El país de las maravillas en el que se transformó Estados Unidos acabada la segunda guerra mundial tiene su contrapartida transgresora en la aparición de la Generación Beat. Antes de abrir el camino por el que circularán la contracultura y la música rock de los años 60, los beats ya habían acuñado la socialización del sexo sin barreras, la ingesta de estupefacientes, la recuperación del viejo mito de la errancia y el desarraigo y, sobre todo, la experimentación en los textos. Jack Kerouac y Allen Ginsberg fueron los profetas del movimiento --siempre con el permiso de William Burroughs-- y también sus miembros más influyentes.

La edición de Cartas (Anagrama), la correspondencia cruzada entre ambos escritores prácticamente sin interrupciones entre agosto 1944 --a unos meses escasos de haberse conocido-- y 1969, año de la muerte de Kerouac, supone una visión inédita y muy completa de la vida literaria y personal de ambos, una perspectiva insólita del fenómeno. Las 199 misivas, seleccionadas de un total de 300 por Bill Morgan y David Stanford, son en palabras de los editores "un activo laboratorio en el que (Kerouac y Ginsberg) intercambiaron y discutieron sin cesar ideas en evolución constante".

Las cartas, casi todas muy extensas, no tienen desperdicio. En ellas no solo engrasaron e hicieron funcionar muchas de sus ideas artísticas, incluyendo la escritura espontánea de Kerouac --esa que llevó a decir a Truman Capote que eso "no era escribir sino mecanografiar"-- que también adoptó Ginsberg. "Me doy cuenta de que tenías mucha razón, era la primera vez que me sentaba a improvisar, me salió con tu método, sonaba a ti, una imitación prácticamente", escribe Ginsberg a Kerouac tras mandarle el borrador de Aullido , su legendario poema, que hará historia tras su frenética y polémica lectura en la Six Gallery de San Francisco el 7 de octubre de 1955.

Pero las cartas también están plagadas de cotilleos, confesiones íntimas --Ginsberg era homosexual y las relaciones más profundas del heterosexual Kerouac se dirigieron a hombres--, todo ello elaborado con una gran intensidad que se mantiene intacta, prácticamente, hasta los últimos años marcados por una sensación de deterioro. La primera de las misivas recogida en el libro la envía Ginsberg (17 años) a Kerouac (21) desde la cárcel del condado del Bronx donde cumple unos meses de condena por encubrir a un amigo común, Lucien Carr, una especie de Rimbaud sin obra de la Universidad de Columbia, acusado de asesinar a un exmonitor de boy-scouts y admirador que le perseguía.

Un año más tarde, Ginsberg expresa así sus intuiciones creativas: "Me pregunto si percibes los significados que no puedo explicar. Bueno, aunque en poesía mienta inocentemente y eleve estas frustraciones al rango de heridas, tengo iluminaciones penetrantes y sé lo que me digo".

Kerouac adopta en un principio, por edad, el papel del hermano mayor, pero con el tiempo intercambiarán los roles cuando el autor de En el camino se haga cada vez más introspectivo y asocial y Ginsberg se convierta en el gran apóstol de hippismo y la nueva espiritualidad. De hecho, las páginas más densas e impenetrables del epistolario se refieren a la compartida construcción de sus respectivos karmas budistas, animados por la ingesta del peyote, la bencedrina, la heroína o la más sencilla marihuana.

Hay mucho aprecio por ambas partes. Jamás dejaron de llamarse "querido".