Las guardas
Correspondencia

Correspondencia / Córdoba
El siglo XIX fue una época en la que la correspondencia epistolar estuvo muy de moda y constituyó una práctica central en la vida social y cultural. Reflejaba perfectamente el espíritu del momento. La correspondencia era una forma de expresión íntima, pero también pública -muchas cartas se leían en círculos-. Era común que intelectuales, escritores, políticos o familias enteras preservaran y valoraran sus cartas como testimonio de su tiempo.
Andamos desde hace tiempo con tres libros, los tres pertenecientes al género epistolar: Cartas a la madre (1833-1866), de Charles Baudelaire; Cartas, de Anton Chéjov; y Correspondencia, de León Tolstói. Todas son obras escritas en el siglo XIX.
Los tres libros muestran al escritor «sin máscara». No son ficción al uso, sino voces vivas, llenas de contradicciones, quejas y afectos reales. Esto humaniza a sus autores. Todos viven en una época de cambios —industrialización, cuestionamiento religioso, auge del realismo— y reflexionan sobre la modernidad, el sufrimiento humano y el papel del artista.
Los tres libros muestran asimismo fuertes tensiones familiares: Chéjov ayuda económicamente a la suya; Baudelaire depende emocional y materialmente de su madre; y Tolstói choca con su esposa e hijos debido a su radicalismo moral. Los tres critican la hipocresía burguesa o aristocrática y comparten una valoración profunda de la sinceridad.
Tal vez Chéjov sea el más equilibrado, irónico y compasivo. Baudelaire aparece intenso, decadente y egocéntrico —el gran «poeta maldito»—, mientras que Tolstói se muestra como el más moralista y profético, empeñado en transformar la vida y la sociedad.
Chéjov defiende la objetividad y la libertad: «el artista no debe resolver problemas, solo plantearlos». Tolstói, por el contrario, exige que el arte tenga un fin moral y social. Baudelaire explora lo oscuro, lo sensual y lo simbólico, lejos de cualquier moralismo.
En el plano espiritual, Tolstói evoluciona hacia un cristianismo radical y pacifista. Baudelaire posee una espiritualidad torturada, atravesada por el pecado, la redención y una suerte de satanismo estético. Chéjov, en cambio, se muestra agnóstico y escéptico, más interesado en la psicología humana que en los dogmas.
Baudelaire representa el romanticismo tardío francés. Los escritores rusos encarnan la gran literatura rusa del XIX, aunque desde estilos opuestos: Tolstói, el épico y moral; Chéjov, el minimalista y moderno. De hecho, Tolstói admiraba profundamente a Chéjov como persona, aunque criticaba sus obras; llegó a decirle que sus piezas teatrales eran peores que las de Shakespeare.
Las tres obras conforman, en definitiva, un tríptico fascinante.
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