Vuelve Icíar Bollaín (la niña que descubrimos en El Sur de Víctor Erice) a ponerse tras la cámara, con un guion escrito junto a Alicia Luna (con quien ya escribió Te doy mis ojos), para lucimiento de una Candela Peña en estado de gracia que atrae el centro de atención del espectador, aun estando acompañada por excelentes actores y actrices de reparto como Ramón Barea, Nathalie Poza, Sergi López, entre otros.

La película navega entre el drama y la comedia, desde un comienzo en que se presenta a la protagonista agobiada por el sacrificio que hace con cada uno de los miembros de su familia, sin un minuto para ella, dedicada al cien por cien a los demás. Todos van a lo suyo, incluido el padre enviudado un par de años atrás que le plantea mudarse a vivir con ella, el hermano que le endosa a los hijos cada dos por tres, la hermana que siempre encuentra excusas para no responsabilizarse y optar por la botella, la hija que evade sus llamadas demasiado estresada con sus vástagos… para colmo, en el trabajo no la dejan respirar y hasta su amiga la deja encargada de la mascota mientras se marcha de vacaciones. Del novio casi no se puede hablar porque es algo que está ahí pero cuenta poco. Con esta situación de entrada, Rosa explota y decide dar un giro de 180 grados a su vida, decide entre otras cosas casarse consigo misma, algo que provocará situaciones de lo más delirantes, provocando la carcajada en esta cinta que llega directamente desde el Festival de Cine en Español de Málaga después de inaugurar la sección oficial de esta 23ª edición.

Por tanto, estamos ante un filme de reunión familiar con una boda de por medio, dos subgéneros muy recurrentes, aunque el tratamiento es de una delicadeza loable hasta cuando se sacan los trapos sucios del clan. No obstante el relato se conduce muy bien hasta llegar a la traca final de la película que contiene un desenlace digno del gran Luis García Berlanga.