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Entrevista | David Roas Escritor y profesor

David Roas

David Roas

David Roas / ISABEL WAGEMANN

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Almería

David Roas (Barcelona, 1965), escritor y profesor de Teoría de la Literatura, dirige el Grupo de Estudios sobre lo Fantástico. Autor de los volúmenes de cuentos ‘Los dichos de un necio’ (1996), ‘Horrores cotidianos’ (2007) o ‘Monstruario’ (2021), y de las novelas ‘Celuloide sangriento’ (1996) y ‘La estrategia del koala’ (2013). En Páginas de Espuma ha publicado ‘Distorsiones’ (2010, ‘Bienvenidos a Incaland’, (2014), ‘Invasión’ (2018) y ‘Niños’ (2022).

¿Sobrevivimos a cualquier tipo de terror en cualquiera de sus manifestaciones?

Al terror ficcional sobrevivimos siempre, pues un terror «seguro»: el monstruo nunca cruza a nuestro lado y si nos asusta demasiado (algo cada vez más difícil de conseguir) cerramos el libro, salimos del cine, apagamos la TV o el ordenador, y respiramos tranquilos… Otra cosa son sus secuelas, su impacto emocional, cuando después de leer o ver una buena historia esta se cuela en nuestro cerebro, nos persigue en sueños o, mejor aún, cuando estamos despiertos… Ese es mi objetivo, jaja. Y ahí está también el mayor placer del consumidor de terror (no solo del creador): sentir el impacto, la emoción tiempo después de haber leído o visto la historia, seguir gozando de lo inquietante, seguir disfrutando del miedo… Insisto, porque es un miedo seguro.

¿Histórica y socialmente el medio rural ha sido siempre una fuente literaria para contar historias de terror?

Dejando de lado lo folklórico y lo legendario (terrenos abonados para lo fantástico e inquietante), el mundo rural ha servido de inspiración para la ficción fantástica y terrorífica desde los mismos inicios del género, sobre todo porque el mundo rural ha sido visto desde el mundo urbano como un lugar atrasado, poco «civilizado», salvaje o más conectado con lo natural, como un refugio de lo supersticioso o de una religiosidad represora… Eso ha hecho que esas historias potenciasen el espacio rural como propicio para situaciones peligrosas, porque era un espacio alejado en todos los sentidos del (aparentemente) civilizado mundo urbano. Eso explica, por ejemplo, el desarrollo del ‘Folk Horror’, que ha potenciado ese tratamiento a través de historias situadas en paisajes remotos, aislados no solo geográfica sino culturalmente, en los que habitan comunidades recluidas y, sobre todo, anacrónicas, ancladas en viejas costumbres (paganismo, dioses primigenios), olvidadas o reprimidas por el mundo moderno.

¿El mundo rural ha dejado de ser ese lugar idílico?

Todo depende del advenedizo… Insisto: el mundo rural es tan adecuado y proclive para el terror como lo es el mundo urbano, solo depende de donde pongas el foco y de cómo trates la historia. Como decía antes, para mí lo esencial es hacerlo desde el respeto y no convertir al mundo rural en el reflejo negativo del «civilizado» mundo urbano. El terror está en todos lados: en la ciudad, en el pueblo, en el mar, en el bosque…

¿Por qué piensa usted que el ‘agrohorror’ se está abriendo camino en la literatura española?

Aunque es un aspecto sobre el que todavía estamos investigando, cada vez tengo más claro que esto que hemos decidido llamar ‘agrohorror’ es un efecto del interés general que en la ficción española (también en la gallega y en la catalana… y seguro que en la vasca) se está desarrollando por el mundo rural. Lo que se ha dado en llamar «literaturas de la ruralidad», que también es perceptible en el cine (basta pensar en ‘As bestas’, ‘O que arde’ o ‘Cerdita’) y en el cómic. Una nueva mirada sobre lo rural que suele decirse que empieza a a partir del impacto de la novela ‘Intemperie’ (2013), de Jesús Carrasco, y, sobre todo, de ‘La España vacía’ (2016), de Sergio del Molino. Sin olvidar las conexiones con la crisis de 2008, el 15M, la pandemia del coronavirus, las reivindicaciones políticas sobre despoblamiento, envejecimiento y empobrecimiento de la España vaciada… Todo eso ha provocado una nueva mirada sobre lo rural que a partir de 2019-2020 ha potenciado que también lo fantástico y lo inquietante se exploren en esas ambientaciones rurales.

