Novela
‘Mañana’, de Olalla Castro
La escritora granadina logró el Premio Andalucía de la Crítica por esta obra

Olalla Castro. | MANU MITRU
La escritora granadina Olalla Castro ha sido ganadora del último Premio Andalucía de la Crítica con el Premio Opera Prima por su novela ‘Mañana’. Castro nació en Granada en 1979 y es doctora en Teoría de la Literatura y Literatura Comparadas y licenciada en Periodismo. Hasta ahora había escrito fundamentalmente poesía. Como poeta, todas sus obras han sido premiadas con importantes premios: ‘La vida en los ramajes’ (2013: Premio Miguel Hernández), ‘Los sonidos del barro’ (2016; Premio Tardor de Poesía), ‘Bajo la luz, el cepo’ (2018; Premio de Poesía Antonio Machado), ‘Inventar el hueso’ (2019; Premio Unicaja de Poesía), ‘Todas las veces que el mundo se acabó’ (2022; Premio Ciudad de Estepona de Poesía y Premio al libro del Año de las Librerías de Madrid) y ‘Las Escritas’ (2022; Premio Vicente Núñez). Como ensayista ha escrito ‘Entre-lugares de la Modernidad: filosofía, literatura y Terceros Espacios’ (2017).
‘Mañana’ es su primera obra narrativa, una novela lírica muy bien escrita y con gran profundidad vital donde los miembros del jurado apreciamos la construcción de personajes que entienden el dolor de distintas formas y que, con un lenguaje de hondo lirismo, se enfrentan a la pérdida con voluntad de redención y consuelo, y se crea un singular diálogo cultural tomando las perspectivas racionales y emotivas bajo el manto de una especie de teoría de las relaciones humanas al tiempo que una teoría del conocimiento.
Se estructura en tres apartados y una breve coda final. La primera parte lleva una cita inicial de Chantal Maillard que simboliza muy bien el contenido que nos vamos a encontrar: «Me llamo desamparo. / Duermo de pie como las bestias». La novela sigue a dos mujeres cuyas vidas se entrelazan: Virginia, una profesora universitaria de Barcelona, cuya vida «perfecta» con su hija pequeña se rompe tras una tragedia: la muerte de esta. Incapaz de encontrar palabras para expresar su dolor, huye a una remota aldea de China para trabajar en bancales de arroz, intentando escapar de su propio duelo. Y Sùyîn, una mujer china atrapada en un matrimonio infeliz y angustioso. Encuentra refugio en la caligrafía y en el trabajo en los campos junto a otras mujeres. Su escritura íntima se convierte en un acto de tenacidad. El encuentro entre ambas, desde culturas y circunstancias tan heterogéneas, marca el inicio de un camino de desagravio. A través de su conexión, que incluye una relación sentimental, exploran nuevas formas de lenguaje -verbales, corporales y eróticas- para aprender a convivir con la pérdida y vislumbrar la posibilidad de un «mañana». Desde las primeras páginas ya percibimos un profundo uso lírico del lenguaje con el que Olalla Castro dota a la novela de una prosa densa, esmerada y cargada de imágenes y simbolismo. Es un libro que se saborea por la belleza y musicalidad de su lenguaje. Desde la primera persona Virginia habla introspectivamente de sí, de lo que siente y padece ante la muerte de su hija Moira: «Me abandonó la certeza redonda sobre la que antes descansaba: la confianza en que el mundo cabe dentro de los verbos y, al pasar por ellos, lo que somos se vuelve transparente». Hay una exploración filosófica del dolor y mucho de literatura expresiva que me rememoraba Mortal y rosa de Umbral. La palabra, como dice en otro momento, se convierte en el centro y si la literatura la lleva a la vida, también la protege del vivir. A medida que avanzamos su obra parece una elegía en prosa. Explora cómo una experiencia extrema puede causar una «orfandad del lenguaje» y cómo se puede encontrar consuelo en formas de comunicación no verbales, pero también verbales. Está escrito desde la perspectiva del diario y va logrando sutilmente adentrarnos en su mundo mientras rememora esa «estancia iluminada» que era su hija.
En la segunda parte, hay una cita de Lan Lan: «El follaje y yo nos movemos rápido arrastramos sombras alargadas». Ahora es una voz arraigada a la tierra, la que en la figura de Sùyîn se nos presenta como una sombra marcada por el desamparo y la crudeza del entorno. Va construyendo su amargada existencia al tiempo que son constantes las referencias a la escritura: «Escribir es, en cierto modo, ir desplegando el mundo». Su desgraciada vida, su casamiento, la revolución… A diferencia del dolor metafísico y existencial de Virginia, el sufrimiento de Sùyìn es físico, y el silencio una respuesta cultural y existencial, siendo la escritura el elemento referencial que sirve, en cierto modo, para defenderse.
En la tercera parte sus universos personales se unen en la China rural en forma de supervivencia, a través de símbolos como la resistencia, el deseo, el reconocimiento de las pieles, el erotismo… llegando a la tesis de que el dolor no se supera de forma aislada, sino colectiva. Surge la manumisión arraigada en el afecto y la solidaridad. Y concluirá en el epílogo: «Sonrío y me dejo acariciar por el sonido del míngtiân. Reúno en mis manos todo que en él se convoca. Digo ‘mañana’ para alejar la despedida y porque creo de verdad en la promesa que guarda en su interior (…). Entender que la vida es un incendio que solo se puede propagar».
‘Mañana’.
Autora: Olalla Castro.
Editorial: Lumen. Barcelona, 2025.
Suscríbete para seguir leyendo