el ambiente cinematográfico allá por 1980. También su hermano David ha construido un estupendo guion basado en la novela de Héctor Abad Fanciolince, hijo del protagonista del relato.

Otra buena razón que nos empuja hacia la gran pantalla podría ser la magistral interpretación que consigue Javier Cámara, adaptando su forma de decir el texto con acento colombiano, tan preciso que incluso lo ha fijado en Medellín, de donde provenía el personaje que recrea. Tampoco puede olvidarse quién ha puesto esta emocionante música para la banda sonora del filme: Zbigniew Preisner (compositor de recordadas partituras para el cine de Kieslowski). Asimismo, el tratamiento fotográfico de Sergio Iván Castaño juega con el blanco y negro para un tiempo narrativo y con el color para otro, ilustrando perfectamente la acción de este drama biográfico que fue el encargado de clausurar el último Festival de San Sebastián y merecedor del Goya a la mejor película iberoamericana; pues aunque su director es español, la producción es colombiana.

La historia, basada en hechos reales, dibuja un período de la vida de un médico dedicado a la enseñanza y la investigación, pero sobre todo es el retrato de un buen hombre que se emociona frente a Muerte en Venecia y que dio su vida por defender causas justas y a los más débiles. Trueba nos invita entrar en un mundo a través de los ojos de un niño, que es el propio escritor del libro, con un dominio claro del tiempo cinematográfico, controlando las emociones, invitando al espectador a colarse en la vida de esta familia con ese padre castigado por el poder, cargado de una valentía inenarrable, y golpeado por su hambre de justicia e igualdad.