Usted es un firme y sólido representante de la literatura fantástica, ¿en su caso ha tenido una evolución lógica para escribir relato de ‘agrohorror’ ahora?

No sé si una evolución lógica, pero sí que tiene que ver con mi continua búsqueda de formas escapar de las convenciones y los tópicos en el tratamiento de lo fantástico y lo inquietante. Una de esas vías también está muy presente en el ‘agrohorror’ (no en todas las obras que podríamos poner bajo ese término, pero sí en muchas): el humor. Un elemento con el que siempre he jugado y que permite airear, renovar esos tópicos fantástico y terroríficos. El mundo rural se vuelve así un terreno estupendo para combinar el terror, lo fantástico, el humor, lo grotesco… Pero también teniendo en cuenta la variedad del mundo rural: el campo, el bosque, el mar…

¿Su visión grotesca e irónica del espacio rural obedece a una mirada diferente para quien desconoce qué puede encontrar allí?

El haber vivido en un pueblo durante 20 años y tener otro pueblo en Galicia al que vuelvo cada verano (el lugar donde nació mi madre) no sé si me permiten una mirada diferente, pero sí con cierta conciencia de mirar desde dentro y no desde las alturas del urbanita que desconoce el lugar y lo mira con burla o con aprensión. Mi intención nunca es reírme del mundo rural si no aprovechar sus espacios, sus comportamientos, sus rituales, para provocar la inquietud (fantástica y realista) o para deformarlos hasta lo grotesco, que también genera otro tipo de efecto inquietante.

¿Qué tanto por ciento de fantasía y de realidad esperamos en una historia que forma parte del ‘agrohorror’?

Lo esencial para que este tipo de historia funcione (y para ponerle la etiqueta de ‘agrohorror’) es, como antes señalé, reflejar el mundo rural en su cotidianidad más trivial y en el presente. Un ámbito que uno podría reconocer en cualquier pueblo actual, en el que, por diversas razones, aflora lo fantástico o lo terrorífico real, muchas veces acompañado de la distorsión grotesca. Un magnífico ejemplo (a través de la formulación más humorística del ‘agrohorror’) lo tenemos en la película de Enrique Buleo ‘Bodegón con fantasmas’ (2025): basta mencionar la impagable escena en que una familia invoca a los espíritus en un tablero de ‘ouija’ bordado con ganchillo en el mismo mantel sobre el que están cenando. Ese tránsito entre lo cotidiano y lo paranormal es una buena muestra de lo que decía: abordar lo rural desde una perspectiva inquietante, pero, al mismo tiempo, respetuosa y delirante.

¿Los relatos de ‘Territorios’ (2026) forman parte de una realidad rural cotidiana?

Por supuesto. Los cuentos parten de situaciones en las que cualquiera podría verse envuelto: un tipo que recibe como herencia la casa de su abuela en el pueblo; el día de la matanza del cerdo; un tipo que se cansa de conducir y se detiene en un pueblo cualquiera a tomar un cerveza y al que los lugareños recomiendan visitar la iglesia; un pueblo cuyos huertos son comprados por ‘hípsters’ para explotarlos «ecológicamente»… Incluso el relato ‘A matanza do porco’, cuyo inicio parece delirante: empieza con el protagonista contemplando a un grupo de tipos vestidos de ninja con katanas junto al dolmen que él pretendía visitar… Pues, pese a lo delirante de la escena, es algo que me pasó a mí en un viaje por la Costa da Morte a finales de los 90. Aunque, evidentemente, lo que le sucederá después al protagonista con los citados ninjas es producto de mi mente delirante.

El lector nunca deberá identificar este tipo de relato con el concepto de ‘España vaciada’?

Más que identificarlo, mi intención no está en reivindicar ese mundo sino en utilizarlo como inspiración para jugar con lo fantástico y lo inquietante. Aunque reconozco que en varios de los cuentos hay también una mirada política sobre la despoblación de esos lugares, sobre su explotación capitalista, sobre el turismo imbécil…

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